JFK, Oswald y Castro: fin de una obsesión

22 DE NOVIEMBRE DE 1963

Miguel Fernández-Díaz

Lee Harvey Oswald. (Shel Hershorn, TIME PRIX)

A casi medio siglo del asesinato del presidente John F. Kennedy, las teorías conspirativas en torno a Fidel Castro recibieron la primavera pasada el tiro de gracia con la salida deCastro’s Secrets: The CIA and Cuba’s Intelligence Machine (Palgrave Macmillan, 2012), del ex analista de la CIA Dr. Brian Latell. Este non fiction book se presentó en el Auditorio Lehrman (Heritage Foundation) con que Latell había sacado “nuevas conclusiones sobre qué sabía realmente Fidel Castro acerca del magnicida Lee Harvey Oswald”.

Castro no sabía absolutamente nada, pero Latell manipuló informes y testimonios para que su claque largara comentarios tan ejemplares como:

  • Un libro indispensable para quien se interese en cómo murió JFK [y] cómo Fidel Castro mintió al comité investigador (George Robert Blakey, ex Consejero Jefe y Director de Personal del Comité Selecto de la Cámara [de Representantes de EE UU] sobre Asesinatos: HSCA, por sus siglas en inglés)
  • Nunca me tragué las negativas de Fidel Castro sobre conocimiento previo del asesinato de Kennedy. Brian Latell ha prestado un servicio a la nación al escribir un libro que desnuda la doblez del gobierno cubano (ex senador Robert Morgan, miembro del Comité Church)
  • El libro de Latell, realzado por la rica experiencia del autor, con precisa comprensión de las personas involucradas y magistral conducción de la historia, es una importante contribución (Georgie Anne Geyer, biógrafa de Castro y columnista sindicada)
  • En este importante, original y sugestivo texto, [Latell] presenta una tesis más sofisticada: en La Habana, Castro sabía ya del asesinato inminente y no hizo nada por prevenirlo ni por avisar a la víctima (Jorge Castañeda, ex canciller mexicano)

Y así por el estilo. Latell funge como investigador asociado del Instituto de Estudios Cubanos y Cubano-Americanos (ICCAS) de la Universidad de Miami (UM) y la fanfarria de su libro sonó también por entre una serie de artículos del propio autor en los heraldos anglo e hispano de Miami. Sólo The Miami Heralddio espacio al punto de vista opuesto a la “conspiración del silencio” urdida por Latell: que Castro supo con anticipación que Oswald iba a matar a JFK y optó por guardar el secreto.

Lejos de aportar pruebas, siquiera circunstanciales, para sostener su acusación, Latell allanó el camino para librar definitivamente a Castro de toda sospecha y confirmó una vez más que arremeter a tontas y locas contra Castro conduce al fracaso.

Comitiva presidencial en Dallas, Texas. (22 de noviembre de 1963)

 

La alegación de Comer Clark

La hipótesis de conspiración del silencio puede remontarse al finado periodista británico Comer Clark y su artículo “Fidel Castro Says He Knew of Oswald Threat to Kill JFK”, (National Enquirer [Londres], Octubre 15, 1967, pp. 4 s)El 9 de julio de 1967, Clark voló a La Habana con ánimo de entrevistar a Castro, pero su solicitud fue rechazada de plano. Así y todo, Clark soltaría que la entrevista tuvo lugar —de manera imprevista— al aparcar Castro junto a una pizzería.

Frente a la multitud allí congregada, Castro habría confiado a Clark: “Sí, supe del plan de Lee Harvey Oswald para matar al presidente Kennedy. Es posible que yo hubiera podido salvarlo. Pude hacerlo, pero no lo hice. Nunca creí que el plan se pondría en efecto”. Castro explicó que Oswald había visitado dos veces la embajada de Cuba en Ciudad México y la última vez “soltó algo así como ‘Alguien debe dispararle a ese presidente Kennedy’. Enseguida Oswald dijo —y así fue exactamente como me lo informaron—, ‘Quizás yo mismo intentaré hacerlo’. Eso fue menos de dos meses antes de que el presidente de EE UU fuera asesinado”.

