Jorge Riopedre-Trump “La tormenta perfecta “

 

Jorge Riopedre
Jorge Riopedre

 

El inesperado triunfo político de Donald Trump en las elecciones presidenciales de Estados Unidos no responde a una mera casualidad. Tal vez no lo vimos venir, como otros no vieron venir la victoria de Harry Truman, el ataque terrorista a las torres gemelas de Nueva York, la caída del Muro de Berlín, la proximidad de recientes tsunami o terremotos devastadores que sólo se inscriben en la historia cuando nos golpean. Cierto que contamos con indicadores de alerta en las ciencias sociales y en las ciencias físicas, pero aun así no podemos esquivar el zarpazo de los imponderables.

¿Qué indicadores nos podrían haber alertado que se aproximaba la tormenta perfecta? Desde mucho antes de la inesperada victoria de Trump frente a Hillary Clinton el pueblo estadounidense daba muestras de una creciente inquietud (un nerviosismo semejante al que experimentan los animales cuando presienten un fenómeno natural), porque a juicio de una parte significativa de la población norteamericana el país no podía ir por buen camino cuando la violencia y la división racial se habían apoderado de sus calles.
Todo marcha bien, decían algunos analistas, el desempleo ha disminuido, la economía registra cierta mejoría, Estados Unidos sigue siendo la primera potencia mundial.
Un argumento tan sólido que uno parecía un pesimista sin remedio cuando acercaba el oído a la tierra para escuchar los resoplidos de una sociedad temblorosa (como señaló en fecha reciente el ex secretario de Estado, Henry Kissinger), acosada por la comunidad intelectual y académica de Estados Unidos.

Eso lo viví yo cuando interesado en la carrera de estudios internacionales en la Universidad del Sur de la Florida en Tampa, visite al profesor en su oficina y me encontré con un afiche de tamaño natural del Che Guevara y un saquito de arena de Playa Girón en su escritorio. Aquel ambiente me recordó la consigna del absolutismo castrista: la universidad es para los revolucionarios. No me imaginaba entonces que iba a vivir en Radio Martí un estado de sitio mediático semejante alentado por políticos, académicos y periodistas en sintonía con la dictadura cubana, acusándonos a nosotros, para colmo, de ineptos y subjetivos, cuando el periodismo norteamericano nunca ha visto su credibilidad tan cuestionada como en el presente proceso electoral.

Buena parte de la opinión pública estadounidense, digamos la mitad ya que estamos hablando de un país peligrosamente dividido, opina que la política de la administración de Barack Obama con relación a la minoría afroamericana en lugar de mejorar las relaciones comunitarias las enrareció. No obstante, Trump no podía ganar sólo con la mitad del electorado conservador, lo que quiere decir que una buena parte del electorado liberal compartía sus puntos de vista.

De un lado u otro del espectro político parece difícil escapar a la preocupación que suscitan los conflictos entre policías y afroamericanos, la indignación de muchos por el uso de los baños en los colegio, los textos que comenzaron a usarse en los centros de estudio, las penurias de millones de norteamericanos en zonas rurales, todo de golpe, en una carrera desproporcionada por dejar un legado que ahora pudiera convertirse en un castillo de arena. Política imprudente que ha debilitado al Partido Demócrata empujándolo cada vez más hacia la extrema izquierda, tan peligroso como podría ser desplazar el Partido Republicano hacia la extrema derecha.

La democracia norteamericana requiere ahora más que nunca de un bipartidismo efectivo para hacer frente a desafíos complejos e inéditos, cambios demográficos precursores de profundos cambios culturales que, sin un marco razonable, se pueden desbordar socavando a largo plazo la integridad nacional. Cualquier señal de debilidad interna podría ser aprovechado por los enemigos de Estados Unidos y hasta por algunos de sus amigos circunstanciales, o peor aún, darle alas a secesionistas delirantes (ya sonaron trompetas por allá por California) indiferentes a los estragos que podría causar una potencial guerra civil. Son cosas que parecen remotas pero pueden estar más cerca de lo que pensamos.

En esta hora de incertidumbre se impone la cordura: si aquellos que disentían de Obama lo toleraron durante ocho años, ahora los que disienten de Trump deben tolerarlo por el tiempo que determine la historia. Eso es lo sensato.

 

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