Sr. Castro, usted está involucrado en la muerte de muchos salvadoreños – DiarioMayor.net

Por Bernardo Toar, activista cubano por la democracia

En la Cumbre Iberoamericana celebrada en Panamá en el 2000, el presidente salvadoreño Francisco Flores espetaba ante el contraído rostro del barbudo dictador cubano Fidel Castro, nada acostumbrado a recibir críticas: “Sr. Castro, es absolutamente intolerable que habiendo estado usted involucrado en la muerte de tantos salvadoreños, y después de haber entrenado a muchísimas personas para matar a salvadoreños, acuse al gobierno de El Salvador de estar protegiendo […] actos criminales [de terrorismo]”.

 

Asimismo, el Sr. Flores expresaba: “El Salvador tuvo la triste realidad de ser el escenario del último conflicto en nuestro continente de la Guerra Fría. Rusia, Cuba y Nicaragua decidieron involucrarse en la guerra de nuestro país, lo mismo que EEUU.”

 

Y no le faltaba razón al presidente Flores, tristemente fallecido a los 56 años a principios de este año. El tirano antillano tenía que haber mantenido la boca bien cerrada antes de acusar de proteger a criminales al representante de un país que sufrió entre 1979 y 1992 una sangrienta guerra civil, en la cual Fidel Castro tiene, sin duda alguna, una enorme responsabilidad.

El Salvador: un país con condiciones para la revolución

Pero los orígenes de la intervención del déspota cubano en El Salvador se remontan a mucho antes de la guerra civil. Desde su arribo al poder en enero de 1959, Fidel Castro siempre consideró al país centroamericano un lugar apropiado para extender su influencia “libertadora”, a causa de la importante polarización de la sociedad salvadoreña.

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Ya en la temprana fecha para el régimen castrista de diciembre de 1960, el gobierno salvadoreño se hizo con documentación cubana de carácter confidencial donde se probaba la participación del diplomático Roberto Lasalle en la financiación de actividades subversivas en El Salvador, incluyendo la entrega de 600 mil dólares al salvadoreño Roberto Carias para perpetrar acciones violentas. En consecuencia, varios diplomáticos cubanos, incluyendo a Lasalle, fueron expulsados del país.

La documentación de los cubanos incluía orientaciones del entonces ministro del ejército, Raúl Castro, para impartir preparación militar a ciudadanos salvadoreños y facilitar el paso de insurgentes nicaragüenses a través de su territorio. Desde La Habana también pretendían avivar el conflicto fronterizo entre El Salvador y Guatemala, así como recabar toda la información posible sobre las familias salvadoreños más influyentes.

Cuba: faro de América toda

En julio de 1967, se efectuó en La Habana la primera reunión de la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS), a la cual asistieron muchas organizaciones de izquierdas del hemisferio occidental. Los anfitriones impusieron el criterio de que la única vía de acceso al poder era la lucha armada, y que la guerra de guerrillas era la forma más efectiva de librar esta lucha.

En esa reunión se resolvió, además, que Cuba era el “faro de América toda” —al decir de un himno castrista de la época—, subordinando al régimen de Castro todo el movimiento revolucionario latinoamericano, el cual debía asumir el marxismo-leninismo como doctrina. La insurgencia salvadoreña estuvo representada en dicho evento por Schafik Handal.

A partir de ese momento, Cuba proporcionaría refugio, entrenamiento y financiación a la mayor parte de los grupos violentos existentes en América y el resto del mundo, incluyendo la guerrilla de El Salvador y grupos como el MIR chileno, la OLP palestina y la ETA vasca. Según un informe del Departamento de Inteligencia norteamericano de 1987, al menos 27 grupos subversivos latinoamericanos mantenían nexos con la Isla en esa fecha.

Estos grupos recibieron entrenamiento militar, aplicable a operaciones de insurgencia urbana y rural, en el llamado Punto Cero de Guanabo, cerca de La Habana, y en el poblado Candelaria, en el occidente de Cuba. La cúpula dirigente de la guerrilla salvadoreña fue instruida, además, en labores de inteligencia.