“Es una mentira de la cabeza a los pies”, replicó Castro durante la entrevista grabada por un panel del HSCA el 3 de abril de 1978 en La Habana. Y recalcó: “Nunca voy a restaurantes públicos y este hombre ha inventado eso”. El congresista Christopher Dood (D/Connecticut) repuso: “Yo tampoco doy conferencias en una pizzería” (Informe del HCSA, Volumen III, pp. 207-09). Dood pudo agregar que nunca frente a una multitud y menos aún sobre tema tan sensible.

No obstante, el Informe final del HSCA trajo a colación que el meollo de la entrevista de Clark con Castro había sido notificado al gobierno de EE UU por fuente independiente altamente confidencial y confiable: “Oswald había proferido en presencia de funcionarios consulares cubanos que asesinaría al presidente”. La indagación posterior condujo al HSCA a pensar que Oswald no voceó tal amenaza y aquella fuente, aunque fuera sumamente confiable, debió incurrir “en error al respecto” (The Final Report of HSCA, Washington: U.S. Government Printing Office, 1979, pp. 122 s.).

El informe de Jack Childs 

El agente NY 694-S del FBI, Jakob Jack Childs, se engolfó con su hermano Morris en la Operación SOLO (1958-77) para infiltrarse en el Partido Comunista de Estados Unidos (CPUSA) y recopilar información sobre sus relaciones con la URSS y otros regímenes comunistas. El 20 de mayo de 1964, Jack Childs voló de Moscú a “la playa” [Cuba] en la misión SOLO 15. Pasó diez días en la Isla y tuvo la oportunidad de conversar con Castro sobre el asesinato de JFK.

Childs reportó al director del FBI, John Edgar Hoover, que “Castro recibió la información sobre la visita de Oswald en la embajada de Cuba en México por notificación verbal de su gente de la embajada, porque a él, Castro, se lo dijeron de inmediato (…). Castro dijo, “Mi gente de la embajada me dijo exactamente cómo él (Oswald) irrumpió allí y salió disgustado. Este movimiento era sospechoso en sí, porque nadie va por visa a la embajada (sino al consulado). [Castro] declaró que, al rechazársele la visa en la embajada de Cuba en Ciudad México, Oswald reaccionó como un loco y empezó a gritar y vociferar al salir: ‘Voy a matar a ese hijo de mala madre. Voy a matar a Kennedy’ [Castro] estaba hablando sobre la base de hechos contados por el personal de su embajada que atendió a Oswald y aparentemente rindieron un informe completo y detallado a Castro después que el presidente Kennedy fue asesinado” (FBI Records: The Vault – SOLO (http://vault.fbi.gov/solo), Parte 63, pp. 58 s).

El viejo sabueso Hoover resumió en carta de 17 de junio de 1964 al consejero general de la Comisión Warren, James Lee Rankin, que “la información suministrada por nuestra fuente en este momento como proveniente de Castro es consistente con y sustancialmente idéntica a la que aparece en el discurso de Castro del 27 de noviembre de 1963″ (…) El FBI no contempla ninguna acción posterior al respecto (Warren Commission Document [WCD] 1359).

Asesinato de John F. Kennedy. (Dallas, Texas, 22 de noviembre de 1963)

 

El informe de Brian Latell 

En la edición de junio de 2012 del boletín electrónico The Latell Report, publicado por ICCAS-UM, Latell resumió: “Childs supo que Castro recibió información sobre las visitas de Oswald a la embajada de Cuba, porque se lo dijeron de inmediato. Fidel habló con Childs sobre la base de hechos contados por el personal de su embajada que atendió con Oswald y aparentemente rindieron un informe completo y detallado”.

