Una foto del aislamiento argentino

Por Joaquín Morales Solá | LA NACION

Su política interna la está empujando a un espectacular giro en su política exterior. Ese es el argumento de un funcionario que frecuenta a Cristina Kirchner. Es también la explicación para una presidenta que cambió el G-20, cuya pasarela la deslumbraba, por un “acuerdo histórico” con el desprestigiado Irán. Para una jefa que le gusta ventilar sus diferencias con Londres y borrar las antiguas disidencias con los iraníes.

Ese novedoso realineamiento argentino se registró el viernes, como nunca antes, en la reunión del directorio del Fondo Monetario Internacional. Todos los grandes países occidentales votaron contra la Argentina, sobre todo los Estados Unidos y Europa. El país quedó más cerca de la expulsión del Fondo que de la permanencia en su directorio. Es la condena por demasiados años escondiendo y cambiando la verdad. Es la conclusión de más de cinco años de destrucción del Indec, que terminó convirtiendo en relativas todas las cifras de la economía argentina.

El Fondo no le pide a la Argentina políticas determinadas (el país no le debe nada), sino rigor y veracidad en sus estadísticas. ¿No es, acaso, lo mismo que los argentinos le reclaman a su gobierno?

Nuevas rupturas, sugestivos acuerdos. Así, la Presidenta está llevando a su país a un inédito aislamiento en los casi 30 años de democracia. Dicen que ella tomó nota de que Occidente no invertirá un solo dólar en la Argentina. El caso Repsol, una expropiación sin indemnización, fue devastador para la imagen del país. Debe sumársele la prohibición de acceder a dólares por parte de las empresas y la imposibilidad de repatriar dividendos. Nadie invierte en un país con semejantes condiciones de arbitrariedad política y jurídica. Ni siquiera los nativos.

Cristina acaba de concluir su gira exterior más extensa. Deambuló por países asiáticos emergentes o por naciones árabes con petrodólares. Antes había merodeado el África también petrolera. Apuesta a inversiones de esos países, que todavía cargan con sus propias miserias y desigualdades. Pero ella cree que Occidente le dio la espalda. Dicen que Hugo Chávez le prometió importantes inversiones iraníes si llegaba a un acuerdo con el despótico régimen de los ayatolás. Acordó.

La Presidenta renunció a la verdad argentina sobre el criminal atentado a la AMIA. La verdad argentina culpó al gobierno de Irán de la autoría intelectual de aquel estrago y su justicia pidió la captura internacional de ocho iraníes, entre ellos importantes jerarcas del régimen. Pero ¿qué significa la creación de una Comisión de la Verdad si no la aceptación de que no hay una verdad argentina? ¿Qué espera la Presidenta que digan los iraníes en esa comisión? Repetirán viejas ofensas y calumnias. Por ejemplo, que fue un autoatentado perpetrado por el gobierno de Israel. ¿Puede surgir una verdad de semejante absurdo?

Las bases de la comunidad judía argentina reaccionaron duramente y obligaron a la conducción de la AMIA a cambiar el primer intento de moderación con el kirchnerismo que hicieron sus dirigentes. Se ha llegado a la increíble paradoja de que ahora la única persona que tiene captura recomendada es el fiscal argentino del caso, Alberto Nisman, cuya detención viene pidiendo Irán. El acuerdo argentino-iraní contempla la comunicación del pacto a Interpol; las capturas de los iraníes quedarán, por lo tanto, sin efecto. Nisman ya había sido seriamente amenazado de muerte por sicarios iraníes luego de su exposición del caso AMIA en la sede central de Interpol, en Lyon. ¿Nisman podría viajar a Teherán sin el riesgo de ser detenido? ¿El juez Canicoba Corral podría indagar a los iraníes y disponer luego el procesamiento, la falta de mérito, la detención o la absolución de los acusados? Imposible.

Timerman ha dicho que él no puede garantizar que las declaraciones de los iraníes, en Irán, se harán bajo la jurisdicción de la ley argentina. Entonces, será una amable conversación, no una indagatoria. Una conversación que mostrará a Irán con un rostro más amable ante la comunidad internacional. Importa menos lo que el mundo piensa de Irán que lo que la justicia de la Argentina (y sus distintos gobiernos) comprobaron durante 18 años sobre el crucial rol de Teherán en la voladura de la AMIA. Ese cambio sustancial de la política de Cristina Kirchner no pasará como una anécdota más dentro ni fuera del país.

Pacto con Irán, ruptura con Gran Bretaña. Londres pone a veces condiciones imposibles de aceptar. La política histórica de la Argentina ha sido la de sostener que el conflicto por las Malvinas es bilateral. Esto es, no hay lugar en la mesa para los isleños, salvo algunas excepciones que existieron. Los británicos lo saben, pero el gobierno argentino decidió responderle con un discurso testimonial, que aleja aún más la posibilidad de un progreso en la negociación. La propuesta británica merecía una seria y reservada gestión diplomática de la cancillería argentina y no una carta pública, irónica y agresiva de Timerman. Son letras escritas para la demagogia interna, no para alcanzar un objetivo preciso sobre el destino de esas islas.

El gobierno de Cameron parece seguir los pasos del argentino. ¿Qué significaron sus declaraciones que justificaron la presencia de aviones de combate en las Malvinas? Ni el gobierno argentino tiene la intención de hacer una guerra ni podría hacerla aunque quisiera. Salvo que los servicios de inteligencia británicos hayan extraviado toda la información, deberían saber, como lo sabe cualquier país sobre esta tierra, que la capacidad militar argentina es nula. Los barcos militares argentinos se hunden amarrados en los puertos. No necesitan de aviones ingleses.

El gobierno argentino (o su canciller) debería ser, a todo esto, menos despectivo con los isleños. La prioridad de los años 60, cuando el gobierno de Arturo Illia consiguió la más importante declaración de las Naciones Unidas sobre la necesidad del diálogo argentino-británico, era la descolonización. Ahora no ha dejado de ser una prioridad, pero se le ha sumado otra: el derecho de las personas a decidir. La actual comunidad internacional no ignorará nunca la opinión de más de 3000 habitantes históricos de un territorio en disputa.

En marzo se hará un plebiscito en las Malvinas para establecer qué quieren sus ciudadanos. Ya sabemos qué quieren. El trabajo de la Cancillería debería semejarse al de un orfebre capaz de unir lo útil con lo posible. Se trata de no perder definitivamente los derechos. ¿Imposible? ¿Acaso el gobierno que pudo firmar un acuerdo con dirigentes extranjeros acusados de haber cometido una masacre en territorio soberano argentino, hace apenas 18 años, no puede acercar posiciones con los británicos por un diferendo territorial que tiene 180 años? ¿No es Londres un influyente protagonista de Occidente? Los británicos no se desprenden fácilmente de los territorios que ocupan. Es cierto. Es igualmente veraz que con los isleños será muy difícil llegar a un acuerdo, pero sería imposible sin ellos.

Cristina se siente mejor peleando contra molinos de viento. No tiene, además, muchas alternativas. La única que le queda es un cambio drástico de su política interna, desde la económica hasta la relación con sus críticos y con el periodismo independiente. Esos son los ejes centrales del credo occidental. El precio que está pagando por su terquedad es muy alto porque ni siquiera tiene la aceptación de los argentinos, cansados ya de la fragmentación política, de la decadencia económica y de la inflación espoleada por la falta de inversión.

Su problema es que un cambio significaría también la aceptación de muchos errores. No lo hará. Prefiere la compañía de los peores del mundo antes que reconocer que se equivocó..

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