La masacre de Chicago, el origen del Día del Trabajador

 

Realmente no es de extrañar que Estados Unidos no celebre esta conmemoración, debido a que nunca ha reconocido aeste día como un acto reivindicativo  ESPECIAL.- Un puñado de trabajadores de tendencia socialista en contra de una federación sindical parecida a la CTV venezolana actual, y en una lucha abierta con los empleadores de 1886, levantaron un aspaviento que si bien terminó costándoles la vida, pasó a la historia como un acto reivindicativo eterno. El Día del trabajador El establecimiento de este día fue un acuerdo del Congreso Obrero Socialista de la Segunda Internacional, celebrado en París en 1889, para darle sentido de lucha reivindicativa y de homenaje a los Mártires deChicago. Ellos fueron ejecutados a mansalva en Estados Unidos por su participación en las jornadas de lucha, que tuvieron su origen en la huelga iniciada el 1 de mayo de 1886 y su punto álgido tres días más tarde, el 4 de mayo, en la Revuelta de Haymarket. Estados Unidos de espaldas al día del trabajador Realmente no es de extrañar que Estados Unidos no celebre esta conmemoración, debido a que nunca ha reconocido a este día como un acto reivindicativo, y a los mártires de Chicago, como tales. En su lugar se le exige a la población celebrar el “Labor Day”, el primer lunes de septiembre desde 1882 en un desfile realizado en Nueva York, y organizado por la Noble Orden de los Caballeros del Trabajo. Casualmente la central obrera de derecha que le dio la espalda a la protesta en 1886. La central auspició la celebración en septiembre por temor a que la fecha de mayo reforzase el movimiento socialista en los Estados Unidos. Los sucesos de 1886 La mayoría de los obreros estaban afiliados a la Noble Orden de los Caballeros del Trabajo, pero tenía más preponderancia la “American Federation of Labor”, inicialmente socialista y posteriormente empapada de ideas anárquicas. En su cuarto congreso, realizado el 17 de octubre de 1884, ésta había resuelto que desde el 1 de mayo de 1886 la duración legal de la jornada de trabajo debería ser de ocho horas, yéndose a la huelga si no se obtenía esta reivindicación y recomendándose a todas las uniones sindicales que tratasen de hacer promulgar leyes en ese sentido en sus jurisdicciones. Esta resolución despertó el interés de las organizaciones, que veían la posibilidad de obtener mayor cantidad de puestos de trabajo con la jornada de ocho horas, reduciendo el paro. Era una verdadera revolución en Estados Unidos, los conservadores reformistas no admitían la idea de trabajar menos de 14 horas, ya que la creencia y filosofía en que fueron formados hacían del trabajo un mandato divino, por ende la reducción de la jornada significaba un reto hasta para sus creencias. En 1886, el presidente de la central socialista, Andrew Johnson, promulgó la llamada Ley Ingersoll, estableciendo la jornada de ocho horas. Al poco tiempo, diecinueve estados sancionaron leyes con jornadas máximas de ocho y diez horas. La prensa calificaba el movimiento como “indignante e irrespetuoso”, “delirio de lunáticos poco patriotas”, y manifestando que era “lo mismo que pedir que se pague un salario sin cumplir ninguna hora de trabajo”, obviamente la prensa estaba en manos de los mismos patronos. La “Noble Orden de los Caballeros del Trabajo” remitió una circular a todas las organizaciones adheridas donde manifestaba: “Ningún trabajador adherido a esta central debe hacer huelga el 1° de mayo ya que no hemos dado ninguna orden al respecto”. Este comunicado fue rechazado de plano por todos los trabajadores de EE.UU. y Canadá, quienes repudiaron a los dirigentes de la Noble Orden por traidores al movimiento obrero. El primero de mayo de 1886, 200.000 trabajadores iniciaron la huelga mientras que otros 200.000 obtenían esa conquista con la simple amenaza de paro. En Chicago donde las condiciones de los trabajadores eran mucho peor que en otras ciudades del país las movilizaciones siguieron los días 2 y 3 de mayo. La única fábrica que trabajaba era la fábrica de maquinaria agrícola McCormik, la misma dedicada ahora a condimentos, que estaba en huelga desde el 16 de febrero porque querían descontar a los obreros una cantidad para la construcción de una iglesia. El día 2, la policía había disuelto violentamente una manifestación de más de 50.000 personas y el día 3 se celebraba una concentración en frente de sus puertas, cuando estaba en la tribuna el anarquista August Spies sonó la sirena de salida de un turno de “rompehuelgas”. Los concentrados se lanzaron sobre los “mercenarios rompehuelgas” y comenzando una pelea campal. Una compañía de policías, sin aviso alguno, procedió a disparar a quemarropa sobre la gente produciendo 6 muertos y varias decenas de heridos. La lucha no descansa A 125 años de este acontecimiento los trabajadores del Mundo se mantienen en pie de lucha, algunos como en el caso venezolano, para defender los procesos que han comenzado en la última década y que tienden a mejorar sus condiciones, brindarles un trato justo y digno para garantizar sus derechos. En otras partes del Planeta los actos del día de hoy tienen un carácter de protesta y malestar por la actitud de algunos Gobiernos, en muchos casos cómplices de la violación de los derechos laborales, en otros, por su actitud displicente frente a la violación de empleadores públicos o privados. Fuente:http://www.elintransigente.com