Al recortar “después que el presidente Kennedy fue asesinado”, tal y como consta en el informe de Childs, Latell transformó esta coartada de Castro en prueba de cargo y tachó de mentirosa su negación de haber tenido conocimiento previo de Oswald, tal y como declaró Castro en su discurso del 27 de noviembre de 1963 en la Universidad de La Habana y en su comparecencia por radio y televisión del 23 de noviembre de 1963 (JFK Exhibit F-684).

Latell se jacta de haber cogido a Castro en una mentira, pero no solo escamoteó el momento —después que el presidente Kennedy fue asesinado— en que Castro supo de Oswald, sino también el lugar, informado por Childs, en que Oswald pegó su grito de matar a Kennedy: la embajada de Cuba en Ciudad México y no el consulado, que estaba en otro edificio. El Lopez Report al HSCA puntualiza que la CIA fotografiaba a los visitantes de este complejo diplomático desde dos ventanas diferentes de un apartamento en el tercer piso del edificio número 149 de la calle Francisco Marquez (Oswald, the CIA, and Mexico City, 1978, pp. 12 s), porque la entrada a la embajada estaba en la esquina con la Calzada de Tacubaya y la entrada al consulado, en la esquina de la calle Zamora.

Childs arribó a la conclusión inevitable de que “Castro no tuvo que ver nada con el asesinato”. Al discutir con Beatrice Johnson, representante del CPUSA en Cuba, lo que había dicho Castro, Childs y ella decidieron no hablar más del asunto, “porque era dinamita”. Hoover tomó en serio el informe de Childs, pero Latell se atrevió a manipularlo para involucrar a Castro y el asunto estalló en sus manos.

El sentido común del HSCA 

Sin acceso al informe de Childs, el HSCA había descartado “que Oswald profiriera amenaza [contra Kennedy] ante funcionarios cubanos”, porque los cónsules entrante y saliente en Ciudad México, Eusebio Azcue y Alfredo Mirabal, testificaron que no habían escuchado nada parecido al atender a Oswald en su solicitud de visa de tránsito a Cuba para seguir a la Unión Soviética (HCSA Report, Volume III, pp.127-58 y 173-78, respectivamente). Tampoco escuchó ninguna amenaza la empleada mexicana Silvia Duran, quien atendió tres veces a Oswald el mismo día [27 de septiembre de 1963] (JFK ExhibitF-440A) por la misma causa del visado (JFK Exhibit F-408).

Tan solo de leer los periódicos, Castro sabía que el HSCA tenía mucha información sobre las conversaciones telefónicas de su embajada en Ciudad México. Azcue y Mirabal estaban forzados a decir la verdad para no correr el riesgo del desmentido en audiencia pública en EE UU y el informe de Childs corroboró sus testimonios.

Childs razonó que “la gente de la embajada de Cuba tuvo que haberle dicho a Oswald algo así como que lo sentían, pero no podían dar visa a ciudadanos estadounidenses, porque el gobierno americano negaba visa a los cubanos, y por ello Oswald habría pegado el grito de matar al presidente Kennedy”. Se infiere que así mismo aconsejaron a Oswald solicitar la visa, por si acaso, en el lugar apropiado: el consulado.

En su Informe final, el HSCA concluyó: “Ninguna prueba indica que la amenaza, si la hubo, debió tomarse en serio, ya que Oswald se comportó de manera odiosa y pendenciera durante su visita al consulado” (The Final Report of HSCA, ed. cit., p. 122). Igual lógica se aplica a la embajada cubana. Sus funcionarios o empleados tuvieron que considerar la amenaza de Oswald contra Kennedy como ex abrupto que no merecía mayor atención. Sólo después que JFK fue asesinado y Oswald hizo noticia, estos funcionarios y empleados se vieron obligados a informar a Castro qué habían escuchado.

Ejemplar de ‘Los Angeles Time’ anunciando la muerte de Kennedy.