Preparando el terreno

Un antiguo secretario general del Partido Comunista de El Salvador de nombre Salvador Cayetano Carpio, amigo de Fidel Castro, fue la persona encargada de introducir en su país el concepto castrista de guerrilla urbana. Después de romper con su partido, Carpio creó en abril de 1970 las Fuerzas Populares de Liberación (FPL). El llamado “Ho Chi Minh salvadoreño” y su grupo, aplicando los conocimientos aprendidos en Cuba, sembraron el terror en El Salvador por medio de secuestros, asesinatos, extorsiones y robos a bancos.

Como ejemplo de acciones terroristas perpetradas en este período cabe citar el secuestro y asesinato, en mayo de 1977, del ministro de exteriores Mauricio Borgonovo, cuyo cadáver fue abandonado en plena calle, así como los asesinatos del ministro de educación Carlos Herrera Rebollo y del encargado de negocios de Suiza, Hugo Wey, ambos cometidos en 1979.

En marzo de 1978, a instancias del gobierno cubano, se establece en La Habana una alianza secreta entre palestinos, nicaragüenses y cubanos. Como resultado de estos acuerdos, la OLP acoge en sus bases del Líbano a las guerrillas salvadoreñas para recibir entrenamiento militar, convirtiéndose los salvadoreños Schafik Handal y Salvador Cayetano Carpio, en los enlaces entre cubanos y palestinos.

A mediados de 1978, los servicios secretos cubanos abrieron un centro operativo en Costa Rica, con la finalidad de ofrecer apoyo logístico a las guerrillas de El Salvador y Nicaragua. Este centro suministró a los grupos insurgentes de ambos países armamento comprado en EEUU a través de Panamá. El 25 de marzo de 1981, cinco pilotos costarricenses admitieron públicamente su participación en el transporte de armas y víveres desde Cuba a los guerrilleros salvadoreños.

También en La Habana se urdió un plan para acabar con la vida del ministro de defensa salvadoreño, general José Guillermo García, a principios de los años 80. Aunque esta vez el trabajo fue encargado a terroristas de ETA entrenados por los cubanos en Nicaragua. El plan fracasó y los separatistas vascos se refugiaron en Cuba.

La conquista de Centroamérica

Envalentonado por el triunfo sandinista en Nicaragua en 1979, Fidel Castro proyectó llevar la guerra a toda Centroamérica. A tal efecto, comisionó al general Arnaldo Ochoa —a quien años más tardes mandaría a fusilar por narcotráfico— para que invadiera Honduras y El Salvador con el apoyo del ejército sandinista. Según el comandante Edén Pastora, que desertaría de las filas del Frente Sandinista nicaragüense, el objetivo de los cubanos era conquistar América Central en un plazo de entre diez a veinte años.

Este plan exigía la participación de la guerrilla salvadoreña, llamada a ocupar el poder en su país, para lo cual estuvo adiestrándose en campamentos de Nicaragua y Cuba. La coordinación y monitoreo de las actividades de la guerrilla estuvo a cargo del funcionario cubano Fernando Comas Pérez, del Departamento América. Los insurgentes salvadoreños fueron provistos de armamento y otros pertrechos procedentes de La Habana, la cual debió recurrir al mercado negro para conseguirlas.

Entre esas armas se encontraban los fusiles de asalto M16 abandonados por Estados Unidos en Vietnam, que habían llegado a Cuba a través de la URSS. Además, Castro dio orden al ejército sandinista para que entregara a los salvadoreños los fusiles FAL que antes habían recibido de Cuba, así como fusiles M1, ametralladoras M60 y cohetes ligeros antitanques.

Nace el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional

El régimen castrista ejerció mucha presión para conseguir la unión de las diferentes fuerzas insurgentes salvadoreñas, con el objetivo de aumentar su fuerza y efectividad. Para ello convocó a una reunión en septiembre de 1979 a tres grupos guerrilleros: las Fuerzas Armadas de la Resistencia Nacional (FARN), el Frente Popular de Liberación (FPL) y el Partido Comunista de El Salvador. Esta reunión concluyó con el compromiso de crear una coordinadora guerrillera controlada por los servicios secretos cubanos.