Adjunto otra publicacion que un usuario del blog ,tan gentilmente a contribuido con esta historia. http://zunzundabaparalalibertad.blogspot.com.ar/2008/02/el-proceso-de-los-siete-anarquistas-de.html 

El proceso de los siete anarquistas de Chicago, José Martí, Nueva York 2 de Septiembre de 1886.

Señor Director de La Nación:

Aquellos anarquistas que en la huelga de la primavera lanzaron sobre los policías de Chicago una bomba que mató a siete de ellos, y huyeron luego a casa donde fabrican sus aparatos mortíferos, a los túneles donde enseñan a sus afiliados a manejar las armas, y a untar de ácido prúsico, para que maten más seguramente, los puñales de hoja acanalada; aquellos que construyeron la bomba, que convocaron a los trabajadores a las armas, que llevaron cargado el proyectil a la junta pública, que exitaron a la matanza y el saqueo, que acercaron el fósforo encendido a la mecha de la bomba, que la arrojaron con sus manos sobre los policías, y sacaron luego a la ventana de su imprenta una bandera roja, aquellos siete alemanes, meras bocas por donde ha venido a vaciarse sobre América el odio febril acumulado durante siglos europeos en la gente obrera; aquellos míseros, incapaces de llevar sobre su razón floja el peso peligroso y enorme de la justicia, que en sus horas de ira enciende siempre a la vez, según la fuerza de las ramas en que arraiga, apóstoles y criminales; aquellos han sido condenados, en Chicago, a muerte en la horca.

Tres de ellos ni entendían siquiera la lengua en que los condenaban. El que hizo la bomba, no llevaba más que unos nueve meses de pisar esta tierra que quería ver en ruinas.

Uno solo de los siete, casado con una mulata que no llora, es norteamericano, y hermano de un general de ejército: los demás han traído de Alemania cargado el pecho de odio.

Desde que llegaron, se pusieron a preparar la manera mejor de destruir. Reunían pequeñas sumas de dinero; alquilaban casas para hacer experimentos; rellenaban defulmicoton trozos pequeños de cañerías de gas: iban de noche con sus novias y mujeres por los lugares abandonados de la costa a ver cómo volaban los cascos de barco; imprimían libros en que se enseña la manera fácil de hacer en la casa propia los proyectiles de matar: se atraían con sus discursos ardientes la voluntad de los miembros más malignos, adoloridos y obtusos de los gremios de los trabajadores: “pudrían -dice el abogado- como el vómito del buitre, todo aquello a que alcanzaba su sombra”.

Aconsejaban los bárbaros remedios imaginados en los países donde los que padecen no tienen palabra ni voto, aquí, donde el más infeliz tiene en la boca la palabra libre que denuncia la maldad, y en la mano el voto que hace la ley que ha de volcarla: al favor de su lengua extranjera, y de las leyes mismas que desatendían ciegamente, llegaron a tener masas de afiliados en las ciudades que emplean mucha gente alemana: en Nueva York, en Milwaukee, en Chicago.

En libros, diarios y juntas adelantaban en organización armada y predicaban una guerra de incendio y de exterminio contra la riqueza y los que la poseen y defienden, contra las leyes y los que las mantienen en vigor. Se les dejaba hablar, aun cuando hay leyes que lo estorban, para que no pudieran prosperar so color de martiriro, ideas de cuna extraña, nacidas de una presión que aquí no existe en la forma violenta y agresiva que del otro lado del mar las ha engendrado.

