Rodolfo Walsh: “No hay putas como las de La Habana”

Un relato del desaparecido periodista y escritor sobre una de sus noches en la capital cubana a principios de los 60. Este 9/1 es el aniversario de su nacimiento

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Rodolfo Walsh.

CIUDAD DE BUENOS AIRES (Urgente24). Rodolfo Walsh fue un periodista y militante político, autor, entre otras obras, de la célebre investigación ‘Operación Masacre’, sobre los fusilamientos de José León Suárez de 1956.

Se lo recuerda además por su ‘Carta Abierta de un Escritor a la Junta Militar’.

Walsh, quien perteneció a la organización armada Montoneros, engrosa la larga lista de Desaparecidos durante la última dictadura.

Este lunes 9/1 se conmemora el 85º aniversario de su nacimiento.

A continuación reproducimos un extracto de un relato publicado en la compilación ‘Rodolfo Walsh – Ese hombre y otros papeles’ (Ediciones de la Flor, 1995), una anecdota sobre su “última noche” en La Habana, Cuba, en el año 1961.

“Mi última noche en La Habana fue misteriosa. Me sobraban cincuenta pesos y me puse a pensar en Ziomara con su cintura tan fina y su rostro oscuro hierático, su cuerpo era espléndido, largas piernas africanas y caderas hechas para moverse incansablemente. Solamente sus pechos eran blandos. No hay putas como las de La Habana, el último esplendor de un mundo que se cae. Casi todas son suaves y calladas y parecen comprender, son tristes pero saben sonreírse desde adentro. Por lo menos Ziomara sabía. Usan falsos nombres espléndidos, Ziomara, Estrella. […]

Fui al Music-Box y no la encontré, como no la había encontrado las 3 veces anteriores, cuando tuve que salir con María y con Reina. Al salir, una discutía con un borracho, pero su voz me alcanzó cuando me iba, ven acá por qué te vas. Le pregunté por Ziomara, dijo que tal vez estaba al lado. No estaba. Al volver, el borracho se había ido pero ella estaba y la invité a tomar un trago. Se llamaba Estrella, Zoila Estrella, aclaró ante mis dudas. Tenía 16 años y era muy bonita. Pidió un vermú. Estaba resfriada, dijo que era una sinusitis y que tenía que operarse pero no lo haría, porque tenía miedo a la operaciones y además tomaba no sé qué cosa.[…]

A mi no me gusta esto , dijo, pero tengo que hacerlo, porque si no tendría que vivir con mi madre, y no puedo hacerlo porque ella trabaja de criada. “¿Y tus hermanos?” Ellos no me dan nada, me piden. Tenía 6 hermanos. Yo he leído estas cosas, pero igual era espantoso, y tenía muchas ganas de acostarme con ella. “El Miusic ya no es lo mismo, desde que lo reformaron”, dijo. “Estuve en el Apache y después volví aquí, pero no es lo mismo”. En efecto, no era lo mismo. Había olor a pis -lo noté por primera vez- y sólo dos o tres mujeres más, una de ellas borracha.

“Que nota tiene”, dijo Estrella, y se reía con Sergio. Le pregunté si quería salir conmigo y dijo “Si usted quiere”, dijo. “Tengo que pagar la salida”. Le di diez pesos. “Sergio, mi cartera”. Sergio le cuchicheó algo al oído. No reparé en las miradas porque siempre era igual, uno salía y los demás se daban vuelta para mirar.[…]

Soy la Estrella dijo que prefería el Ariete, no el Rex, usted sabe, una se acostumbra. El sereno soñoliento cobró los dos quince, por un rato. Entonces estabamos en la pieza, qué linda cara. Por favor, no me apriete la cintura, estoy de siete meses.

Yo no me había fijado en el saco de cuero con que se tapaba. Le dije, pobrecita, eres valiente, pero debo haber cambiado de cara. Tenía el vientre abultado. Hay pensamientos de placer en la maldad, coger a una niña embarazada de 16 años, empujar hasta el fondo y sentirse un maldito, que se joda, jodámonos todos. Pero “usted es un hombre de conciencia”, me dijo bastante más tarde cuando ya estabamos en la calle.

Cerraba los ojos y no esperaba nada. Creo que yo hubiera podido, al principio. Hasta que la acaricié entre las piernas (ella me tocaba suavemente el cuello, rítmicamente, con los ojos cerrados) y sentí esa humedad, ese horror, y las asociaciones, el chico que se movía y pateaba en el vientre de Elina, qué hay detrás. Entonces el pito, perdón, se me encogió como un pequeño telecopio y quedó a un costado, blandito y sin vida. Pero después nuevamente hubiera podido, porque ella olía bien, y tenía un perfil tan nítido y puro del hombro, y unos dedos tan suaves, y la cara dormida, pero no decía nada, no decía dame la lechita ay papi ay dámela, como decía Carmita en cuatro patas sobre mi, con ese animal extasiamiento. Y le dije: ¿Estás segura que no te hará mal?. Y me dijo: No, no estoy segura, y ahí se acabó todo. Me cobré los diez pesos retándola, suavemente, como corresponde a un señor. Le dije que se podían morir, ella y el chico. Pero, dijo, tengo que comprarle una canastilla. Nos vestimos tan rápidamente, yo le daba consejos, tienes que ir a la Fundación de Mujeres, tienen que atenderte, no puedes seguir con esto, te pones en peligro, comprometes al hombre que se acuesta contigo -eso no, dijo con orgullo-, y era un objeto de horror.

En la esquina le dije: “Si pudiera ayudarte, te ayudaría, pero no puedo darte más que un consejo, no hagas más esto”.

“Usted es un hombre de conciencia”, dijo, y me puso la mano en alguna parte del brazo y se fue, objeto de horror. Después fui a la ruleta, y por primera vez gané veinte pesos -con lo que recuperé lo gastado esa última, misteriosa noche en La Habana- y se los regalé a Pupé, mi esposa, (“¿Flores para su esposa?”) para que se comprar un prendedor.

Otro día hablaré más de esto.”

 

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