Salario Minimo
Salario Minimo

Entre las muchas herramientas usadas por quienes socavan la sociedad libre, una de las más antiguas es el llamado “salario mínimo”. El “Soviet Supremo” de la “Republica Democrática de California” (léase la legislatura izquierdista en Sacramento) recientemente elevó el salario mínimo por hora de $8.00 a $9.00 empezando en julio del año próximo y a $10.00 empezando en enero de 2016.  En otras palabras un aumento de $2.00 por hora en el cortísimo plazo de dos años y medio. Brown firmó ese disparate hace muy poco.

La medida fue aprobada por la abrumadora mayoría demócrata, recibiendo el respaldo de la prensa “liberal”, y una vasta gama de organizaciones izquierdistas.  La implementación de esta ley fue también intensamente vitoreada por los grupos auto titulados “defensores de los inmigrantes”.  En su contra se manifestaron algunos sectores que poseen poco músculo político, cómo la Cámara de Comercio y otros organismos representando a los cada día más escasos negocios pequeños de California.
A pesar de su evidente retroceso, California aún representa el más populoso y económicamente importante estado de la unión y lo que ocurre aquí tiene siempre repercusiones nacionales en el futuro inmediato.  Brown y su obediente legislatura han “balanceado” el último presupuesto a expensas del mayor aumento de impuestos en la historia del estado. El superávit no parece destinado a pagar la deuda estatal y el obscuro nubarrón de la bancarrota está muy lejos de haberse disipado.
¿Sólo $2.00 de aumento más por hora en el salario mínimo? ¿Por qué no $50.00 o $100.00? Si el amable lector cree que me he vuelto loco, le respondería que estoy más cuerdo que nunca. Las razones aportadas por sus proponentes pueden justificar cualquier cantidad para un aumento sin límites ni consecuencias negativas.  El motivo oculto de que ese aumento sea paulatino es precisamente que sus proponentes anticipan esas consecuencias y desean ocultarlas.
A continuación haré una lista de los posibles resultados de un aumento de $2.00 por hora en el llamado “salario Mínimo” de California.  Esas consecuencias negativas están en orden inverso a su probabilidad.
Consideremos una familia pobre de tres personas en la que el único miembro que trabaja percibe salario mínimo, trabajando 40 horas por semana.  La más negativa de sus perspectivas cuando su empleador se vea forzado a aumentarle el salario de $320.00 a la semana a $400.00, es que sea despedido.  Consideremos con optimismo que esta sea la perspectiva menos probable, aunque un empresario cuyo negocio dé trabajo a digamos 60 personas, esté tentado a reducir su empleomanía por un tercio en vez de aumentar sus gastos o disminuir sus ganancias en $31,200.00 al año.
Presente ingreso semanal: $320.00.  Teórico ingreso futuro: $400.00.  Real ingreso futuro: $0.00.
Su segunda más negativa perspectiva es que sus horas laborales sean reducidas a tres cuartas partes de su presente salario, o a la mitad. Esta posibilidad no es improbable.
En el primer caso, su presente ingreso semanal se vería reducido de $320.00 a $300.00.  En el segundo caso, de $320.00 a $200.00.  Debe ser extraordinariamente difícil para tres personas subsistir con sólo $320.00 por semana.  Hacerlo con $200.00 es equivalente a un veterinario en el zoológico, curando el colmillo infectado de un león adulto sin sedarlo.
Supongamos que en el mejor de los casos, el empleado de mi ejemplo no sea despedido, ni vea cortadas sus horas de trabajo.  La mejoría teórica que obtenga de ese aumento arbitrario la pagará quien adquiera el producto de su labor. Al disminuir el poder adquisitivo de otros, esa tendencia se reflejará en todos. Incluso el beneficiado de un aumento arbitrario de su ingreso ha de convertirse también en damnificado de la inflación. No importa que el producto de su esfuerzo se trate de una hamburguesa, una camisa, la etiqueta de una botella o un ladrillo de barro.  El salario mínimo contribuye significativamente a la inflación y ésta es una reducción disimulada en el ingreso de todos y cada uno.
