Del Austral al Federal

Manuel A. Solanet Director de Libertad y Progreso

Durante un reportaje el ex vicepresidente Julio Cobos manifestó que escuchó desde la Casa Rosada que se estaría estudiando un proyecto de reforma monetaria del tipo del Plan Austral. Según él la nueva moneda se denominaría peso Federal. Más allá de que esto no sea más que la idea de alguien sin sustento ni apoyo, no es casual que empiecen a girar este tipo de versiones. Es una consecuencia de la aparición de señales y tendencias que hacen cada vez más probable un desborde fiscal, monetario e inflacionario. Se interpretan en este sentido hechos como la ampliación de la brecha cambiaria, el sostenido aumento del riesgo país, el creciente déficit fiscal financiado con emisión, y la desmesura impositiva de provincias y municipios para salvar sus emergencias presupuestarias. Lejos de ceder, la inflación se sostiene sin responder al retraso del tipo de cambio oficial ni al de las tarifas de la energía y el transporte. Esto acentúa la presunción de que tarde o temprano estas variables tendrán que sincerarse y que se producirá un escalón inflacionario. El efecto final dependerá de dos factores: 1) la actitud de la dirigencia sindical y su capacidad de traducir moderadamente las presiones por aumentos salariales; 2) la respuesta del público para acelerar o no la velocidad con que desea desprenderse de la moneda local.
Cuanto más se aparte el sindicalismo del verticalismo oficial, tanto más proclive a una espiralización será la carrera entre precios y salarios. Pero un proceso de sinceramiento tarifario y cambiario difícilmente encontrará una dirigencia gremial dispuesta a ser la válvula de ajuste. Ni aún en un gobierno peronista. Esta situación comienza a ocurrir actualmente. Hay cinco centrales de trabajadores, de las cuales tres son francamente opositoras. Las otras dos, la CGT Balcarce y la CTA de Hugo Yasky, están teóricamente alineadas con el gobierno, pero han tenido que adoptar posiciones duras de reclamo respecto del aumento del mínimo no imponible y de los incrementos salariales. El verticalismo sindical oficial prácticamente no existe, más allá de lo declamativo. Algo parecido ocurre con los llamados dirigentes sociales que lideran grupos carenciados que reciben mensualmente planes o subsidios del gobierno. Ellos reclaman aumentos al igual que los trabajadores, y muchos se han desplazado hacia sectores combativos u opositores por izquierda. Los aumentos concedidos a estos grupos no impactan directamente sobre los costos y precios, pero sí indirectamente al impulsar el gasto público, el déficit fiscal, la emisión y la inflación.
El otro factor clave es la ‘huida del dinero‘. Así la ciencia económica denomina la propensión de las personas a desprenderse rápidamente de una moneda que se desvaloriza. Cuando esta huida se intensifica, la liquidez creada por la emisión, se canaliza rápidamente a la compra de bienes durables o semidurables, o a las divisas. El motor de la huida es la percepción de una alta inflación, y particularmente del ritmo de aumento de la cotización del dólar. La rapidez por desprenderse del dinero presiona sobre los precios y acelera la inflación haciendo crecer el Producto Bruto nominal (no el real) más rápido que la cantidad de dinero. En junio de 1989, en plena hiperinflación el M1 (circulante más depósitos a la vista) cayó a sólo el 1,5% del PBI. Toda la masa del M1 rotaba cada 3,9 días. En un país con moneda estable esa relación es del orden del 60% y el M1 rota cada 160 días. Actualmente en la Argentina es de 13%, el M1 rota cada 34 días, y estos parámetros no han cambiado sensiblemente en los últimos cuatro años. No hay por lo tanto todavía un proceso claro de ‘huida del dinero‘. Tendrá que verse que ocurre frente al despegue más acelerado del dólar paralelo.
El Plan Austral intentó detener la inflación creando una nueva moneda y prometiendo que no se emitiría para financiar al Tesoro. La inercia inflacionaria trató de cortarse con el desagio y con el congelamiento de precios y salarios. Finalmente fracasó ante un cuantioso déficit fiscal no corregido y la imposibilidad de financiarlo con recursos genuinos. Sólo logró aumentarse la presión de la olla hasta que se destapó por la propia acción no controlable de la gente. No se trata hoy de repetir la experiencia inventando el peso Federal y acentuando la intervención estatal, sino de actuar sobre las causas estructurales del desequilibrio fiscal, liberando y normalizando el sistema de precios en el marco de una economía abierta y competitiva, y con plena seguridad jurídica.

 

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