Pero a causa de las luchas intestinas entre sus organizaciones integrantes, esta coordinadora sólo pudo salir adelante por la insistencia de Fidel Castro. En diciembre de 1979, el barbado dictador convocó al Palacio de la Revolución de La Habana a los principales jefes guerrilleros para buscar un arreglo entre ellos. O se unían inmediatamente o no habría ayuda cubana. Los rebeldes accedieron, y Castro consintió la incorporación al holding guerrillero de un nuevo grupo: el Frente Revolucionario Popular (FRP). De estos acuerdos nació el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN). Su nombre es un homenaje a un comunista salvadoreño que había alentado las purgas estalinistas en la URSS. La dirección del frente recayó en Carpio, el amigo de Castro.

La temible Seguridad de Estado cubana proporcionó ayuda logística y operativa al nuevo frente desde sus inicios. Cuba facilitó al FMLN contactos con los países del bloque comunista para conseguir armamento, además de apoyo material de todo tipo, incluyendo la creación de un fuerte aparato de propaganda política en los Estados Unidos y en Europa Occidental. Del mismo modo, los cubanos adiestraron a las guerrillas de El Salvador en el aeropuerto nicaragüense de Punta Huete, y reclutaron a palestinos, chilenos y argentinos para que intervinieran en los combates librados en el país centroamericano.

Los problemas crecen

En agosto de 1980, el jefe de las FARN, Ernesto Jovel, descontento con la dependencia total del Frente con Cuba, opta por separar su organización de la coalición rebelde. Este hecho provocó la inmediata paralización de la ayuda cubana. Sólo un mes más tarde, el 22 de septiembre, Jovel muere al estallar su avión en el aire, en circunstancias poco claras.

Al frente de las FARN se coloca entonces al castrista Sancho Castañeda, y automáticamente se restablecen los suministros de armas desde Cuba. Según reveló el capitán guerrillero Arquímedes Cañada, la desaparición de Jovel fue obra de los servicios secretos cubanos. El capitán Cañada denunció igualmente que la implicación castrista en este asesinato no fue un hecho aislado, ya que desde La Habana se presionaba siempre para eliminar a todo aquel que intentara apartarse del redil.

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La intromisión castrista en la guerra de El Salvador fue todavía mayor a partir de 1981. Los cubanos supervisaron en detalle operaciones militares como la destrucción del Puente Dorado, en octubre de 1981, y el atentado a la base aérea de Ilopango en enero de 1982. Este último acto terrorista destruyó prácticamente toda la fuerza aérea salvadoreña.

La llamada “ofensiva final” guerrillera, que tuvo lugar entre finales de 1980 y principios de 1981, fue planificada en La Habana por los comandantes de los diversos frentes y aprobada por el Departamento de Operaciones Especiales de Cuba. Según el capitán Cañada, quien dirigiera el ataque a la base de Ilopango, “los cubanos estaban profundamente implicados y dirigían prácticamente a los cinco comandantes del Farabundo Martí”.

En mayo, Cañada se trasladó a La Habana para rendir cuentas ante las autoridades cubanas. Años más tarde expresaría: “Me sentí frustrado porque tuve que proveer informes militares y políticos a oficiales del Departamento de Operaciones Especiales de Cuba, que dieron las directrices principales para ser ejecutadas en El Salvador”. Según Cañada, el personal para el asalto a la base aérea de Ilopango fue impuesto desde La Habana, después de haber recibido éste entrenamiento militar durante seis meses en la capital cubana.

La ofensiva final

La operativa guerrillera nunca dejó de ser controlada desde La Habana. Muchos de los documentos capturados al FMLN por la contrainsurgencia, en 1980, son informes operativos dirigidos al jefe de los servicios secretos cubanos, Manuel Piñeiro. Estos informes revelan que los cubanos empujaron a los insurgentes salvadoreños a una “ofensiva final” en enero de 1981.

