La Noche de los Bastones Largos (I)

Seria bueno reever parte de nuestra Historia Argentina y analizar que nos sucedio en las ultimas 4 decadas y porque.

Adri Bosch

A fines de julio de 1966 la dictadura militar encabezada por Juan Carlos Onganía decretó la intervención de las universidades nacionales, ordenando a la policía que reprimiera para expulsar a estudiantes y profesores. La destrucción alcanzó los laboratorios y bibliotecas de las altas casas de estudio y la adquisición más reciente y novedosa para la época: una computadora. A esto le siguió el éxodo de profesores e investigadores y la supresión de los centros de estudiantes. Una feroz persecución se desplegó hacia los militantes de izquierda en las facultades. Este hecho se conoció como “La Noche de los Bastones Largos”. Fue el 29 de julio de 1966.

En 1966 la dictadura apaleó a estudiantes y docentes

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–Usted vivió como protagonista las peripecias de la ciencia argentina del siglo XX, así que me parece bastante apropiado.

–Sí, bueno, en tantos años…

–Creo que siempre se debe empezar por la Noche de los bastones largos, el 29 de julio de 1966, cuando la policía de Juan Carlos Onganía irrumpió en la Facultad de Ciencias Exactas y apaleó brutalmente a estudiantes y docentes, incluyendo a usted.

–Incluyéndome a mí, que era el vicedecano de la facultad, y a Rolando García, que era el decano. La Noche de los bastones largos, claro, es una fecha que queda grabada… Era un momento muy activo de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales, allí se cultivaban la matemática, la física, la química, la geología, la meteorología, con un fervor, con una sensación, quizá demasiado exagerada, de que podíamos cambiar el país.

–Cuénteme algo de aquel día. La historia es conocida, pero algún detalle suyo.

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–Bueno, la historia de los palazos que nos hicieron pasar entre una doble fila de policías ya la conocen todos… pero es curioso, porque a uno le quedan ciertos detalles sin importancia. Por ejemplo, recuerdo que yo usaba sombrero y lo tenía puesto, así que cuando pegaron los palos, el sombrero atenuó los golpes, que no me parecieron gran cosa, pero después, en la comisaría, pasé frente a un espejo donde ví que tenía toda la cara ensangrentada y entonces me lavé, porque me daba vergüenza estar en esa situación. La verdad es que fue verdaderamente notable con tantos palos que dieron que no hubieran matado gente, porque pegaban bien, pegaban con habilidad.

–Y con ganas.

–Con muchas ganas. Y también recuerdo muy vivamente que yo estaba problematizado, porque había mujeres y yo quería ir a defenderlas, como cualquier persona que está viendo que les pegan a las mujeres y bueno, no podía. Recuerdo mi impotencia, porque uno en la Argentina estaba acostumbrado cuando había lío, cobraba. Pero lo de las mujeres era nuevo.

La historia oculta de aquella noche de los bastones largos 

El 29 de julio de 1966, la policía del dictador Onganía arrasó Ciencias Exactas. La orden la dio el jefe de la SIDE, general Señorans. Aquí se revela una historia desconocida de aquella noche trágica.

Se conocen el escenario, el día y los hechos: el viernes 29 de julio de 1966, a un mes del golpe militar que derrocó al gobierno constitucional del presidente Arturo Illia e inauguró la dictadura del general Juan Carlos Onganía, en la Facultad de Ciencias Exactas en la eterna Manzana de las Luces, la Guardia de Infantería policial que dirigía el general Mario Fonseca cargó a garrotazos y con gases lacrimógenos contra estudiantes, docentes y profesores extranjeros invitados y hubo 200 detenidos y numerosos heridos. Se conocen los antecedentes de esos hechos: entre 1957 y esa noche, la Universidad de Buenos Aires, la más potente y poblada de las nacionales, vivía una época de oro inaugurada con el rectorado del filósofo e intelectual Rizieri Frondizi, hermano del Presidente Arturo. En su gestión, que luego continuó el ingeniero Hilario Fernández Long, se modernizó la Universidad, se lanzaron campañas de alfabetización, se fundaron las carreras de Psico logía y Sociología, el Instituto del Cálculo, que estudió la trayectoria del cometa Haley; se creó el Consejo Nacional de Investigaciones Cinetíficas y Técnicas (Conicet), se fundó la Editorial Universitaria de Buenos Aires (Eudeba), que llegó a editar 11 millones de libros a precios bajos, en fin, se democratizó la Universidad hasta niveles antes desconocidos en la Argentina. A partir del avance militar en el gobierno de Illia, los estudiantes encresparon sus críticas: primero, ante la muerte de un estudiante en las movilizaciones contra la invasión norteamericana a Santo Domingo, en 1965, que anunciaba el comienzo de la feroz Doctrina de la Seguridad Nacional en Latinoamérica, y luego, a partir de la amenaza creciente de reducción del presupuesto educativo, que por entonces era la increíble cifra del 20% del total del Presupuesto nacional. Pero el inicio del gobierno golpista, confesional y anticomunista de Onganía atizó la oposición estudiantil.

Se conocen también los móviles dictatoriales: poner fin a la autonomía universitaria y la libertad de cátedra; silenciar las criticas; escarmentar la rebeldía estudiantil y docente de todas las universidades nacionales. Y se conocen las consecuencias: 1.378 docentes que renuncian o parten al exilio. Unos 301 emigraron: 215 eran científicos y 86 investigadores en distintas áreas. Se inició el éxodo de científicos que no se detendría a partir de entonces.

Cuarenta años después del asalto violento de la Policía a Ciencias Exactas, que se denominó La noche de los bastones largos, es posible afirmar que se quebró no sólo la más formidable acumulación de conocimiento científico que la Argentina había logrado hasta mediados del siglo XX, sino también se abrió el camino a la intolerancia y se atrincheró a una generación de argentinos en la idea fatal de que la violencia política era el recurso para restaurar la libertad.

En nombre del hijo

Se conocen, entonces, los hechos, los protagonistas, los móviles y las consecuencias de aquella noche trágica. Pero aún permanecen oscuras, en los pliegues siempre apretados de la historia, muchas preguntas. Esa noche, hubo un joven estudiante de Física que intentó avisar que la Policía llegaría para invadir y reprimir en Ciencias Exactas . ¿Quién era ese joven?Eduardo Scolnik -miembro hoy del Departamento de Programación Informática del INDEC- contó a Clarín episodios aún desconocidos pero que expresan la complejidad y paradojas que rodearon no pocas veces la historia argentina.

Eduardito Señorans era único hijo del general Eduardo Argentino Señorans y Romilda Cerruti Costa. “Estudiante de Física en la Facultad de Ciencias, Eduardito Señorans había sido un militante católico, fuerza de choque en las manifestaciones de la ‘laica o libre’, por el bando de los que querían la educación privada y religiosa en las escuelas. Pero hacia 1962 ingresa a la Facultad y, recién producida la revolución cubana, y seguramente por eso y por la influencia de su tío, el abogado laboralista y nacionalista católico Luis Benito Cerrutti Costa, Eduardito comenzó a virar a posiciones de izquierda. Nos conocemos en 1963. Teníamos muchas charlas entre nosotros. Eduardito decía que la revolución cubana iba en serio, que era una verdadera revolución porque habían encarado a fondo el tema de la educación de la gente, a diez o quince años.