Prendieron estas ideas lóbregas en los espírutus menos racionales y más dispuestos por su naturaleza a la destrucción; y cuando al fin, como enseña de este fuego subterráneo, saltó encendida por el aire la bomba de Chicago, se vio que la clemencia equivocada había permitido el desarrollo de una cría de asesinos.

Todo esto se ha probado en el proceso. Ellos que, salvo el norteamericano, tiemblan hoy, pálidos como la cal, de ver cerca la muerte, manejan en calma los instrumentos más alevosos que han sugerido nunca al hombre la justicia o la venganza.

No fue que rechazasen en una hora de ira el ataque violento de la policía armada: fue que, de meses atrás, tenían fábricas de bombas, y andaban con ellas en los bolsillos “en espera del buen momento”, y atisbaban el paso a los grupos de huelguistas para enardecerles con sus discursos la sangre, y tenían concertado un alzamiento en que se echasen sobre la ciudad de Chicago a una hora fija las carretadas de bombas ocultas en las casas y escondites donde los mismos, que ayudaron a hacerlas las descubrieron la policía.

No embellece esta vez una idea el crimen.

Sua artículos y discursos no tienen aquel calor de humanidad que revela a los apóstoles cansados, a las víctimas que ya no pueden con el peso del tormento y en una hora de majestad infernal la echan por tierra, a los espíritus de amor activo nacidos fatalmente para sentir en sus mejillas la vergüenza humana, y verter su sangre por aliviarla sin miramiento del bien propio.

No: todas las grandes ideas de reforma se condesan en apóstoles y se petrifican en crímenes, según en su llameante curso prendan en almas de amor o en almas destructivas. Andan por la vida las dos fuerzas, lo mismo en el seno de los hombres que en el de la atmósfera y en el de la tierra. Unos están empeñados en edificar y levantar: otros nacen para abatir y destruir. Las corrientes de los tiempos dan a la vez sobre unos y otros; y así sucede que las mismas ideas que en lo que tienen de razón se llevan toda la voluntad por su justicia, engendran en las almas dañinas o confusas, con lo que tienen de pasión estados de odio que se enajenan la voluntad por su violencia.

Así se explica que los trabajadores mismos temblaron al ver qué delitos se criaban a su sombra; y como de vestidos de llamas se desasieron de esta mala compañía, y protestaron ante la nación que ni los más adelantados socialistas protegían ni excusaban el asesinato y el incendio a ciegas como modos de conquistar un derecho que no puede ser saludable ni fructífero si se logra por medio del crímen, innecesario en un país de república, donde puede lograrse sin sangre por medio de la ley.

Así se explica cómo hoy mismo, cuando los diarios fijaron en sus tablillas de anuncio el veredicto del jurado, no se oía una sola protesta entre los que se acercaban ansiosamente a leer la noticia.

¡Ay! ¡aquí los corazones no son generalmente sensibles! ¡aquí no hace temblar la idea de un hombre muerto por el verdugo a mano fría! ¡aquí se habitúa el alma al egoísmo y la dureza! pero se suele ver, como en los días de la agonía de Garfield, el corazón público, -se suele sentir, como en los días del abolicionista Wendell Phillips, la pujanza con que se revela la conciencia nacional contra la injusticia o el crimen,- se ve crecer en un instante, como en los días de las huelgas de carros, la ira de la clase obrera cuando se cree injuriada en su decoro o su derecho.

Y esta vez, ni un solo gremio de trabajadores en toda la nación ha mostrado simpatía, ni cuando el proceso, ni cuando el veredicto, con los que mueren por delitos cometidos en su nombre.

Y es porque esos míseros, dándose a sí propios como excusa de su necesidad de destrucción las agonías de la gente pobre, no pertenecen directamente a ella, ni están por ella autorizasos, ni trabajan en construir, como trabaja ella; sino que son hombres de espíritu enfermizo o maleado por el odio, empujados unos por el apetito de arrasar que se abre paso con pretexto público en todas las conmociones populares, pervertidos otros por el ansia dañida de la notoriedad o provechos fáciles de alcanzar en las revueltas,-y otros, ¡los menos culpables, los más desdichados!, endurecidos, condensados en crimen, por la herencia acumulada del trabajo cervil y la cólera sorda de las generaciones esclavas.