El abastecimiento de material militar procedente de Cuba tampoco faltó a los rebeldes salvadoreños. La mayor parte de dicho material era transportado por tierra desde Nicaragua, o por la vía marítima del golfo de Fonseca hasta Usulután.

Como preparación para la “ofensiva final”, hacia finales de 1980 el aeropuerto “Sandino” de Managua se cerró al tráfico civil durante algunas semanas para que aviones cubanos repletos de equipos con destino a El Salvador pudieran descargar su mercancía. Se calcula que 200 toneladas de armas y otros equipos fueron acarreadas desde La Habana para la guerrilla salvadoreña.

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Por su parte, las embajadas cubanas facilitaron y financiaron el desplazamiento de los líderes guerrilleros salvadoreños por el mundo. Asimismo, Castro puso al servicio de los rebeldes salvadoreños su hipertrofiado aparato de propaganda internacional para desinformar sobre la realidad del conflicto en El Salvador.

En esta estrategia, Castro buscó personalmente la implicación de organizaciones subversivas más potentes, como la OLP. El mismo Yasser Arafat llegó a admitir la presencia de sus combatientes en las guerrillas de El Salvador. Por mediación de La Habana, el secretario del Partido Comunista salvadoreño, Schafik Handal viajó al Líbano y Siria para recabar el apoyo palestino para el entrenamiento de salvadoreños en el Medio Oriente.

Sin embargo, este inmenso apoyo logístico cubano no consiguió derribar el gobierno de El Salvador, a causa del reducido apoyo popular con que contaban los rebeldes. Por ello, los jefes guerrilleros se trasladaron a La Habana en febrero de 1981 para reconsiderar la situación. Allí, Castro ordenó desarrollar en todo lo posible el terrorismo urbano, así como acciones encaminadas a la destrucción de la economía nacional, incluyendo el minado masivo de carreteras y caminos.

Castro se confiesa y la guerra se recrudece

En abril de 1981, Castro admitió al representante de la Internacional Socialista, Hans Jurgen Wischnewski, que había suministrado armas a las guerrillas salvadoreñas. Igualmente, en la conferencia de la Unión Interparlamentaria celebrada ese mismo año en La Habana, Castro aceptó haber proporcionado apoyo en armamento a la insurgencia de El Salvador.

A principios de 1982, se amplió considerablemente el suministro de armamentos al FMLN por parte de Cuba, debido a los planes de la insurgencia de boicotear los comicios electorales a la asamblea constituyente de marzo de ese año. Este boicot no pudo impedir que el 80% de los potenciales votantes concurriera a las urnas, mostrando de esta manera su repudio a la violencia terrorista.

A causa del envío masivo de equipamiento militar desde Cuba, incluyendo sofisticados equipos de radiocomunicaciones, hacia mediados de 1982 los rebeldes comenzaron a desarrollar acciones armadas más propias de una guerra convencional que de una guerrilla. En diciembre de 1983, fuerzas farabundistas que habían recibido entrenamiento especial en Cuba atacaron con saña el cuartel general de la Cuarta Brigada, en El Paraíso, masacrando a sus soldados.

Un oficial guerrillero del FPL que intervino en este asalto, Adín Inglés Alvarado, declaró ante la televisión salvadoreña que el plan de ataque se había diseñado en Cuba. Los cubanos habían llegado incluso a construir una réplica del cuartel con el fin de entrenar mejor a los 28 hombres que participaron en la acción. El comando creado bajo dirección cubana fue también abastecido de armas y explosivos por el gobierno de La Habana.

Carpio se “suicida” a puñaladas por la espalda

A principios de 1983, el gobierno de Nicaragua pasaba por una situación complicada debido a la presión económica y militar de los Estados Unidos. Si la importante base nicaragüense se perdía, el plan castrista para el área centroamericana se desvanecería. Por tal motivo, Castro decidió salvar al sandinismo aun a costa de sacrificar la insurrección salvadoreña.

En consecuencia, Castro empujó a los guerrilleros salvadoreños a negociar con el gobierno de su país a cambio de que Estados Unidos desarticulara las guerrillas opuestas al sandinismo en Nicaragua, la llamada “Contra”. Este canje de la guerrilla salvadoreña por la tranquilidad sandinista no fue del agrado de cabecillas salvadoreños como Carpio y Joaquín Villalobos.

