Duelo de francotiradores

Los combatientes de Ansar al Islam permanecen en el barrio asediado desde finales de julio pese a los bombardeos del régimen

“Si tuviésemos el 25% del arsenal que tiene el Ejército de Assad, habríamos ganado hace mucho tiempo”

Mónica G. Prieto · (Alepo, Siria)

(Mónica G. Prieto)

Hay días en los que Abu Hassan pasa hasta seis horas pegado a su viejo fusil de asalto, con el cuerpo encorvado y la mirada fija en el boquete que le permite vigilar a su némesis en un edificio situado a unos 200 metros de distancia. Su rostro tostado y afilado permanece inmóvil como una máscara, y su arma parece convertirse en una extensión del hombro derecho, sobre el que reposa.

Agazapado bajo sus ropas de camuflaje, el combatiente rebelde aguarda paciente a que un movimiento delate a su enemigo para poder abatirlo. Pero sabe que no puede arriesgarse a disparar si no tiene la certeza de que dará en el blanco. “Cuando termina su turno y acude ante mí, le pregunto con cuántas balas comenzó el día y cuántas le quedan. Y si ha gastado alguna, le pregunto a quién ha matado. No podemos permitirnos el lujo de desperdiciar munición”.

La voz de Abu Yaroub, responsable de la brigada Ansar al Islam, se impone sobre sus hombres con la autoridad del liderazgo y la complicidad de quien ha compartido muchas horas de peligro extremo. Este antiguo conductor de camiones de Aleppo pensó en tomar las armas para derrocar a la dictadura desde que comenzaron a llover balas del régimen contra la población civil siria, pero sólo cuando el Ejército Libre de Siria tuvo presencia en su provincia encontró la oportunidad de hacerlo.

Es Abu Yaroub en persona quien entrena a aquéllos de sus hombres que carecen de experiencia militar. Parte de ellos son desertores, el resto estudiantes que abandonaron las aulas cuando la guerra llegó a Aleppo y optaron por combatir. Todos son de esta región norteña, y todos llevaban meses preparándose para enfrentarse al régimen, explican.

Abu Yaroub y sus 32 hombres participan en los combates de Aleppo desde que la guerra alcanzo la ciudad, el 20 de julio, manteniendo dos posiciones diferentes pero, en el bloque de apartamentos del barrio de Karm al Jabel donde se celebra el encuentro, la batalla que se libra tiene un único objetivo: acabar con los tiradores del régimen que les hostigan desde el edificio opuesto.

En la estancia que sirve de vivienda y puesto de tiro a Abu Hassan, uno de los francotiradores, sólo hay un colchón en el suelo, donde duerme el rebelde que le sustituye por turnos. Una antigua ventana ha sido tapada por una desvencijada puerta para bloquear la visibilidad desde el exterior, siguiendo así el destino del resto de ventanas de las habitaciones frecuentadas por los rebeldes. Las frecuentes explosiones que sacuden el barrio explican que no queden cristales completos. Para moverse entre los apartamentos los muros han sido horadados, convirtiendo el bloque en un laberinto en el que es imposible orientarse sin ayuda de los combatientes.

La carencia de armamento y munición es dramática. “Wael, levántate y enséñame tus cargadores”, ordena Abu Yaroub a uno de sus hombres, reunidos en un bajo cubierto por esterillas. El escuálido joven se levanta y saca tres cargadores de kalashnikov de los bolsillos del chaleco militar. Dos de ellos están vacíos, el tercero repleto. “Mustafa, tu turno”. Y el interpelado repite la operación con exactamente el mismo resultado. Abu Yaroub hace traer un lanzagranadas. “Esto es todo lo que tenemos: 30 balas por persona y un RPG sin munición. No tenemos con qué dispararlo. Cada uno hemos vendido lo que teníamos para comprar munición, uno vendió su coche, otro su motocicleta, la esposa de uno de mis hombres vendió su oro. Pero la batalla se alarga y no nos queda con qué comprar balas”, dice. “Si tuviésemos el 25% del arsenal que tiene el Ejército de Assad, habríamos ganado hace mucho tiempo”. Según Abu Yaroub, Liwah al Tawhid, uno de los movimientos armados que aglutina a más brigadas en Aleppo y de la que depende su unidad, les reparte munición pero ésta es escasa e infrecuente.

(Mónica G. Prieto)

Pese a las carencias y pese a estar confrontando artillería pesada y aviación, el ELS resiste en todo Aleppo desafiando cualquier expectativa. La batalla en el barrio de Kerm al Jabel, cuentan los integrantes de la unidad, fue una de las primeras de Aleppo. Eso explica el volumen de destrucción en este humilde barrio, donde edificios agujereados y carcasas de vehículos destrozados se suceden en un espectáculo desolador. Montañas de escombros y animales muertos dificultan unos accesos vetados a la población civil por la presencia de francotiradores. Los rebeldes se mueven como sombras por el barrio: algunos tramos, los más expuestos, son sorteados mediante carreras mientras que otros se realizan con la espalda pegada a los muros.