En ese período, recordó Scolnik, Eduardito Señorans comienza a enfrentarse duramente con su padre, para entonces general de brigada. El general Señorans había sido jefe del Estado Mayor de la llamada “Revolución Libertadora” que comandada por los generales Eduardo Lonardi y Pedro Eugenio Aramburu derrocó a Juan Perón en setiembre de 1955. Unido por convicción a Lonardi, Señorans fue su subsecretario de Guerra. Mientras que su cuñado, Luis Benito Cerrutti Costa, fue nombrado ministro de Trabajo y Previsión. El golpe interno de Aramburu contra Lonardi lo alejó del Ejército en noviembre de 1955. Fue Onganía quien sacará de la actividad privada a Señorans para darle el cargo de jefe de la SIDE, cuando, en junio de 1966 instaure una dictadura integrista con pretenciones milenaristas. Señorans, entonces, se transformó en una pieza clave de esa dictadura. Su hijo, en pleno 1966, recuerda Scolnik, “ya revistaba en las filas de la izquierda universitaria aunque como líbero, es decir, sin partido”. Su tío Cerrutti Costa, que había confluido con Señorans en el antiperonismo en 1955, había comenzado también a virar hacia posiciones revolucionarias. Será editor de Operación masacre, de Rodolfo Walsh, y a fines del sesenta y principios del setenta, se encargará de la defensa de presos políticos, entre ellos varios guerrilleros peronistas y guevaristas. Fue cofundador de la revista Nuevo Hombre y editor del diario El Mundo, para entonces todas empresas vinculadas a la guerrilla guevarista del ERP. Deberá exiliarse en París en 1975 ante las reiteradas amenazas de la Triple A. Murió en 1977.

Scolnik recuerda que las contradicciones en esa familia estallaron con virulencia precisamente la noche del 29 de julio de 1966. “Fuimos amigos estrechos. Nos conocían por ‘los eduarditos’. Los padres me invitaban a su casa en Cardales. Era el amigo entrañable de un hijo único entrañable. Nuestros padres eran parecidos. Mi padre era un médico que huyó de Ucrania porque la revolución bolchevique le expropió todo. Mi padre era profundamente anticomunista. No se podía hablar nada con él que no coincidiera con su ideología. Lo mismo le pasaba a Eduardito Señorans. Había un constante enfrentamiento con su padre.”

Luego del golpe de Onganía -continúa Scolnik-, “el régimen consideraba a la Universidad como un ‘nido de rebeldes, comunistas’. Y la verdad, visto a la distancia, nadie hacía nada que pudiera afectar las bases del sistema, todavía. Y si bien la izquierda estaba fragmentada, la derecha también. Y el aglutinante de la derecha fue el anticomunismo. Así que debían construir ese enemigo que los uniera. Recuerdo que el decano de Exactas, Rolando García, entonces era un gran admirador de las universidades norteamericanas. Pedía subsidios a la Fundación Ford y estaba muy lejos de ser un comunista o un revolucionario. Era un científico que pedía libertad de pensamiento y de investigación”.

Al mes del golpe, la agitación estudiantil crecía en tanto se defendía la autonomía universitaria atacada por el decreto ley 16.912. “La noche del 29 de julio, entonces, Eduardito estaba en su casa. Escucha a su padre hablar por teléfono con Fonseca, el jefe de la Policía Federal. Eduardito me contó luego (ese día yo estaba enfermo y no había ido a la facultad) que su padre le dijo a Fonseca: ‘Andá a la Facultad de Ciencias Exactas y matalos a palos’.

Entonces, el joven Señorans trató de avisar lo que ocurriría a sus compañeros en la Facultad. “Llamó por teléfono, pero el que lo atendió no le creyó lo que le decía, que la Policía cargaría contra la Facultad. Desesperado, corrió hasta la Facultad -ellos vivían en la calle Junín y Peña- para avisarle al decano Rolando García lo que se estaba planeando. Pero cuando llegó, la Facultad ya estaba acordonada y no pudo entrar. Así que, desconsolado, me llamó y me dijo que igual se metería a defender la Facultad. Le dije que no lo hiciera, que ya era tarde. A las 22, se desata la represión. Eduardito siempre se sintió culpable. Yo nunca pude volver a esa casa. Los dos dejamos la Facultad. Nos fuimos. Eduardito no quería ser asociado a su padre. Nos dejamos de ver por años. El murió en los años ochenta.”

El último servicio público del general Señorans, antes de morir en 1993, fue defender al dictador Leopoldo Galtieri en el juicio militar por la Guerra de Malvinas. Señorans pidió su absolución con el argumento de que las decisiones políticas no podían ser revisadas ni pasibles de castigo. “Tal vez -reflexiona Scolnik- esa orden de reprimir inédita en la historia de la Universidad era también el odio que sentía el general contra quienes, él pensaba, habían cambiado la cabeza a su hijo.”

De llegar a tiempo, el gesto del joven Señorans no hubiera cambiado la decisión dictatorial de cerrar la Universidad. Tal vez se hubiera evitado la violencia brutal contra esas cabezas. Porque la historia suele tramarse con grandes madejas y con pequeños hilos, casi invisibles pero igualmente decisivos.

En vez de votos, botas

El 28 junio de 1966, un golpe militar, con la anuencia de sectores civiles, políticos y sindicales y una fuerte campaña previa de los medios de información –como la que soportaron Yrigoyen en 1930 y Perón en 1945 con resultados distintos–, depuso al presidente radical Arturo Illia. Las Fuerzas Armadas abandonaban así el rol tutelar que venían ejerciendo desde la caída de Perón, en 1955, sobre gobiernos emergentes de un régimen deslegitimado por la proscripción del peronismo. Al igual que en golpes anteriores, la desestabilización empezó mucho antes y los medios de la época tuvieron mucho que ver en ello, en especial los periodistas Mariano Grondona, Bernardo Neustadt y Mariano Montemayor, como señala Miguel Angel Taroncher en su libro sobre la caída de Illia. Esos periodistas contribuyeron “como parte integrante del poder mediático, a la campaña de prensa sobre la base de coincidentes mensajes críticos contra el gobierno” radical. A través de ellos jugaban sofisticadas revistas de opinión un rol que en golpes anteriores habían desempeñado periódicos de lectura masiva.

Las principales instituciones empresarias, por su parte, estaban también disconformes con lo que consideraban una excesiva intervención del Estado en la economía. Un documento inédito de la UIA hablaba de “la burocratización total de la vida económica [...] que conduce gradual pero persistentemente a la absorción de la empresa privada por el Estado [...]”. La misma “toma varias formas pero, para las actividades más importantes, casi siempre se resuelve en la obligada transferencia de la propiedad del empresario privado al Estado”. Estos conceptos parecían dejar traslucir que el gobierno de Illia era una antesala del de Fidel Castro. (Ponencia de la UIA para la XXII Asamblea de Aciel a realizarse del 4 al 6 de junio de 1966.)

Mariano Grondona, gestor del golpe en numerosos artículos, señalaba dos días después de haberse producido, las razones del mismo: “Arturo Illia no [había comprendido] el hondo fenómeno que acompañaba a su encumbramiento: que las Fuerzas Armadas, dándole el Gobierno, retenían el poder. El poder seguía allí, en torno de un hombre solitario y silencioso [el general Onganía]. [...]. Siempre ha ocurrido así: con el poder de Urquiza o de Roca, de Justo o de Perón. Alguien, por alguna razón que escapa a los observadores, queda a cargo del destino nacional. Y hasta que el sistema político no se reconcilia con esa primacía, no encuentra sosiego”. El gobierno había cometido el error de creer que gobernaba cuando en realidad los votos de la elección de Illia seguían siendo botas.