Sin embargo, una comandante del FMLN, Mélida Anaya Montes, alias Ana María, aceptó la oferta cubana y viajó a Nicaragua para concretar detalles. Carpio decretó entonces la muerte de Ana María, que fue salvajemente asesinada mediante 86 puñaladas propinadas con un picahielos el 6 de abril de 1983.

Seis días después, Carpio fue convocado a una reunión con el jefe de los espías cubanos, Manuel Piñeiro, y el ministro del interior sandinista, Tomás Borge. Ese mismo día, la prensa nicaragüense anunció el “suicidio” del “amigo” de Fidel, Salvador Cayetano Carpio, motivado por la “vergüenza” de haber mandado a asesinar a la comandante Ana María. El cadáver de Carpio mostraba puñaladas en la espalda, mortales por necesidad.

Al poder a como dé lugar

Siguiendo las directrices de Castro de atacar la economía salvadoreña, el FMLN destruyó el puente Cuzcatlán en la Carretera Panamericana en enero de 1984, lo que causó una grave crisis en el país. La participación cubana en éste y otros actos terroristas fue denunciada por el antiguo jefe guerrillero Napoleón Romero al pasarse a las filas del gobierno. También, en abril de 1985 se le incautaron a la guerrillera Nidia Díaz documentos importantes que venían a confirmar la estrecha coordinación entre el FMLN, Cuba y Nicaragua.

En octubre de ese mismo año, el Frente secuestró a la hija del presidente salvadoreño José Napoleón Duarte. A cambio de su vida, los cubanos exigían, por mediación de los sandinistas, la liberación de 104 guerrilleros salvadoreños heridos. El presidente Duarte cedió ante el chantaje, y los prisioneros pudieron viajar a Cuba, donde fueron recibidos en el aeropuerto de La Habana por el mismísimo Manuel Piñeiro.

A principios de 1987, los farabundistas atacaron nuevamente los cuarteles de la Cuarta Brigada, causando numerosas bajas al ejército de El Salvador. El presidente Duarte denunció el intervencionismo de Castro, y aportó pruebas de la asistencia técnica que éste había proporcionado para realizar dicha agresión.

El 12 de diciembre de 1987, Roger Miranda, desertor de las filas sandinistas, denunció el plan cubano de envío a El Salvador de las letales baterías antiaéreas soviéticas SA7, así como la instrucción que el gobierno de Nicaragua estaba brindando a varios miembros del FMLN en el uso de este armamento.

Solidaridad internacional

En 1987, Cuba promovió una amplia campaña internacional en favor de los insurgentes salvadoreños. En enero de ese año, fue sede de una conferencia de solidaridad presidida nada menos que por Piñeiro, el siniestro jefe de los espías cubanos.

También bajo supervisión castrista funcionaría el denominado Frente Mundial de Solidaridad con el Pueblo Salvadoreño, destinado a ganar la simpatía internacional hacia los guerrilleros salvadoreños. Su directora, la comunista estadounidense Sandy Pollack había visitado Cuba en numerosas ocasiones desde el año 1969, y había sido líder del movimiento en defensa de la revolución cubana en EEUU.

De acuerdo con documentos incautados por el ejército de El Salvador, los cubanos  estuvieron detrás del viaje de Farad Handal, hermano del jefe insurrecto Schafik Handal, por los Estados Unidos en busca de apoyos para la guerrilla. Farad llegó a entrevistarse con el espía cubano García Almeida, que operaba bajo la tapadera del servicio diplomático de Cuba ante Naciones Unidas. El agente García aconsejó a Handal que consiguiera una cobertura de credibilidad acercándose a congresistas norteamericanos.

Los cubanos hicieron contactos en Washington para facilitar la gestión de Farad Handal. También bajo el auspicio cubano, el emisario salvadoreño sostuvo encuentros con representantes de la OLP para organizar el suministro de armamentos y acordar detalles de futuros entrenamientos.