El primer desertor 

Para refutar la lógica del HSCA, Latell recurrió a desertores de la Dirección General de Inteligencia (DGI) castrista. El primero, Vladimir Rodríguez-Lahera, habría “dicho a la CIA que Castro mintió al negar públicamente todo conocimiento previo de Oswald”. La leyenda reza que Rodríguez-Lahera desertó en Canadá alrededor del 24 de abril de 1964 y se volvió AMMUG-1 para la CIA. Su testimonio (JFK Exhibit F-250)incluye “que la única mentira posible conocida por la fuente es que Fidel Castro negara específicamente en un programa de televisión [noviembre 23, 1963], que Cuba tuviera algún conocimiento sobre Oswald”.

Al efecto de convertir esta “mentira posible” en prueba, Latell se traga que, según AMMUG-1, hasta los asuntos más rutinarios del complejo diplomático de Cuba en Ciudad México se informaban directamente a Castro. Ningún jefe de gobierno tiene tiempo para ser informado sobre solicitudes de visas y solicitantes antipáticos.

Para el 8 de mayo de 1964, el oficial de la CIA encargado de AMMUG-1 admitía en memorando: “La fuente alega no tener información significativa sobre el asesinato del presidente Kennedy ni sobre las actividades de Oswald”. Sin embargo, Latell insistió en su libro en que AMMUG-1 había informado que Oswald “estuvo en contacto” con la DGI “antes, durante y después” de visitar el consulado cubano en Ciudad México.

Tal y como el resto del mundo —incluso la CIA y Dios— AMMUG-1 no expresó siquiera tenue conjetura sobre “después”. Respecto a “durante” dijo que el alto oficial de inteligencia Manuel Vega “mencionó que Oswald había ido al consulado cubano dos o tres veces con relación a una visa”.

Nada más recordaba AMMUG-1 sobre contactos de Oswald con la DGI, pero declaró “sentirse seguro de que tuvo que haberlos, porque Vega aseveró que Oswald había estado varias veces y [ese era] el procedimiento habitual [para] agilizar el visado” a los agentes de la DGI: si el solicitante no pronuncia las “frases indicadas”, los oficiales de la DGI “le dicen que regrese en unos días”.

Este castillo de naipes se viene abajo no sólo porque Oswald regresó dos veces al consulado el mismo día, sino también porque AMMUG-1 se siente seguro de que hubo contacto “durante” bajo la premisa de que Oswald era ya agente de la DGI. Así, tendría que haber contacto de “antes” y aquí AMMUG-1 se muestra completamente insensato:

“Yo pienso que [la funcionaria cubana] Luisa Calderón pudo haber tenido contacto con Oswald, porque alrededor del 17 de marzo 1964, poco antes de mi viaje a México, me enteré de que se había enredado con un americano en México (…) La DGI había interceptado una carta que le había escrito un americano, quien firmó como Ower (fonética) o algo similar (…) Pudo haber sido Howard o algo diferente (…) A ella la siguieron y la vieron en compañía de un americano. No sé si este pudo haber sido Oswald”.

La doble torcedura de Latell

Al ser interrogado en 1964 por la CIA, AMMUG-1 no se refirió al cónsul cubano Alfredo Mirabal, a quien Latell identifica como “jefe entrante de la estación de la DGI en Ciudad México” para retorcer su testimonio al HSCA: “En momento de extraño descuido, [Mirabal] admitió que había preparado un informe sobre Oswald para el cuartel general de la DGI”.

Así se confirmaría que Castro supo de Oswald antes del asesinato de JFK, pero “el cuartel general de la DGI” es una prótesis implantada por Latell.

En su testimonio al HSCA Mirabal aludió una sola vez a informe: “Mi colega Azcue trajo todos estos documentos y toda la información a mi buró para mi informe. Fue entonces que hablé con el cónsul soviético y al mencionárselo me dijo que, efectivamente, Oswald había solicitado visa para la Unión Soviética, pero se le advirtió que la respuesta demoraría unos cuatro meses. Y esa es la razón por la cual incluí ese detalle como nota al pie en la información enviada a La Habana”.