Aquí, a favor de la gran libertad legal, de lo fácil del escape en esta población enorme, de la indulgencia que envalentonó la propaganda anarquista, se reunieron naturalmente para su obra de exterminio esos elementos fieros de todo sacudiemiento público: los fanáticos, los destructores y los charlatanes. Los ignorantes los siguieron. Los trabajadores cultos se retrajeron de ellos con abominación. Los obreros norteamericanos miraron como extraños a esos medios y hombres nacidos en países cuya organización despótica da mayor gravedad y color distinto a los mismos males que aquí los hábitos de libertad hacen llevaderos.
El silencio amparó la obra siniestra.
Y cuando llegaron para Chicago las horas de inquietud que en su justa revuelta por su mejoramiento está causando en todo el país la gente obrera, saltaron a su cabeza los hombres tenebrosos, vociferando, ondeando pañuelos rojos, azuzando a los desesperados, echando al aire la bomba encendida.
Saltaron en pedazos los hombres rotos: murieron miembro a miembro desesperados en los hospitales: repudió toda la gente de trabajo a los que a sangre fría mataban en su nombre. Y hoy, cuando se anuncia el veredicto que los condena a muerte, se siente que en esta masa de millones hay todavía rincones vivos donde se hacen bombas, se reúnen en Nueva York dos mil alemanes a condolerse de los sentenciados, se sabe que no han cesado en Chicago, ni en Milwaukee, ni en Nueva York los trabajos bárbaros de estos vengadores ciegos; pero las grandes masas no han alzado la mano contra el veredicto, ni el curioso indiferente que se acerca hoy a las tablillas de los diarios hubiera podido oír a un solo trabajador ni comerciante, ni una palabra de condenación o de ira contra el acuerdo del jurado.
Porque entre otras cosas, los peligros mismos que, a la raíz del proceso, corría el jurado, venían siendo garantía de que él no daría veredicto de muerte contra los anarquistas, a tener la menor posibilidad de evitarse así una inquietud para la conciencia y un riesgo para sus vidas. Si la evidencia no era absoluta, el jurado se aprovecharía de ello para no incurrir en la ira de los anarquistas.
Ya se sabe que el jurado aquí, como en todas partes, no es como los jueces, que viven de la justicia y pueden afrontar los peligros que les vengan de ejercerla con protección y paga del orden social que los necesita para su mantenimiento.
Estos doce jurados, traídos muy contra su voluntad a juzgar a los jefes de una asociación numerosa de hombres que creen glorioso el crimen, y criminales a todos los que se oponen, habían de temer con razón que los anrquistas enfurecidos por la sentencia de sus jefes, llevasen a cabo las amenazas que esparcían abundantemente, mientras se estaba eligiendo el jurado.
Treinta y seis días tardó el jurado en formarse. Novecientos ochenta y un jurado hubo que examinar para poder reunir doce.
Reunidos al fin, siguió por todo un mes la sombría vista.
De noche reposaban los jurados en sus cuartos en el hotel, vigilados por los alguaciles que debían librarles de toda comunicación o amenaza: deliberaban: comentaban los sucesos del día: iban concentrando el juicio: se distraín tocando piano, banjo y violín. De día eran las sorpresas.
Ya era el norteamericano Parsons, a quien la policía no podía hallar, y se presentó de súbito en la sala del proceso, desaseado, barbón, duro, arrogante: ya era que iban perdiendo su seguridad aparente los presos, conforme el fiscal público presentaba en el banquillo como testigos a los cómplices mismos de los anarquistas, al regente de la impenta del periódico que incitaba a la matanza, al dueño de la casa donde el recién llegado alemán hacía las bombas.
Una joven repartía un día a los presos ramilletes de flores encarnadas. La madre del periodista Spies oía día a día las declaraciones contra su hijo. El fiscal presentó en su propia mano una bomba cargada, de las que se hallaron en un escondite, fabricadas por uno de los presos, con ayuda del cómplice que lo denunciaba desde el banquillo.
Cada día se veían crecer las alas de la muerte, y se sentían más aquellos infelices bajo su sombra.
Todo se fue probando: la premeditación, la manufactura de los proyectiles, la conspiración, las excitaciones al incendio y el asesinato, la publicción de claves en el diario con este fin, el tono criminal de los discursos en la junta de Haymarket, la preparación y lanzamiento de la bomba desde la carreta de los oradores.
Estaba entre los preso el que la había hecho, ésa y cien más.
Los restos de la bomba eran iguales a los que los cómplices de los presos entregaron en la policía, y a las que tenía el periodista en su imprenta y enseñaba como hazaña.
Los testigos de la defensa se contradijeron y dejaron en pie la acusación. Los testigos de la acusación eran amigos, compañeros, empleados, cómplices de los presos.
Sin miedo hablaron el fiscal y su abogado. Sin fortuna ni solidez hablaron los defensores. El juez dijo al jurado en sus indicaciones que el que incita a cometer un delito y a preparlo es tan culpable de él como el que lo comete.
Anonadaba tanta prueba. Estremecía lo que se había oído y visto. Trascendía al tribunal el espanto público.
El jurado deliberó poco, y a la mañana siguiente los presos fueron llamados a oír el veredicto.
¡Pobres mujeres! La viejecita Spies, la madre del periodista, estaba en un rincón, mirando como quien no quiere ver. Allí su hermana joven. Allí la novia lozana de uno de los presos. Allí la mujer de Schwab, desdichada y seca criatura, el cuerpo como roído, de rostro térreo y manos angulosas, extraña en el vestir, los ojos vagos y ansiosos, como de quien viviese en compañía de un duende: Schwab es así: desgarbado, repulsivo, de funesta apariencia; la mirada caída bajo los espejuelos, la barba silvestre, el pelo en rebeldía, la frente no sin luz, el conjunto como de criatura subterránea.
Allí la mulata de Parsons, implacable e inteligente como él que no pestañea en los mayores aprietos, que habla con feroz energía en las juntas públicas, que no se desmaya como las demás, que no mueve un músculo del rostro cuando oye la sentencia fiera. Los noticieros de los diarios se le acercan, más para tener qué decir que para consolarla. Ella aprieta el rostro contra su puño cerrado.
No mira; no responde; se le nota en el puño un temblor creciente; se pone en pie de súbito, aparta con ademán a los que la rodean, y va a hablar de la apelación con su cuñado.
La viejecita ha caído en tierra. A la novia infeliz se la llevan en brazos. Parson se entretenía mientras leían el veredicto en imitar con los cordones de una cortina que tenía cerca el nudo de la horca, y en echarlo por fuera de la ventana, para que lo viese la muchedumbre de la plaza.
En la plaza, llena desde el alba de tantos policías como concurrentes, hubo gran conmoción cuando se vio salir al tribunal, como si fuera montado en un relámpago, al cronista de un diario,-el primero de todos. Volaba. Pedía por merced que no lo detuviesen. Saltó al carruaje que lo estaba esperando.
– “¿ Cuál es, cuál es el veredicto ?”-voceaban por todas partes.-“¡Culpables!”-dijo, ya en marcha. Un hurra, ¡triste hurra!, llenó la plaza. Y cuando salió el juez, lo saludaron.