Cuando se le pregunta cómo han logrado mantenerse en sus posiciones durante tres meses y medio, los combatientes se encogen de hombros. “Nosotros tenemos convicciones y ellos están asustados”, musita Abu Yaroub. “A veces llegamos a combatir 48 horas seguidas. Cuando tenemos heridos, uno de nuestros hombres, con formación sanitaria, asiste a las víctimas. En plenos combates no resulta fácil evacuar a nuestros hombres al hospital”.

Preguntar a los miembros de la brigada sobre los peligros de radicalización religiosa y sobre la guerra civil que se abate sobre ellos -idea que rechazan, ya que aseguran que sigue tratándose de una revolución contra la dictadura- resulta inútil. En las entrañas de este edificio sin ventanas y protegido por sacos terreros, donde se respira polvo y olor a pólvora y los únicos víveres son pan y té caliente, hablar de divisiones entre facciones, de diferencias sectarias o étnicas o de previsiones de futuro parece fuera de lugar.

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“No buscamos ningún tipo de radicalización religiosa, no somos extremistas”, dice el ex conductor secundado por sus hombres. “Queremos ser un país libre, buscamos democracia y estabilidad”.

En el edificio que controla Ansar al Sunna no se ven banderas islámicas. Ninguno de sus combatientes, a diferencia de otras brigadas, lleva bandanas negras con la declaración de fe islámica. A simple vista, podría ser una brigada secular. Sin embargo, Ansar al Islam apoya a la organización Jahbat al Nosra, la más radical de las facciones armadas sirias y la única que reivindica abiertamente el uso de atentados suicidas y la participación de muyahidin extranjeros como herramientas válidas para luchar contra el régimen de Damasco. “Son musulmanes como nosotros y compartimos un mismo objetivo”, dice. Interrogado sobre si aprueba los coches bomba, Abu Yaroub queda en silencio. “No sé qué contestar. Sólo sé que Siria no será Irak, y que si tras la caída del régimen algún grupo armado pone en riesgo a la población civil les combatiremos. Ya nos hemos levantado una vez en respuesta al asesinato de civiles, y podemos volver a hacerlo”.

“No habrá guerra civil”, interviene un entusiasta Abu Haidar, de 21 años, quien dejó la Universidad para ponerse a las órdenes de Abu Yaroub. “No tenemos nada contra alauíes, cristianos o chiíes, sólo queremos regresar a nuestra vida normal”. El joven participó en las primeras manifestaciones que se celebraron en Aleppo. “Fui pacífico hasta que el régimen entró en la localidad de Azaz”, dice en referencia a la primera localidad de la provincia de Aleppo atacada por el régimen.

(Mónica G. Prieto)

La brigada ha ido aumentando el número de miembros a medida que ocupaban territorio, explican. Dos de sus miembros afirman ser hermanos que se quedaron guardando la casa familiar cuando les sorprendieron los combates entre el Ejército regular y el ELS. “Antes de que entraran los rebeldes, vi por la ventana de mi casa cómo los shabiha [paramilitares del régimen] arrestaban a dos activistas. Primero les mataron, luego les ataron a un coche y arrastraron los cadáveres por la calle. Cuando apareció la brigada de Abu Yaroub, les pedí sumarme a ellos”, explica uno de ellos, un escuálido y moreno joven que parece desaparecer bajo una gruesa casaca militar.

Otro de los rebeldes afirma haber sido un prisionero de la misma brigada. “Hace unas semanas ocupamos una prisión militar después de días de combate. Allí encontramos a cuatro soldados del régimen, les trajimos aquí con nosotros y les interrogamos”, relata su líder. Según su testimonio, tres de ellos fueron autorizados a marcharse después de que los componentes del grupo llegaran a la conclusión de que no habían cometido crímenes, mientras que el cuarto es hoy miembro de la brigada. “Yo no quería combatir, no tengo experiencia militar, pero los oficiales nos decían que estábamos luchando contra ladrones, radicales y extranjeros”, dice el chaval, de 22 años. “Los combatientes llamaron a mi madre y le informaron de que estoy vivo, pero es peligroso llegar hasta mi familia, así que me quedaré con la brigada hasta que todo acabe”. “Si el Ejército le caza, le cortarán en pedazos”, especula el jefe.

(Mónica G. Prieto)

Hasta ahora, Abu Yaroub ha perdido a cinco hombres. Cuatro por disparos de francotirador y uno durante un bombardeo. Cuentan con haber abatido entre dos y tres hombres del otro lado de la calle, y considera que esta es una batalla que sólo terminará con la muerte de sus enemigos o con sus propias muertes. “No sabemos cúando ni cómo acabará la guerra, pero si dónde”, concluye Abu Yaroub. “Acabará en Damasco”.

Fuente:http://periodismohumano.com/

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