Pero la incógnita principal fue el rol que Estados Unidos jugó en el golpe. Dos años antes, en 1964, el gobierno de Washington había tenido una influencia decisiva en la caída del presidente brasileño Joao Goulart, a quien consideraban un “extremista”. Existe la transcripción de un diálogo entre el presidente Johnson y el secretario de Estado adjunto para Asuntos Interamericanos Thomas Mann, el viernes 3 de abril de 1964, tres días después de ese golpe. “Mann: Espero que Ud. esté tan feliz respecto al Brasil como lo estoy yo. LBJ: Lo estoy. Mann: Pienso que es lo más importante que ocurrió en el hemisferio en tres años” (tapes de la Casa Blanca, 1963-1964). En cambio, no surge de los documentos secretos que el Departamento de Estado hubiera intervenido directamente en la caída del primer mandatario argentino –en verdad no lo necesitaba–, pero estaba perfectamente informado de la existencia de sectores militares y civiles opuestos a los lineamientos programáticos de Illia y en procura de una oportunidad para provocar una “intervención” militar desde muy temprano, incluso desde antes de su asunción, en octubre de 1963. La carrera de Illia hacia los comicios de julio de 1963 se había desarrollado en un clima político interno signado por la proscripción del peronismo y de su líder, por lo que la UCR del Pueblo obtuvo la primera minoría y la nominación de su candidato en el Colegio Electoral con apenas el 25 por ciento de los votos. Este hecho cuestionaba la legitimidad de la victoria electoral; una “marca de origen” que constituiría el “caballito de batalla” permanente de la oposición política y, especialmente, de los sectores internos y externos que ya desde el inicio de la nueva administración comenzaron a tejer la trama conspirativa. El nuevo presidente accedería a la Casa Rosada con una minoría parlamentaria, hostilizado por la sistemática oposición de la dirigencia sindical y patronal y conviviendo con contradictorias tendencias conservadoras y populistas dentro del propio radicalismo.

Las políticas desplegadas, sin agitar demasiado las aguas, rescataban lineamientos básicos heredados de la intransigencia radical y del primer peronismo, con un trasfondo internacional marcado por propuestas económicas nacionalistas en boga en muchos países del Tercer Mundo. Esas orientaciones se manifestaron a través de cierta resistencia a las imposiciones del FMI, la concepción de un Estado inclinado al control y la planificación de la economía –como en caso de los productos farmacéuticos–, así como a la atención prioritaria al mercado interno. Se tomó también la decisión de denunciar y anular los contratos petroleros firmados por el presidente Frondizi.

Por supuesto, los servicios de inteligencia norteamericanos estaban bien informados sobre los planteos golpistas y sus principales protagonistas. Así lo testimonia un cable de la CIA al presidente norteamericano Lyndon Johnson, que se encuentra en los archivos de su presidencia, localizados en Austin, Texas. Allí se daba cuenta de la decisión de los altos mandos militares argentinos de promover el golpe para el mes de julio, aunque la acción podía adelantarse si la “crisis económica” se acentuaba. El informe reseñaba la “responsabilidad” y “seriedad” de los objetivos del futuro gobierno militar y enumeraba entre los involucrados a los generales Juan Carlos Onganía, Julio Alsogaray, Alejandro Lanusse y Osiris Villegas (CIA, 2/6/66, Country Files, Argentine Memos, Vol. II, Box 6).

Finalmente, el levantamiento militar tuvo lugar el 28 de junio y el gobierno surgido de la decisión golpista se autodenominó “Revolución Argentina”. El “caudillo” soñado por Grondona fue nombrado presidente con el objetivo primordial de mantenerse mucho tiempo en el poder: “un dictador es un funcionario para tiempos difíciles”, afirmaba el inefable periodista. El nuevo régimen pretendía imponer un proyecto de largo alcance, dotando al Estado de una organización tecno-burocrática, que Guillermo O’Donnell denominó “Estado Burocrático Autoritario”, capaz de poner fin a las pujas intersectoriales y políticas locales en el marco de la Doctrina de la Seguridad Nacional, que privilegiaba el accionar en el orden interno por parte de las Fuerzas Armadas contra los peligros del “extremismo” y la “disociación social”. Pero los tiempos económicos, sociales y políticos que proponía no pudieron llevarse a cabo. A través del Cordobazo la sociedad puso fin a esa forma criolla de “pseudomonarquía”. Grondona debió postergar por un tiempo sus sueños “caudillescos”, las Fuerzas Armadas se retiraron después de dos intentos frustrados de continuar en el mando y Perón volvió finalmente a la Argentina. Se abría una etapa vertiginosa cuyo desenlace dio paso al período más doloroso de nuestra historia, que comienza en 1976. El golpe militar que lo precedió diez años antes fue, sin duda, un primer ensayo.

Mentes Cortas, bastones largos

Ya han pasado treinta años de la Noche de los Bastones Largos. Ante el aniversario del triste episodio, desde EXACTAmente intentamos colaborar con la memoria mediante el particular testimonio de un científico estadounidense que en ese momento se encontraba trabajando en nuestra Facultad. Warren Ambrose, profesor de matemática del Massachusets Institute of Technology (MIT), vivió de cerca la intromisión del gobierno militar de Juan Carlos Onganía en la autonomía universitaria y, movido por este hecho, envió una carta al New York Times, cuyo contenido se transcribe a continuación.

Carta de Warren Ambrose
Buenos Aires, Argentina, 30 de julio de 1966

The New York Times
New York, N.Y.

Estimados señores: Quisiera describirles un brutal incidente ocurrido anoche en la Facultad de Ciencias de la Universidad de Buenos Aires, y pedir que los lectores interesados envíen telegramas de protesta al presidente Onganía.

Ayer el gobierno emitió una ley suprimiendo la autonomía de la Universidad de Buenos Aires y colocándola (por primera vez) bajo la jurisdicción del Ministerio de Educación. El gobierno disolvió los Consejos Superiores y Directivos de las Universidades y decidió que desde ahora en adelante la Universidad estaría controlada por los decanos y el rector, que funcionarían a las órdenes del Ministerio de Educación. A los decanos y al rector se les dieron 48 horas de plazo para aceptar esto. Pero los decanos y el rector emitieron una declaración en la cual se negaban a aceptar la supresión de la autonomía universitaria.

Anoche a las 22, el decano de la Facultad de Ciencias, Dr. Rolando García (un meteorólogo de fama internacional, que ha sido profesor de la Universidad de California, en Los Angeles), convocó a una reunión del Consejo Directivo de la Facultad de Ciencias (compuesto por profesores, graduados y estudiantes, con mayoría de profesores) e invitó a algunos otros profesores (entre los que me incluyo) a asistir a la misma. El objetivo de la reunión era informar a los presentes la decisión tomada por el rector y los decanos y proponer una ratificación a la misma. Dicha ratificación fue aprobada por 14 votos a favor con una abstención (proveniente de un representante estudiantil).