Publicado en La Nación, Buenos Aires, 21 de octubre de 1886.
Tomo XI pp. 53-61

16 comentarios en “La masacre de Chicago, el origen del Día del Trabajador

  1. Por eso yo tampoco lo festejo ni felicito a nadie, para mí es un día comuñanga, la mayoría de la gente no conoce el motivo que dió origen a esta celebración.

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    1. Klari yo tampoco lo festejo ,pero muchas personas no tienen la menor idea de porque se conmemora.
      De todos modos los actores de esta masacre distan mucho de los sindicalistas ,que en vez de buscar mejoras a la clase obrera sin ningun tipo de partidismo y sobretodode la CAJA.

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  2. todo comienza en 1886 EE.UU. y termina en 1917 en Rusia……..y de molestos y enojados un loco quiso en 1941 recuperar lo perdido y en 1945 estaban de nuevo en el suelo….

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  3. NO ERAN SOCIALISTAS, ERAN ANARQUISTASSSS ALEMANES E IRLANDESES, COMO LOS ITALIANOS SACCO Y VANZETTI…….NO LLEVEN AGUAS A LOS MOLINOS QUE NO CORRESPONDENNNNNN

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    1. El origen no importa cuando la causa es justa.O es q pretender descargar a los trabajadores de horas de trabajo para compartir con sus familias,era anarquismo?O es q pagarle lo justo al trabajador es anarquismo,ernestina mira como caminas q t veo mal.

