La cárcel de la vergüenza

periodismohumano

José Luis Sanz/ Fotos: Pau Coll

A los sectores 2 y 3 del penal de Mariona se accede por un pasillo interior protegido por alambre razor y desde hace unos meses controlado con cámaras de vigilancia.

El penal La Esperanza, en Mariona, es el símbolo histórico de las carencias y riesgos del sistema penitenciario de El Salvador. El hacinamiento no solo hace que sus 5.000 internos soporten condiciones de vida medievales, sino que impide a las autoridades ejercer un control real sobre lo que sucede dentro de sus muros. Por eso en ese agujero gobierna algo más poderoso que el Estado: La Raza.

Al penal La Esperanza se entra por la biblioteca. Un oscuro patio de columnas, encharcado y maloliente, que tiene al fondo las puertas oxidadas de dos celdas gemelas, sin estantes, libros ni bibliotecario, literalmente atestadas de hombres sin camisa sentados en el suelo. Un pasillo lateral conduce al núcleo central de la cárcel, que se divide en sectores separados por muros, pasillos laberínticos y puertas enrejadas. El ligero olor a detergente no logra ocultar otro, más denso, a alcantarilla. Todo el penal huele, siempre, día y noche, a tierra, basura y años de humedad. No importa las veces que se desinfecten los suelos ni cuánto froten los reos con agua enjabonada las baldosas rotas o los muros de hormigón; el aliento del penal La Esperanza, al que todos llaman Mariona por el cantón San Luis Mariona, del municipio de Ayutuxtepeque, en el que está clavado, apesta a abandono.

Son las 8 p.m. Por la noche, cuando ni el sol ni el ruido confunden los sentidos, los olores de la cárcel son más agudos y perceptibles. Sobre todo en la biblioteca, la antigua biblioteca convertida desde 1996 en módulo de aislamiento.

Atravieso el patio encharcado tratando de no pisar esas bolsas de plástico rellenas que hay esparcidas por el suelo y me acerco a una de las celdas. La de la derecha. Los presos sentados más cerca de los barrotes me devuelven el saludo con timidez o desinterés, pero al saber que soy periodista me escanean con la mirada y se convierten rápidamente en un coro de personas volcadas sobre una reja que denuncian lo evidente: que viven en condiciones medievales.

Se quejan de la falta de agua y sol, de la humedad que lo penetra todo, de la comida insuficiente y de la lenta atención médica, de los ratones y cucarachas, de la falta de camas. Me muestran los cartones sobre los que casi todos duermen en el suelo, porque en la celda solo hay una hamaca y un camarote con dos colchones. Algunos aprovechan para revelar supuestas injusticias en su condena o para reclamar mejor atención médica. Otros me preguntan a qué equipo de fútbol apoyo. Los que en la esquina derecha ocupan el solitario camarote, callan. Son los veteranos que saben que, en un sistema penitenciario como el salvadoreño, con 25 mil reos en 19 cárceles que solo tienen camas para 8 mil, pedir a un periodista que te cambie la vida es como echar una moneda en una fuente.

Separado de él por la puerta enrejada, escucho la historia de Douglas, un joven nicaragüense de 25 años que ya ha pasado por cuatro cárceles en El Salvador y que está en aislamiento -si a estar con otras 22 personas en una celda se le puede llamar aislamiento- porque reos de otro sector de la cárcel, el 3, le robaron la ropa y los zapatos hace un mes y le amenazaron con matarlo si les denunciaba. Les denunció, y por eso las autoridades lo esconden en una celda de la biblioteca.

Al cabo de un rato agachado tomando notas, las piernas se me duermen y me levanto para estirarlas. De inmediato se pega a mi rostro una máscara asfixiante de sudor, orina y calor. Son los olores que despiden los 23 cuerpos apiñados en esta caja de tres por cuatro metros. Me mareo. Apenas estoy a un metro y medio de altura, pero los gases buscan el techo y me hacen difícil respirar. Me avergüenza, pero siento náuseas.

Antes de volver a agacharme en busca de oxígeno, entre los barrotes veo a un hombre que se acerca a la pared del fondo y orina en un ancho tubo de plástico hecho con botellas vacías encajadas unas en otras. El artilugio da a un pequeño sumidero en el suelo. Permite a los presos orinar de pie y evita más suciedad.

En la otra celda no hay sumidero, ni artilugio. A un metro de distancia, a mi izquierda, un preso saca un brazo por la puerta, agarra una botella de plástico del suelo, la destapa, se apoya contra los barrotes, saca el pene de su pantalón corto y, con pericia aprendida, orina en la botella. Al terminar, la tapa y la deja de nuevo en el suelo, con las otras. 20 botellas con orines de diferentes tonos de amarillo cercan por fuera la puerta de la celda. La misma puerta enrejada en la que tres veces al día les entregan la comida.

Por ser celdas para reos problemáticos o amenazados de muerte por otros internos, los hombres de la biblioteca solo tienen derecho a salir al patio 10 minutos por la mañana y 10 minutos por la tarde. Justo antes del desencierro de las 6 a.m. y poco después del encierro de las 6 p.m., para no coincidir con los demás. 20 hombres encerrados día y noche sin urinario.

—¿Y dónde cagan? —pregunto.

—Uno trata de educar el vientre para ir al baño en los ratos que nos dejan salir —dice Douglas.

—¿Y si no?

—Si no, como en esta celda no hay letrina, cagás en una bolsa y la tirás al patio.

Ahora sé qué hay en las bolsas plásticas del patio encharcado.

Los hombres de la otra celda reclaman mi atención. Piden contar también su historia. Bromean. Unos desean que hable con el gobierno para que les saque de aquí; otros que les consiga una chica. Cuando al cabo de un rato me despido de todos ellos y me alejo, vuelven poco a poco al silencio y a dejar caer los minutos a la espera de una razón para dormir. La cárcel más grande de El Salvador, La Esperanza, Mariona -o Miami, como la llaman a veces sus 5 mil internos-, en teoría está en letargo desde hace más de dos horas.

* * *

El despacho del comandante Mundo es rudimentario y limpio. No tiene recuerdos ni fotos familiares. Parece el lugar de trabajo de alguien que está de paso, o que está acostumbrado a la austeridad. Tal vez sean las dos cosas. Por un lado, Mundo fue militar; por otro, el empleo de subdirector de seguridad de Mariona -un penal con largo historial de sangre- no es un trabajo para toda la vida.

Cuando, meses atrás, me presenté en este despacho con un permiso especial de la Dirección General de Centros Penales y del director de Mariona para visitar periódicamente la cárcel durante la noche, Mundo -diminutivo de Edmundo- se mostró extrañado. La cárcel no suele tener más visitas que las de los familiares y abogados de los presos. Además, por las noches aquí, supongo que pensó, todo duerme y no hay mucho que ver.(cont)

Nota completa,fotos y videos:

http://salanegra.periodismohumano.com/2012/03/16/la-carcel-de-la-verguenza/

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