Mirabal se refiere obviamente a su informe de cajón al Ministerio de Relaciones Exteriores sobre la solicitud de visa en tránsito formulada por Oswald el 27 de septiembre de 1963.

Latell urde otro indicio: que “Oswald probablemente atrajo por primera vez la atención de la DGI varios años atrás, cuando era un joven marine que prestaba servicio en el sur de California”. A tal efecto retuerce la transcripción (CIA Russ Holmes Work File, JFK 104-10400-10162) de la conversación por teléfono entre Luisa Calderón (LUISA) y un colega (HF), que la CIA interceptó en Ciudad México a las 5:30 pm del 22 de noviembre de 1963. Sin embargo, esta conversación descarta por entero todo conocimiento previo de la DGI sobre Oswald:

“LUISA interrumpe y pregunta si era un gringo quien lo mató [a Kennedy] y HF responde que sí, pero agrega que había estado en Rusia y querido adquirir la ciudadanía rusa, pero Rusia no había querido naturalizarlo… LUISA se sorprende y dice: ‘Oye, ¡ellos saben cosas allá!'”

HF: Sí, que él habla ruso muy bien y, además, este tipo había ido con las fuerzas de Fidel a la Sierra [Maestra], o quería hacerlo, algo así, quién sabe cómo fue [Yo] estaba comiendo con algunos amigos (…) cuando alguien llegó y dio [la noticia], pero no la creyeron hasta que él dijo que pusieran la radio; así lo hicieron y entonces se enteraron; que lo último que habían oído, momentos antes, era que el tipo era un tal OSWALD…

LUISA: Pero ellos sabían ya que hablaba ruso y pertenecía al Comité Pro-Cuba; ellos sabían ya que él quería naturalizarse, pero él no ha confesado.

HF dice que ella tiene razón y añade que puede ser que ellos trataron de encontrar, digamos, una solución con él, porque (…) nosotros pensamos que si hubiera sido (…) uno de los segregacionistas o contrarios a la integración quien mató a Kennedy, entonces cabía, digamos, la posibilidad de que estallara una suerte de guerra civil en los Estados Unidos.

Ni Calderón ni Mirabal sugieren de ningún modo que la DGI conocía a Oswald y mucho menos que tenía expediente abierto desde que sirvió como marine en California [del 22 de diciembre de 1958 al 11 de septiembre de 1959]. Por el contrario, el testimonio específico sobre Oswald buscando contactar, a principios de 1959, a funcionarios consulares de Castro en Los Ángeles sugiere que jamás se abrió semejante expediente. El ex marine (1954-58), piloto castrista (1959-60) y mercenario anti-castrista (1960-62) Gerald Patrick Hemming atestiguó: “Pensé que él [Oswald] podría estar en la nómina de la Inteligencia Naval. Tú sabes, un penetrador. Le dije a los jefes [castristas] que salieran de él” (Russell, DickThe Man Who knew Too Much, Nueva York: Carroll & Graf, 1992, p. 178).

Ningún oficial de la DGI se hubiera atrevido jamás a coquetear con un americano “loco”, pero Latell asevera que “al salir Oswald del consulado y vociferar su intención de matar a Kennedy”, ese ya era “el grito de guerra de un soldado completamente preparado para la causa de Fidel [Castro]“, porque Oswald habría sido sometido a “propaganda y adoctrinamiento”.

De acuerdo con AMMUG-1, en el consulado estaban Vega y otros oficiales de la DGI, quienes según Latell habrían aplicado también “una técnica favorita de la inteligencia castrista”: dar cuerda. El debate sobre tamaña especulación es superfluo, porque Latell mudó al descaro “el grito de guerra” de Oswald de la embajada al consulado.

Castro en televisión.