Luego de la votación, hubo un rumor de que la policía se dirigía hacia la Facultad de Ciencias con el propósito de entrar, que en breve plazo resultó cierto. La policía llegó y, sin ninguna formalidad, exigió la evacuación total del edificio, anunciando que entraría por la fuerza al cabo de 20 minutos (las puertas de la Facultad habían sido cerradas como símbolo de resistencia -aparte de esa medida, no hubo resistencia-). En el interior del edificio, la gente (entre quienes me encontraba) permaneció inmóvil, a la expectativa. Había alrededor de 300, de los cuales 20 eran profesores y el resto estudiantes y docentes auxiliares (es común allí que a esa hora de la noche haya mucha gente en la Facultad porque hay clases nocturnas, pero creo que la mayoría se quedó para expresar su solidaridad con la Universidad).

Entonces entró la policía. Me han dicho que tuvieron que forzar las puertas, pero lo primero que escuché fueron bombas que resultaron ser gases lacrimógenos. Luego llegaron soldados que nos ordenaron, a gritos, pasar a una de las aulas grandes, donde se nos hizo permanecer de pie, contra la pared, rodeados por soldados con pistolas, todos gritando brutalmente (evidentemente estimulados por lo que estaban haciendo -se diría que estaban emocionalmente preparados para ejercer violencia sobre nosotros-).

Luego, a los alaridos, nos agarraron a uno por uno y nos empujaron hacia la salida del edificio. Pero nos hicieron pasar entre una doble fila de soldados, colocados a una distancia de 10 pies entre sí, que nos pegaban con palos o culatas de rifles, y que nos pateaban rudamente, en cualquier parte del cuerpo que pudieran alcanzar. Nos mantuvieron incluso a suficiente distancia uno del otro de modo que cada soldado pudiera golpear a cada uno de nosotros. Debo agregar que los soldados pegaron tan duramente como les era posible y yo (como todos los demás) fui golpeado en la cabeza, en el cuerpo, y en donde pudieran alcanzarme. Esta humillación fue sufrida por todos nosotros -mujeres, profesores distinguidos, el decano y el vicedecano de la Facultad, auxiliares docentes y estudiantes-. Hoy tengo el cuerpo dolorido por los golpes recibidos, pero otros, menos afortunados que yo, han sido seriamente lastimados. El profesor Carlos Varsavsky, director del nuevo radio-observatorio de La Plata recibió serias heridas en la cabeza; un ex-secretario de la Facultad, de 70 años de edad, fue gravemente lastimado, como así mismo Félix González Bonorino, el geólogo más eminente del país.

Después de esto fuimos llevados a la comisaría seccional en camiones, donde nos retuvieron un cierto tiempo, después del cual los profesores fuimos dejados en libertad, sin ninguna explicación. Según mis conocimientos, los estudiantes siguen presos. A mí me pusieron el libertad alrededor de las 3 de la mañana, de manera que estuve con la policía alrededor de 4 horas.

No tengo conocimiento de que se haya ofrecido ninguna explicación por este comportamiento. Parece simplemente reflejar el odio del actual gobierno por los universitarios, odio para mí incomprensible, ya que a mi juicio constituyen un magnífico grupo, que han estado tratando de construir una atmósfera universitaria similar a la de las universidades norteamericanas. Esta conducta del gobierno, a mi juicio, va a retrasar seriamente el desarrollo del país, por muchas razones, entre las que se encuentra el hecho de que muchos de los mejores profesores se van a ir del país.
Atentamente.
Warren Ambrose
Profesor de Matemática en el Massachusets Institute of Technology (MIT) y en la Universidad de Buenos Aires

CRONOLOGIA DE UNA UNA TRISTE HISTORIA

El 28 de junio de 1966 un golpe militar encabezado por Juan Carlos Onganía derroca al pesidente Arturo Illia. Por la tarde el rector de la UBA, Hilario Fernández Long, da a conocer una resolución de la Universidad en repudio al golpe.

Como primera medida, el nuevo gobierno clausura el Congreso Nacional y prohibe los partidos políticos.

Las universidades se convierten en el próximo blanco: la intervención se hace inminente.

El viernes 29 de julio se difunde el decreto ley 16.912 que determina la intervención, prohibe la actividad política en las facultades y anula el gobierno tripartito (integrado por graduados, docentes y alumnos). Los rectores deben convertirse en interventores delegados del Ministerio de Educación si quieren seguir en sus puestos. Tienen 48 horas de plazo para decidir si aceptan o renuncian.

La sede del Rectorado y las facultades de Arquitectura, Ciencias Exactas, Filosofía y Letras, Ingeniería y Medicina, son ocupadas por autoridades, profesores y estudiantes con el objetivo de resistir la violación de la autonomía.

Ese mismo viernes por la noche, Onganía ordena a la Guardia de Infantería el desalojo de las sedes tomadas, pese a que las 48 horas de plazo todavía no se había cumplido. Comienza de esta manera la “Operación Escarmiento”.

La represión se lleva a cabo con gases lacrimógenos, culatazos y bastonazos. Resultado: 400 estudiantes y profesores detenidos; renuncian a sus puestos todos los decanos de la UBA, y hacen lo mismo 1.400 docentes

Un homenaje a Emilio Fermín Mignone Intenso y lúcido protagonista,…. y privilegiado testigo del siglo XX 

“Ha sufrido duramente, con su familia,
los dolores más fuertes
que se puedan haber sufrido en nuestro país.
Su dolor lo convirtió en obligación de lucha.
Lo comprendió así
y nada le impidió continuar su docencia cívica,
con las formas y características
que para él eran las más indicadas
para el bien de la sociedad
de la que es miembro”

Ha transcurrido un poco más de seis años desde que este vecino lujanense nos abandonara, aunque sólo físicamente, un 21 de diciembre de 1998. Abogado, especializado en derecho público, ciencia política, política educativa y científico-tecnológica, historia contemporánea, derechos humanos, y relaciones entre religión y sociedad, sus 76 años de vida han resultado de un protagonismo inusual y -al mismo tiempo- intensos como ha ocurrido con pocos hijos de Luján. Además de las repercusiones periodísticas de su amplia trayectoria y actividad pública, quedan -de su pluma, tan concisa, aguda y amena- firmes testimonios documentales como numerosos libros, folletos, artículos, minutas y ensayos, además de videos y cintas grabados.

1. Derechos humanos e iglesia. Más de una vez he leído y escuchado opiniones y/o versiones absurdas y disparatadas las que -en una apretada generalización- dan cuenta algunas acerca de la izquierdista ideología de nuestro evocado; otras refiriendo que “Mignone fue uno de los que ‘hizo’ la noche de los bastones largos”; para culminar leyendo a Hebe Pastor de Bonafini (referente de un sector de Madres de Plaza de Mayo) sostener que “Emilio Mignone era Estados Unidos, el Buenos Aires Herald” y vinculándolo con la “banca Rockefeller”

Atípico comienzo para un recordatorio, que pretende otorgar al lector -especialmente a quien no conoció a nuestro protagonista- una suerte de espontánea impresión acerca de la inquieta y rica personalidad de quien fuera Emilio Fermín Mignone, nacido el 23 de julio de 1922 en Luján, Buenos Aires, en el seno de lo que sería una muy numerosa y ahora más que centenaria familia.

Testimonio de un católico practicante. En su libro “Iglesia y dictadura. El papel de la iglesia a la luz de sus relaciones con el régimen militar” (Ediciones del Pensamiento Nacional, 1986) -y en muchísimas otras publicaciones y reportajes- Mignone dejó riguroso testimonio de las relaciones de la Iglesia católica con el poder político ejercido entre 1976 y 1983, puntualmente juzgadas desde la óptica de la debida y pastoral defensa de la vida humana y del respeto a los demás derechos fundamentales.