No tengo la menor idea cómo funciona el proceso mentalde los políticos que proponen semejante ruina y de los votantes que los eligen.  No soy político ni economista, sólo utilizo el sentido común.  El sentido común no es “liberal”, ni “conservador” y aún menos “independiente” (una vez leí que “un independiente era alguien acobardado para pelear, pero muy gordo para correr”). Viene a la memoria el viejo refrán sobre el sentido común, que le asigna ser el “menos común de los sentidos”.
Observemos lo que el índice “oficial” de desempleo indica al presente para California: 8.9%.  En otras palabras, más de un punto y medio porcentual  sobre el índice promedio para Estados Unidos, que es de 7.3%.  En ambos casos ese promedio es falso pues no incluye el número creciente de empleados que han agotado su auxilio de “desempleo”, viéndose forzados a abandonar la fuerza laboral, en muchos casos permanentemente.
¿A dónde recurren estos últimos para subsistir?  A un sinnúmero diferente de medios.  El primero de los cuales es… el estado.  Desde estampillas para obtener comida gratis (programa federal con un presupuesto propagandístico millonario), hasta ayuda estatal de “bienestar”. Muchos reciben auxilio de familiares y amigos cercanos, agravando la ya deteriorada capacidad económica de los mismos y así extendiendo la pobreza.
Ninguna de estas alternativas realmente ayuda al desempleado en carrera larga, ni contribuye a mejorar la economía del estado, la que resulta permanentemente contraída.  ¿Cómo aumentar el índice de empleo y mejorar la economía? Ya sabemos cómo no hacerlo. El mejor ejemplo de ello es la ciudad de Detroit.
Durante cinco años se ha estado culpando a la administración de Bush por su despilfarro. Ciertamente que despilfarro había y hay.  Sólo que el de ahora escorregido y aumentado.
Un tiempo hubo en el que la economía de Estados Unidos era muy estable y próspera.  Al menos esa era mi apreciación y no conozco mucha gente en desacuerdo. Recuerdo haber trabajado para un mismo negocio durante 16 años consecutivos.  Desde 1963 a 1986 trabajé continuamente en la misma industria con la interrupción de una semana, que tomé voluntariamente al dejar un empleo para tomar otro. Ninguno de esos trabajos era en el Servicio Civil, aunque nada tengo contra los empleados públicos.
En aquella época la libre empresa se disputaba los trabajadores eficientes y en más de una ocasión fui llamado a mi oficina por un competidor, ofreciéndome empleo. En algunos casos, fuera del estado. Casi siempre decliné. ¿La razón?  Detesto el cambio.  Quizás es el trauma que dejó en mí el cambio tan severo que sufrimos los cubanos en la década de los años sesenta.
Después de junio de 1986 el trabajo continuó, aunque se hizo más breve y había que cambiar de empleo con mayor frecuencia. Los trabajos no crecen en los árboles. Me retiré oficialmente en 1998, aunque regresé por ocho meses en 2003.
¿Cuál era el secreto económico del pasado? ¿Por qué había más empleos entonces y disfrutábamos una economía más sólida? Mi respuesta: más estímulo a la inversión, menos impuestos, menos burocracia y regulaciones, mayor sentido de responsabilidad individual, autoestima y orgullo profesional. Trabajar no implicaba necesariamente hacer política y no se buscaban excusas ante el fracaso.
Una ocasión que desearía olvidar y no puedo, es la de un 24 de diciembre que pasara toda la familia en la antesala del Hospital Infantil de Hollywood cuando mi hija más joven sufriendo un severísimo ataque de asma tuvo que ser ingresada con un pulmoncito colapsado.  Esa niñita es hoy maestra de instrucción pública, feliz esposa y madre de la más joven de mis nietas. Sin embargo, en esos días terribles hubo muchas noches en vela por ella. ¿Por qué agrego esta anécdota personal en este contexto?
Cuando mi hija fue dada de alta, en la registradora me preguntaron el monto de nuestro ingreso anual.  Dije que el tema era privado. Olvidé exactamente a cuánto ascendió el caro “copayment”, pero mantuve mi criterio.