 

Touchdown

Latell llega al colmo de su “conspiración del silencio” con la clásica falacia de non sequitur deslizada por el mayor Florentino Aspillaga, a.k.a. Touchdown, “oficial del año” (1985) y desertor (1987) de la DGI. Apenas con 16 años de edad tenía ya la misión permanente de detectar por medios electrónicos a los agentes de la CIA y sus infiltraciones en Cuba. Aspillaga dice haber recibido el 22 de noviembre de 1963, entre 9:00 y 9:30 am, la orden sin precedentes de prestar oídos “a cualquier detalle en Tejas, por mínimo que fuera”. A la 1:40 pm, el locutor de CBS Walter Cronkite dio la noticia: “En Dallas, Tejas, dispararon tres veces contra la caravana del presidente Kennedy…”. Aspillaga sacó la conclusión de que “Castro sabía que iban a matar a Kennedy”.

La razón menos plausible para que Castro diera aquella orden es haber tenido algún conocimiento previo sobre la intención de Oswald de balear a Kennedy. Esto implicaría que estaba seguro del paradero de Oswald el 22 de noviembre de 1963, pero las peripecias bien conocidas de Oswald tornan imposible tal certeza.

Poco antes de salir Oswald de Nueva Orleans a Ciudad México, su esposa Marina (apellido de soltera Prusakova) se había trasladado a casa de una amiga (Ruth Paine) en Irving, a unas 17 millas de Dallas, para el segundo parto. Oswald dejó Ciudad México el 2 de octubre de 1963 y nadie —ni siquiera Dios y la CIA— sabía si iba estar o no en Dallas cuando JFK visitara Tejas.

Oswald llegó a Dallas el 3 de octubre y se alojó en YMCA. Desde el día anterior, la oficina del FBI en Nueva Orleans había pedido a sus homólogas en Dallas, Fort Worth (Tejas) y hasta en Malvern (Arkansas) que verificaran si Oswald andaba por allí.

Luego de procurar sin éxito trabajo en Padgett Printing, Oswald se fue en botella —aventón o autostop— a casa de Paine. Retornó a Dallas el 7 de octubre, pero tampoco pudo conseguir trabajo. Volvió a Irving el 12 de octubre y de nuevo a Dallas el 14. Paine comentó de pasada que Oswald no tenía trabajo y su vecina Linnie Mae Randle advirtió que había plazas en el Almacén de Libros Escolares de Tejas (TSBD, por sus siglas en inglés), donde su hermano Buell Frazier estaba empleado. Paine avisó a Oswald por teléfono y así, por mera casualidad, Oswald empezó a trabajar en TSBD el 16 de octubre de 1963.

Aparte de que la orden recibida por Aspillaga resulta extraña, porque se recurre a medios de inteligencia para indagar algo que seguramente se daría por la radio comercial, la credibilidad de Aspillaga es tan débil como su razonamiento. Le dijo a Latell haber revelado esta orden a la CIA en 1987 y entonces habría que explicar por qué la CIA no acudió con Aspillaga a la Junta de Revisión de Archivos de Asesinato (ARRB, por sus siglas en inglés), que sesionó de 1992 a 1998 como consecuencia del revuelo armado por Oliver Stone con su película JFK (1991).

Así mismo cabría preguntarse por qué Aspillaga esperó a toparse con Latell para hacer de nuevo el cuento. En junio de 1988, por ejemplo, Aspillaga mencionó 69 veces a Castro enuna entrevista radial por WQBA (Miami), pero ni una sola vez a Kennedy.

Latell asentó en su libro que había contraído “especial deuda de gratitud” con Aspillaga, pero ambos se han colocado más bien en una posición muy delicada tras hilvanar una anécdota a la carta, 25 años después, que ligaría a Castro con la tragedia en Dallas.

Latell se apartó de toda academia al enredarse con desertores de la DGI, a pesar de tener conocimiento previo sobre la maldita circunstancia metodológica de que sus testimonios no podrían confrontarse con los archivos de la DGI. La culpa no es de Castro, por cerrarlos a cal y canto, sino de Latell, por saber de antemano que con ayuda de desertores cubanos sólo puede escribirse un libro de ficción sobre el asesinato de JFK.

Fuente:http://www.diariodecuba.com/

 

 

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