No menos importantes resultan sus análisis y propuestas sobre los vínculos entre la iglesia y el Estado, la educación confesional, el vicariato castrense, la siempre polémica -y por muchos desconocida- cuestión del financiamiento y sostén del culto, etc. Todo ello fundado en sólidos argumentos constitucionales, canónicos e históricos (en virtud de ello, llega a sugerir, en una eventual reforma constitucional -la oportunidad fue en 1994- la reconsideración de la interrelación iglesia-cultos-estado). Así, Mignone nos refiere “la prevalencia a lo largo del tiempo de una actitud de subordinación con respecto al estado por parte del cuerpo episcopal y en menor medida del clero y las organizaciones católicas. Esa impronta, pese al proceso de secularización de la sociedad a partir de la década del sesenta, mantiene su vigencia en el imaginario colectivo, en el seno de la sociedad y en las posiciones de gobernantes y prelados”.

Egresado con el mejor promedio del colegio de los Hermanos Maristas (Instituto Ntra. Sra. de Luján), en 1940 (como figura en los boletines del alumnado), los lectores maduros recordarán seguramente su posterior rol de dirigente del movimiento juvenil católico. Por entonces, integró grupos de trabajo apostólicos notables, “capaz de llenar estadios en el Congreso de la Juventud (1946) y prolongar acciones formativo-educativas en un periodismo juvenil de avanzada, como el de Antorcha, del que fue su primer director” (Alfredo M. Van Gelderen, 1993). Entre otras cosas, en nuestra ciudad, fue el primer prosecretario, quien redactó los estatutos y quien tramitó la personería de la legendaria “Fundación Ateneo de la Juventud Lujanense”, que posee la magnífica sede en 9 de Julio y Las Heras, y en cuyo seno se promovieran tantas actividades en favor de la juventud) .

Herencia institucional para la defensa de los derechos del futuro. A partir de la dictadura iniciada en 1976, merece destacarse (en conjunto con otros abogados, como Augusto Conte, Boris Pasik y Alfredo Galetti) la creación (1979) y -lo más importante- la supervivencia, la proyección y la extensión del campo de acción del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), cuya presidencia ejerció hasta su muerte. Sin dudas, Emilio Mignone fue “la figura central del movimiento por los derechos humanos”, y su pionera -y muchas veces dificultosa y cuando no arriesgada- labor inicial está hoy a la vista y con creces. La prestigiosa organización no gubernamental cuenta hoy con una dirección ejecutiva, diversas áreas (desarrollo institucional, litigio y defensa legal, documentación y archivos, y comunicación), variados programas (memoria y lucha contra la impunidad del terrorismo de Estado, violencia institucional y seguridad ciudadana, derechos económicos, sociales y culturales, y justicia democrática), un equipo de asistencia en salud mental y un proyecto de educación para la ciudadanía. Integra, además, disímiles organizaciones internacionales de juristas y tutelares de los derechos humanos, y reconoce el apoyo de diversas fundaciones, universidades y asociaciones internacionales.

Ello ocurre en nuestro país, donde -lamentablemente- cierta pretendida dirigencia ha procurado y aún procura -sin suerte mucha, otra, sin convicción- construir y fundar instituciones políticas, sociales, vecinales, culturales, etc. Es la que observamos moverse solamente con afanes de figuración o al ritmo de las urnas, demostrando la incapacidad de construir ideas-fuerza o instituciones más o menos perdurables, sobreviviendo a las personas, y con posibilidades de proyección -desindividualizadas- hacia el futuro.

Mignone avizoró, con la brillantez de un hombre de estado, que el movimiento de derechos humanos –por intermedio de la acción de organizaciones serias, pluralistas, democráticas y no fundamentalistas o hiperideologizadas- terminaría ganando la batalla de “la verdad y la justicia”. La realidad le da la razón, cada día, con el avance de los procesos judiciales procurando evitar la impunidad. Como bien se ha dicho, Augusto Conte y Mignone (aliados pioneros en la fundación del CELS) conviertieron la ingenuidad que se reprochaban “en un programa de acción, con el propósito de que algún día las instituciones merecieran la confianza que habían depositado en ellas, para cambiarlas y ponerlas a la altura de sus mentes limpias y sus corazones nobles” (Horacio Verbitsky, 2004).

2. Educación y política universitaria. Con sólo 27 años, conduce políticamente la enseñanza oficial bonaerense (1948-1952), con éxitos indiscutibles, acompañando la eficaz gestión de Domingo A. Mercante-Julio C. Avanza. Promovió desde dicha función la modernización de la legislación y fijó pautas para la transfomación. Entre 1962 y 1967 se desempeñó como consultor-experto en educación en la Organización de Estados Americanos, con residencia en Washington.

Vuelto al país, entre 1968 y 1971 ejerce la función de subsecretario de Educación de la Nación -bajo la dictadura de Juan C. Onganía- probando nuevamente idoneidad y capacidad de gestión en la función pública.

A propósito de lo controvertido del caso, recuerdo un diálogo generado en medio de un almuerzo televisivo a fines de los ’80 o al principiar la década del ’90. “Dr. Mignone,… Ud. se arrepiente de haber participado -como funcionario- de un gobierno de facto?”, pregunta la actriz y conductora; a lo que nuestro convecino contesta: “No me arrepiento,… me hago una autocrítica,… que no es lo mismo”. El hecho me dio la pauta de que Mignone se haría siempre cargo de lo que había sido y de lo que había hecho…., lo que no es poco, y contrasta con algunas otras actitudes -por cierto distintas- de otras personas públicas. Conozco otros ex funcionarios de facto, que desempeñaron luego funciones electivas al llegar la democracia, pero que han suprimido de su curriculum vitae oscuros períodos vergonzantes -como una ex subsecretaria del orden nacional y lujanense- aún cuando en el país algunos recién comenzaban a “descubrir errores” e -incrédulos los más- “los horrores” de la última dictadura.

En junio de 1973 fue designado rector-normalizador de la Universidad Nacional de Luján por el ex presidente de la Nación, Héctor J. Cámpora, donde ejerce dicha función –no sin dificultades, propias de la época- hasta la interrupción constitucional de 1976. Cuenta muy bien la historia de Luján y su alta casa de estudios, en la obra que la misma institución le encarga, recién en 1992, dando un visionario panorama sobre la problemática universitaria el que se proyecta adecuadamente hasta avanzada la década del ’90.

Sobre esto último -y revistiendo plena actualidad- escribe Mignone: “Si persiste la política estatal en virtud de la cual las universidades nacionales recibirán del estado un subsidio y, en el uso integral de su autonomía, podrán distribuirlo libremente, hay que utilizar sin titubeos esa facultad para conseguir los efectos deseados. Y por cierto, procurar formas adicionales de financiamiento, tanto externas como provenientes de la misma comunidad universitaria. Para ello hay que eliminar los tabúes que constituyen una constante perniciosa de la política educativa argentina”[6]. Al respecto, siempre comentaba que la mayoría de los dirigentes universitarios (correligionarios míos, los más) -que tanto invocaban e invocan aún, en las discusiones presupuestarias y/o sobre la autonomía- el “Manifiesto de la reforma universitaria”, de 1918, interpretaban erróneamente dicho texto y procuraban lo que el documento nunca sostuvo.