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  4. Adri,

    Mirando en tu blog las entradas mas populares, me encontré esta sobre el Primero de Mayo.
    Aquí todo esta tergiversado y, lamentablemente no la vi hace dos o tres semanas, se nota desde la distancia la tendencia a deformar la verdad con intereses ideologicos. Y quien escribe esta historia solo sabe lo que le dijeron y no se preocupó por averiguar la verdad, algo que siempre debemos hacer cuando estamos frente a historias que pueden ser manipuladas o deformadas por intereses ideológicos. O tal vez se preocupó, y llego a saber la verdad, pero también forma parte de un proyecto perverso.
    Desde hace mucho tiempo los comunistas, que se adueñan de la representacion de los obreros (porque siempre serán la mayoría) sostienen su propaganda de que los hechos de Chicago fue una lucha por reivindicaciones y beneficios para los trabajadores buscando el apoyo de éstos para después, si logran llegar al poder, vivir de la verdadera explotación que los comunistas hacen de las masas trabajadoras a las cuales desangran indiscriminadamente despojándolas de todos, absolutamente todos, sus derechos.

    La historia real.
    Es cierto que todo ocurre durante manifestaciones obreras que reclaman la jornada de ocho horas y tal vez algo más. Manifestaciones que nunca habrían llegado a la violencia sangrienta.
    Pero los enjuiciados por la ley no eran obreros, sino anarquistas venidos de Europa con el fin de promover la violencia y las ideas socialistas a la vez que, si se producían manifestaciones, aprovechar estas protestas obreras para provocar incidentes sangrientos y culpar de ello a las autoridades.
    La eterna y bien conocida táctica de los comunistas y sus objetivos propagandísticos.

    Con el paso del tiempo, todas las historias se van deformando con la aplicación de criterios de distintos analistas y la siempre efectiva propaganda de aquellos interesados en manipular a su favor todo cuanto pueda reportar algun beneficio a sus proyectos.

    Ante este aspecto, que nos dice que todo es manipulable y, por lo tanto, debemos recibirlo con reservas o aplicarle algunas dudas a las afirmaciones categóricas, lo mejor que podemos hacer es dirigirnos a aquellos testigos presenciales que pudieran haber dejado escritas sus versiones, dignas de todo crédito, teniendo nosotros en cuenta la credibilidad ampliamente demostrada de ese testigo presencial.
    REpito que debemos tener presente a Goebbels y su criterio de que una mentira repetida mil veces se convierte en verdad y yo le agrego: más aún si en lugar de una mentira es una verdad manipulada.

    Vayamos a un testigo presencial.
    Hubo un cubano ilustre, DE QUIEN JAMAS SE HA ENCONTRADO UNA MENTIRA ESCRITA EN TODA SU OBRA, que fue testigo presencial de todo ese proceso y lo reportó para el Diario Argentino La Nación, de Buenos Aires, del cual era corresponsal en Norteamérica en aquellos tiempos.
    Alguien muy diferente a los comunistas, de los cuales NUNCA SE HA ENCONTRADO UNA VERDAD EN TODO LO QUE HAN ESCRITO.

    Ese cubano ilustre se llamó José Martí y Pérez. Nuestro Apóstol y el cubano mas grande de todos los tiempos pasados, presentes y futuros.

    En su artículo publicado en el diario La Nación, titulado “Proceso a Sietre Anarquistas de Chicago”, José Martí relata todos los hechos, los participantes, quienes eran, de donde venían e incluso, como hombre de gran sensibilidd humana observa y reseña aspectos sicológicos de estos energúmenos asesinos.
    Les daré un link donde pueden leer ese artículo completo, pero hay muchos sitios en internet donde está el mismo, bien sea sitios cubanos oficialistas o de cubanos que andamos por el mundo.

    http://zunzundabaparalalibertad.blogspot.com/2008/02/el-proceso-de-los-siete-anarquistas-de.html

    Aqui está la verdadera historia de lo que sucedió en Chicago y quienes eran los protagonistas y el por que no se celebrará jamás en Estados Unidos esa fecha como día de los trabajadores.

    Un abrazo patriótico y cubanísimo a todos.
    Simón José Martí Bolívar.

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    1. Jonathan,
      Tu pregunta está respondida en el link que pongo en mi comentario anterior.

      Te lo repito:
      http://zunzundabaparalalibertad.blogspot.com/2008/02/el-proceso-de-los-siete-anarquistas-de.html

      Ahi tienes el relato de lo que sucedió, quienes eran y como hacían las cosas, reportado para el Diario La Nación de Buenos Aires y publicado a las pocas semanas de los sucesos.