Nunca abandonará el ámbito educativo (fue, en varias oportunidades, el candidato del justicialismo universitario al rectorado de la importante Universidad de Buenos Aires), dedicándose hacia el final de su vida -casi con exclusividad- a la cuestión universitaria y a la enseñanza superior. Ejerce distintas funciones académicas en diversos escenarios, públicos y privados, y de organizaciones internacionales. Participa en los debates acerca de la legislación federal educativa y de la educación superior, habiéndose incorporado antes a la Academia Nacional de Educación (1993), hasta que la muerte lo encuentra en la estratégica y muy reconocida presidencia de la imprescindible comisión nacional de evaluación y acreditación universitaria -CONEAU- al final de 1998.

El rol estatal en la evaluación y acreditación universitarias. Refiriéndose al desafío de la calidad, la pertinencia, la eficiencia y la equidad de la educación, sostenía nuestro evocado que “uno de los riesgos que corre el país es el de caer en un sistema educativo dual, particularmente en el nivel superior, con la existencia de una formación supuestamente de excelencia -y digo supuestamente porque mientras no exista un mecanismo de evaluación objetivo, externo y transparente, nadie está en condiciones de garantizar nada- en establecimientos particulares destinados a los pudientes, donde la calidad se mediría por el costo de la matrícula; y de otra de segunda, tercera o cuarta categoría para el resto de la población. Esto conduciría -continúa- al desarrollo de una sociedad antidemocrática; sería suicida para la Nación por cuanto la inteligencia no está distribuida solamente entre los ricos; y contraría nuestra tradición histórica, fundada en la posibilidad de acceso a la universidad de todas las clases sociales”. Este acertado y lúcido diagnóstico ratifica el necesario control de la autoridad pública en la materia; eso mismo que el propio Mignone comenzó a hacer desde la conducción fundante de la CONEAU.

Bajo su liderazgo (explicaba que procuraba -y lograba casi siempre- el consenso en las decisiones de importancia), la Comisión “fue ganando el respeto de la comunidad universitaria gracias a la severidad con que se juzgó a los proyectos de creación de universidades poniendo freno a una década donde la ausencia de sólidos controles permitió el aumento de universidades de irregulares condiciones “.

3. La realidad nacional y la política. Harto conocida resulta la filiación peronista de nuestro convecino, sólo resquebrajada ante el manifiesto y violento enfrentamiento entre las autoridades públicas y la Iglesia Católica (1953-1955) y -quizá- ante la normalización institucional de 1983. En dicha oportunidad, el candidato presidencial del justicialismo (Italo A. Luder) se manifestó a favor de la denominada ley de autoamnistía -dictada en las postrimerías del régimen militar- ante el mayoritario rechazo de varios partidos políticos; entre ellos, la luego triunfante Unión Cívica Radical con Raúl Alfonsín a la cabeza.

Hacia noviembre de 1972, acompañó -como tantos y famosos militantes- el regreso al país del ex presidente Juan Domingo Perón, luego de su exilio de 17 años, viajando en el Giuseppe Verdi de Alitalia. “Sin que ellos lo supieran, viajaban en el charter todos los presidentes peronistas del siglo XX: además de Perón, Héctor Cámpora, Raúl Lastiri, Isabel Perón y Carlos Menem”.

El periodismo de opinión y de tribuna no le fue ajeno: fundó y dirigió en su ciudad natal La Voz de Luján aunque de corta vida (resulta interesante recorrer algunas páginas y contenidos que resultan pioneros en materia de derechos fundamentales y su reconocimiento y protección internacional), en 1956. Luego, su carácter de colaborador y columnista en distintos medios y revistas, como el diario Página 12 (en plena ultima dictadura, 1982, aguardaba con ansiedad su columna en La Voz -que dirigía Vicente L. Saadi, luego titular del Justicialismo en el orden nacional- para informarme y leer opiniones que desafiaran aquel monocorde discurso de la información oficial).

Las responsabilidades públicas desempeñadas -prematuras algunas, como hemos visto-, su protagonismo en muchas decisiones y, especialmente, su calificada óptica (dada su excelente formación) sobre problemas y soluciones, convirtieron a Mignone en crítico y agudo observador de la realidad argentina. Como resulta lógico, con la madurez alcanzada con la edad, las experiencias que dejan los hechos vividos, los sufrimientos y dolores, su opinión fue creciendo en quilates. Su palabra, con el tiempo, se jerarquizó y resultó aún más valorada fuere quien fuere el destinatario.

Michael Shifter escribe que -llegado a la Argentina varias veces, a partir de 1987- optaba por principiar y culminar su labor con entrevista previa y final con nuestro protagonista:

“En nuestra primera conversación, Emilio no solamente me explicó lo que decían las leyes (se refiere a las denominadas “de punto final” y de obediencia debida), sino que me las puso en perspectiva y me aclaró su importancia. Lo hizo juiciosa y brillantemente, sin mostrar ningún atisbo de sus propios intereses o de rencor. De alguna manera, y aparentemente sin esfuerzo, encontró el balance adecuado entre los principios morales, de un lado, y las consideraciones pragmáticas, del otro….

No sólo quería comenzar mi trabajo hablando con quien tenía la más lúcida, ilustrada y confiable interpretación de lo que ocurría en ese país, sino que quería, además, tener la oportunidad, antes de irme, de cotejar mis impresiones de lo que había percibido y de escuchar lo que él pensaba. Hablar con Emilio -continúa- era mi forma de buscar que mis apreciaciones estén intelectual y moralmente centradas. Nunca me decepcionó”

Respecto a la actitud de la dirigencia política con relación a las peores secuelas de la dictadura 1976-1983, el evocado sostenía que “la clase política se encontró en general alejada del movimiento por los derechos humanos en los años más álgidos de la represión. Era difícil obtener representantes oficiosos en la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos. El único interés de la mayoría de los dirigentes partidarios se centraba en la posibilidad del llamado a elecciones y estaban convencidos que esto era sólo posible negociando con los militares”.

A mediados de los ’80, el ahora senador Rodolfo H. Terragno, escribía: “Emilio Mignone estremece a quien lo oye narrar ahora el tránsito de la incredulidad al asombro:

‘Hasta hace unos meses, casi todos mis vecinos pensaban que yo estaba loco, o que era un mentiroso. Desde que me dejaron aparecer por primera vez en televisión, hay gente que me abraza en la calle y, con lágrimas en los ojos, me dice: ¡Dios mío! ¡Usted tenía razón!” (Memorias del Presente. Edit. Legasa, 1987).

Sobre la reforma constitucional de 1994 y el consenso del Pacto de Olivos, Mignone escribió, a manera de balance:

“Muchas de esas objeciones provienen de una ignorante o interesada idealización del pasado y una falta de esperanza en el porvenir. Ni los constituyentes de 1853, de 1860, o de 1957 fueron todos eminentes constitucionalistas, como ahora se pretendía, ni entre los 305 representantes de 1994 faltaban personalidades cultivadas en esa disciplina. En 1853 el más conspicuo inspirador de su texto, Juan Bautista Alberdi, estaba en Europa y no integró la convención….. El tiempo, que permite advertir los resultados de las acciones de los hombres, dirá si tuvieron o no razón. Y nos enseñará si los protagonistas de este episodio fueron o no por una motivación patriótica, sin perjuicio de la salvaguardia de sus intereses políticos concretos, porque ello es un ingrediente inseparable de la naturaleza humana”.

4. Impresiones. Conocí personalmente a Mignone en febrero de 1982, seguramente mucho más tarde que un buen número de lectores de este recordatorio, y en especial, de vecinos lujanenses. Fue en ocasión en que cursaba (junto a su sobrino y querido amigo, Luis Alberto Mignone) el ingreso a derecho en la Universidad de Buenos Aires. Recuerdo también aspectos y las repercusiones periodísticas de su arbitraria detención -un año antes- previo allanamiento a la sede del CELS y a su domicilio (de donde la Policía Federal se llevó documentación y papeles, folletos y libros), por orden de un juez federal.

No eran momentos fáciles; ni para Mignone -que tenazmente buscaba a su desaparecida hija Mónica, como tantos familiares de detenidos-desaparecidos- ni para el país, sumergido en una grave crisis moral, política, social y económica. Lo cierto es que, en pocos días, el objetivo panorama argentino cambió radicalmente: la ocupación irracional y la derrota posterior en Malvinas -con sus consecuencias institucionales- que derivaría luego en la normalización democrática de 1983.

Cuando podíamos, asistíamos al departamento de Avda. Santa Fe al 2900, y no costaba mucho ver lucir las paredes con las amenazantes leyendas del estilo: “Mignone.. te va a pasar lo mismo que a tu hija”, o de similar contenido. Cuando no estaba ocupado (muy pocas veces), siempre algún intercambio de palabras, o la pregunta típica de Emilio: “Y qué opinan de esto,… o aquello -política, casi siempre- dos jóvenes alfonsinistas como ustedes ?”, aludiendo así a nuestra militancia partidaria juvenil en el centenario partido. Pero lo cierto es que Mónica no apareció -como tantos miles- y toda la conocida historia hasta esta parte.

El 5 de septiembre de 1998, Emilio Fermín Mignone ilustró a los lujanenses con una atípica, rica y curiosa conferencia sobre la historia del lugar (cuyos ejes fueron las personalidades y las acciones de Ana de Matos, Juan de Lezica y Torrezuri, el R. P. Jorge M. Salvaire y Enrique Udaondo). Lo invitaron los amigos del Museo histórico para celebrar -junto a otros disertantes de renombre- el 75° aniversario del complejo. Poco tiempo después, la desaparición física.

Varios lugares públicos lo recuerdan: en nuestra ciudad, en distintos puntos del país y del exterior. Un fallo de la Suprema Corte federal (del año 2002) lleva su nombre (por la modalidad de la carátula judicial, aunque accionara representando al CELS): se trata de una acción de amparo que procuró y logró “garantizar el derecho de sufragio (Art. 37 de la C. N.) de las personas detenidas sin condena en todos los establecimientos penitenciarios de la Nación, en condiciones de igualdad con el resto de los ciudadanos”. Todo un símbolo.

“…. Puso el servicio humanitario por encima de pasiones políticas y jamás dejó de lado sus ideales de justicia y de libertad, que impulsó en la época más sangrienta de la Argentina…. Por su trayectoria en la lucha por los derechos humanos bajo regímenes dictatoriales, es un ejemplo para todos aquellos quienes de alguna manera hemos enfrentado situaciones similares”

Roberto Cuéllar M.
director ejecutivo
Instituto Interamericano de Derechos Humanos
San José, Costa Rica, agosto de 2001

Oscar Varsavsky

En una charla pronunciada en la Universidad Central de Venezuela en Junio de 1968, el Dr. Oscar Varsavsky vuelve sobre sus pasos, retoma viejos conceptos y propone nuevos desafíos a la luz de la historia. Son palabras que tienen el valor de haber sido pronunciadas a partir de una historia de vida y de su posterior análisis, profundamente crítico. Para situarnos ante estos hechos, la historia nos remite a 1955 cuando se encamina la denominada Renovación de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Buenos Aires hasta que la policía entró a repartir palos a estudiantes y profesores en Julio de 1966, inaugurando lo que se daría en llamar “la noche de los bastones largos”.

Las palabras de Varsavsky resumen con crudeza los problemas encarnados en nuestro sistema de ciencia y tecnología, en nuestras universidades y en sus propios actores, en tanto profesores o estudiantes, y tienen la extraña virtud de llegar a nuestros días sin perder vigencia, muy por el contrario, sus palabras siguen describiendo con total precisión lo que aún vivimos y padecemos.

Finalmente, sólo nos resta advertir que en este artículo se superponen tres tiempos históricos: la experiencia desarrollada en la Facultad de Ciencias de la UBA desde el ’55 al ’66; el análisis crítico a la luz de lo realizado en otro tiempo (1968) y lugar (Venezuela); y nuestro propio tiempo sobre el cual impactan desafiantes estas palabras.

Ahora si, por mucho mal que nos pese, sostiene Varsavsky…

Sobre la necesaria renovación académica

(…) Empeñados en realizar una renovación académica han llegado a la conclusión que, aun sin discutir a fondo cual es el papel de una Facultad de Ciencias en un país subdesarrollado, hay una cosa segura: para desempeñar bien su papel debe formar profesionales y científicos serios, responsables, capaces de utilizar todos los instrumentos que la ciencia y la técnica ponen a su disposición y de crear los que necesiten y aún no existan. Rechazar en cambio el concepto de Facultad que se limita a otorgar títulos académicos como recompensa a los alumnos que han tenido la habilidad o la paciencia de aprobar sus exámenes.

Esto les ha señalado claramente uno de los enemigos naturales de la renovación: el profesor anticuado, incapaz o desinteresado, que por desgracia abunda en nuestras universidades, y que no cumple ni remotamente con su misión formadora, porque no sabe o porque no le importa.

Sobre fósiles y cientificistas

En toda acción es muy cómodo identificar al enemigo: la táctica, las victorias, las derrotas, todo se hace más claro y fácil. Yo estoy de acuerdo en que esos profesores “fósiles” son un enemigo que hay que vencer, y ojalá tengan pleno éxito en esa tarea. Pero quiero hablarles de otro enemigo no tan fácilmente identificable, puesto que en ocasiones como ésta aparece incluso como un aliado, pero que luego resulta más peligroso que el otro, más eficiente en la tarea de impedir a la Universidad realizar su verdadera misión.

(Tomando como referencia a la renovación que se hizo en la Facultad de Ciencias de Buenos Aires, en el período 1955-1966) Pensando siempre en el primer enemigo, quisimos pues asegurarnos de que sólo “buenos científicos” iban a ganar los concursos. Si se tomaba en cuenta como antecedente la antigüedad en la docencia o los títulos académicos habituales en el país, se nos volvían a meter los fósiles. El criterio debía ser la actividad científica, pero ¿cómo se mide? La unidad de medida propuesta fue la de más prestigio en el hemisferio Norte: el “paper”, el artículo publicado en una revista extranjera, porque las nacionales no daban suficiente garantía de calidad.

Todos aceptamos ese criterio. Poco a poco, sin embargo, algunos empezamos a darnos cuenta de ciertas tristes realidades de la vida científica. Encontramos que en algunos campos, como Biología, donde el nivel internacional es muy desparejo, hay revistas extranjeras dispuestas a publicar prácticamente cualquier cosa. Una mala descripción de un alga de la Patagonia o cualquier otra trivialidad podía hacerse publicar en alguna revista internacional, con tal de tener algún conocido en el cuerpo editor.