      La credibilidad de este relato la da la personalidad de José Martí, el Apóstol Cubano y una de las personalidades históricas mas relevantes de América incluyendo América del Norte.
      José Martí reportaba, en esos tiempos, para ese diario argentino y, en cumplimiento de sus funciones como periodista, fue testigo presencial del juicio a esos asesinos anarquistas.
      La “máquina tergiversadora” izquierdosa ha cambiado un detalle y cuando se refieren a aquellos hechos señalan la “masacre” como el ajusticiamiento de los asesinos anarquistas, cuando en realidad lo que fue calificado desde el primer momento como masacre fue la muerte de ocho policías y varios civiles por las bombas que lanzaron estos energúmenos contra los policías y entre los manifestantes.

      Simón José.

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  5. Adri,
    He esperado algunas semanas para escribir el último comentario en este post sobre “la masacre” de Chicago.
    Por aquellos días de mi primer comentario aquí, tambien fui al blog original, “El Intransigente”, que tiene como lema “LA VERDAD DEBE CONTARSE ENTERA….SIEMPRE” y le dejé un comentario. No fue publicado y como puede ser problemas del sistema, pues a los dos días le dejé un segundo comentario con el mismo objetivo: Llamar la atencion, como lo he hecho aquí sobre lo expuesto por José Martí en su crónica para “La Nación”.
    Tampoco fue publicado ese segundo comentario.
    Y es por eso que hoy vuelvo por aquí.
    Le acabo de dejar un tercer comentario alli, pero esta vez lo traigo aquí por copy-paste para, si tampoco lo publica, que tus lectores sepan lo que se puede esperar del “intransigente” que tiene aquel blog en la red.
    Todos los que han leído comentarios míos durante varios años ya, saben de mi respeto por las reglas generales de no usar malas palabras ni insultos personales, solo tratar la esencia de los conceptos políticos, y deformaciones-manipulaciones de la historia, que afectan a todas las ciudadanías de todos los países.
    ====================================================================
    “Debías cumplir con tu lema:

    LA VERDAD DEBE CONTARSE ENTERA….SIEMPRE.

    Hace tiempo te dejé dos comentarios sobre los “mártires” de Chicago y la verdad de todo aquello contada por José Martí, testigo presencial y reportero del periódico La Nación de Buenos Aires.
    En ambos casos los borraste y no los publicaste.
    De ahí que estamos obligados A ENTENDER QUE “LA VERDAD ENTERA” CONTEMPLA SOLAMENTE A LA PARTE QUE LE CONVENGA A QUIEN MODERA ESTE BLOG.
    Y de ahí que el progreso de la izquierda por todas partes este sustentado por engañosas promesas que forman parte de políticas populistas mezcladas con mentiras, verdades a medias y corrupción demostrada en todos los que representan esa, llamemos ideología, tendencia que, en todos los casos, termina llevando a los pueblos que caen bajo su control a retrotraerse en la civilización y volver a desarrollar los instintos de lucha por la supervivencia como único modo de coexistir en medio de tanta barbarie.
    No importa, a pesar de todo, el mañana siempre tendrá razón.
    El mundo se hizo en medio de cataclismos. Al final….la obra fue buena.

    Simón José Martí Bolívar.
    ======================================================================

    Un fuerte abrazo cubanísimo a todo,
    Simón José.

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    1. Me parece Simon que te estas equivocando,deje todas tus respuestas no se elimino ninguna y tu mismo,dejaste el link ,lee debajo de la nota publicada por mi ,lo que dice.

      Adjunto otra publicacion que un usuario del blog ,tan gentilmente a contribuido con esta historia.

      http://zunzundabaparalalibertad.blogspot.com.ar/2008/02/el-proceso-de-los-siete-anarquistas-de.html

      Donde esta el problema ?si quieren leer la otra version ,pinchan el link y la leen!

      Me parece muy descortes de tu parte ,ya que desde que escribes en este blog jamas se te elimino ,ningun comentario .

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  6. Adri,
    No me equivoque. No me entendiste. Relee mi comentario y veras que ese lema no es de tu blog.
    No me refiero a tu blog, sino a “El Intransigente”, que le deje alli los comentarios y no los publicñ, por lo cual le deje un tercero y lo traje y lo publique en el tuyo para que la gente lo sepa.
    Obviamente, no lo esconde, “El Intransigente” es un blog comunista.

    Abrazos,
    Simon Jose.

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