En otro tipo de ciencias, como la Física, descubrimos gente que habiendo aprendido en el exterior una técnica todavía no muy difundida en el mundo, se hacía comprar el aparato correspondiente al volver al país y se ponía a aplicar esa técnica a muchas sustancias diferentes. Hay miles de moléculas que se pueden analizar por resonancia paramagnética, por ejemplo: cada una de ellas puede producir un paper, cuyo valor puede ir desde infinito a cero, o incluso ser negativo. La persona que había tenido la habilidad de dedicarse a eso aparecía entonces con antecedentes mucho mejores que otras de gran capacidad pero que sólo escribían un paper cuando tenían algo decentemente original que decir.

Lo ridículo del caso es que allá igual que aquí, nosotros conocíamos perfectamente a todos los que se presentaban a concurso, porque habían sido colegas, compañeros, o alumnos nuestros, y podíamos decir de antemano sin equivocarnos cuáles de ellos iban a ser útiles, quiénes iban a formar escuela, quiénes iban a enseñar con interés, como verdaderos maestros, quiénes se iban a preocupar por los problemas del país, sin descuidar por ello el rigor científico. Y sabíamos por otra parte quiénes estaban simplemente haciendo su carrera profesional en la ciencia y ponían todos sus esfuerzos en cumplir con ese requisito formal del paper, eludiendo toda otra actividad, incluso la enseñanza.

Sobre los papers

Hacer un paper no es tan difícil. Yo diría que cualquier graduado de esta Facultad puede publicar en una revista extranjera sin mucho más esfuerzo científico que el que hizo para graduarse, siempre que haya conseguido un “padrino” extranjero que le haya dado un tema que tenga algo que ver con las corrientes de moda. Eso se consigue yendo becado al exterior, y es muy fácil equivocarse al asignar becas.

Sobre la “carrera científica”

(…) La ciencia, por su gran prestigio, se ha convertido en una profesión codiciada y en ella hay que hacer carrera de cierta manera, ya estandarizada por normas internacionales. El éxito consiste en publicar papers, asistir a congresos y simposios, recibir visitas de profesores extranjeros, ser invitado a otras universidades como profesor visitante. Esta carrera requiere una técnica y un cierto umbral de capacidad y preparación. Pero la inteligencia no es un elemento decisivo, salvo en el caso de genios, y este caso lo dejamos de lado porque sobre genios no hay ninguna regla general que valga. Para el investigador común, el elemento decisivo para adquirir “status” en la carrera científica es un tipo de habilidad muy similar al “public relations”. Tal como en la competencia comercial, a menos que lo que se venda sea muy, muy malo o muy, muy bueno, es más importante saber vender que preocuparse por la calidad del producto. Esto puede parecer exagerado, y cuando yo publiqué mi primer paper, hace 25 años, me hubiera parecido una herejía, pero la experiencia me ha hecho cambiar de opinión.

Por supuesto, no todos los que tienen éxito en esta carrera científica son simples buscadores de prestigio, si no, la ciencia estaría estancada y no lo está. Pero tampoco progresa tan maravillosamente como se dice: tengan en cuenta que desde Aristóteles hasta Einstein hubo menos científicos en total que los que hoy viven y publican papers, y sin embargo en los últimos cuarenta años ninguna ciencia, salvo la Biología, produjo ideas, teorías o descubrimientos geniales corno los que asociamos a los nombres de Darwin, Einstein, Schrodinger, Cantor, Marx, Weber e incluso Freud. Los grandes adelantos han sido técnicos, inpublicables en revistas de “ciencia pura”: computadores, bomba atómica, satélites, propaganda comercial.

No está claro que el actual diluvio de papers ayude mucho al progreso de la ciencia, y por lo tanto no es válido en general el argumento de los que se niegan a “perder tiempo” enseñando porque dicen que sus investigaciones son más importantes. Eso puede ser cierto en un caso cada mil, no más.

Sobre el cientificismo

El cientificismo es la actitud del que, por progresar en esta carrera científica, olvida sus deberes sociales hacía su país y hacia los que saben menos que él.

Pero este peligro no lo vimos al principio, y seguimos preocupados exclusivamente con el otro, el de los fósiles, incapaces siquiera de ser cientificistas. Así, otra medida de seguridad que tomamos fue la de incluir científicos extranjeros en los jurados. Todavía no me explico cómo pudimos cometer semejante error.

Los científicos extranjeros son capaces -si están bien elegidos- de juzgar entre un paper “moderno” y uno anticuado, y siempre votaron en contra de los fósiles. Pero cuando se trataba de elegir entre dos candidatos científicamente aceptables, usaban sus propias normas, válidas en sus propios países, y optaban por el que había publicado un poco más, o se ocupaba de un tema más de moda, sin tomar en cuenta dos cuestiones esenciales: que en Sudamérica es tanto o más importante formar las nuevas generaciones de científicos que hacer investigación ya, y que la investigación que se haga debe servir al país a corto o mediano plazo. Esos criterios ideológicos, estos juicios de valor, no eran compartidos por los jurados extranjeros, y muchas veces nos obligaron a nombrar profesor a un cientificista dejando de lado a jóvenes también capaces de investigar, pero más conscientes de sus deberes sociales.

El resultado práctico de nuestros esfuerzos fue que “triunfamos”, digámoslo entre comillas (muchas personas siguen creyendo lo mismo; yo no). En la mayoría de los casos, los fósiles fueron derrotados y en muy poco tiempo la Facultad de Ciencias de Buenos Aires fue considerada un ejemplo de ciencia moderna en Sudamérica; se multiplicó el número de papers producidos, nuestros alumnos hacían siempre un brillante papel en las universidades extranjeras a donde iban becados y cuando llegaba un profesor visitante siempre nos encontraba al día en todos los temas de moda.

Lo que conseguimos fue estimular el cientificismo, lanzar a los jóvenes a esa olimpíada que es la ciencia según los criterios del Hemisferio Norte, donde hay que estar compitiendo constantemente contra los demás científicos, que más que colegas son rivales. Y como esa competencia continua no es el estado ideal para poder pensar con tranquilidad, con profundidad, no es extraño que ninguno de los muchos papers publicados por nuestros investigadores desde 1955 haya hecho adelantar notablemente ninguna rama de la ciencia. Si no se hubieran escrito, la diferencia no se notaría.

A cambio de ese ínfimo aporte a la ciencia universal, encontramos que estos cientificistas no atendían a los alumnos, o peor, implantaban un criterio aristocrático en la Facultad: elegían algunos buenos alumnos porque los necesitaban como asistentes para su trabajo, y se dedicaban exclusivamente a ellos. Los demás eran considerados de casta inferior y debían arreglarse como pudieran.

(…) En realidad, uno de los motivos que hace tan atrayente el cientificismo es que es muy fácil: no hay que pensar en cuestiones realmente difíciles por sus muchas implicaciones. A uno lo envían recién graduado a una universidad extranjera y allí su jefe le dice qué artículos tiene que leer, qué aparatos tiene que manejar, qué técnicas tiene que usar y qué resultados tiene que tratar de obtener. Si trabaja con perseverancia, consultando cuando se le presenta alguna dificultad, se graduará sin duda de “científico”, y volverá a su país a tratar de seguir haciendo lo mismo que aprendió o algo muy relacionado con eso.

Fuente:http://www.taringa.net/

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