Se alcanza la paz

Afortunadamente para el pueblo salvadoreño, el plan de dominio castrista sobre su territorio se frustró con el proceso de paz para Centroamérica refrendado en los Acuerdos de Esquipulas de 1987 y el plan de paz de la ONU de 1990. La guerra civil acabó el 16 de enero de 1992.

Como bien dijo el presidente Flores en la cumbre de Panamá, la guerra que tuvo que soportar su país fue desastrosa. Se estima que dejó un saldo de 75000 muertos, en su mayoría civiles, lo cual representa un 2% de la población salvadoreña de aquellos años. Decenas de miles de personas resultaron heridas por armas de fuego, explosiones, minas antipersonales, u otras vías, quedando muchas incapacitadas de por vida. Miles de niños perdieron a sus padres. Las secuelas psicológicas son incalculables.

En el orden material, los daños fueron también cuantiosos. Se destruyeron carreteras, puentes, redes de comunicaciones y de suministro eléctrico. Se cerraron innumerables empresas y hubo una seria fuga de capitales, lo que provocó el estancamiento de la economía salvadoreña por más de una década. La reconstrucción del país aún no ha terminado.

Resulta admirable el aplomo del Sr. Flores al encarar al tirano Castro, si consideramos además las graves consecuencias que la guerra civil ha tenido para El Salvador en materia social. El enorme arsenal de armas que ha quedado en manos de civiles ha propiciado el surgimiento de pandillas denominadas “maras”. Estas bandas, dedicadas a la delincuencia y el narcotráfico, han convertido al país centroamericano en uno de más violentos del mundo. No menos triste, la reinserción de los antiguos guerrilleros a la vida civil sigue siendo una tarea inconclusa, y más de medio millón de salvadoreños ha tenido que abandonar su tierra.

A pesar de que el país ha avanzado mucho en su proceso democrático, la guerra ha dejado un amargo poso de resentimiento en la sociedad salvadoreña. Para completar este proceso y conseguir la paz que este hermano pueblo merece, las autoridades de El Salvador harán muy bien en mantenerse alejadas de un régimen que precipitó y alentó la guerra en su suelo, y que aún perdura en La Habana.

Uno, dos, tres, muchos El Salvador

El Salvador no ha sido, ni mucho menos, un ejemplo aislado de los afanes expansionistas del Napoleón caribeño. El propio Fidel Castro reconoció durante un seminario económico realizado en La Habana en 1998: “En el único lugar donde no intentamos promover la revolución fue en México. En el resto [de los países latinoamericanos], sin excepción, lo intentamos”.

 

Pero hasta en eso miente el tirano cubano. Según el analista de inteligencia cubano-americano Marcelo Fernández Zayas, “Fidel ha intervenido en todos los países de América Latina, incluyendo a México. Este último, por orgullo, no ha querido admitirlo. He tratado de calcular lo que Cuba ha gastado en estos empeños, pero es imposible. La cifra sobrepasa los mil millones de dólares”.

 

La desaparición del subsidio soviético y el deterioro físico del loco mesiánico de Fidel Castro han enfriado el intervencionismo belicista del gobierno cubano. No obstante, el mismo persevera en su empeño de extender su influencia por medio de las urnas en los países donde —a diferencia de Cuba— es posible realizar elecciones democráticas. Nada de esto ha sido en beneficio del pueblo de Cuba, que ha tenido que pagar en carne propia la ambición del tirano y su corte con sangre, miseria y falta de libertad.

 

Simbolizando el fin de una etapa, el servil Manuel Piñeiro falleció en un extraño accidente de tráfico —muy al estilo castrista— en una calle habanera, en 1998. Sin embargo, pese a lo dicho por el presidente Flores, en el continente americano no ha acabado el tiempo de la Guerra Fría. Con el arribo de la democracia a Cuba, esta oscura época habrá acabado realmente en toda América, como afortunadamente acabó para El Salvador.

Este artículo se publica como parte de la campaña “Mi Denuncia Semanal a la Dictadura Castrista” (http://www.unpacu.org/mi-denuncia-semanal-a-la-dictadura-castrista-19-de-septiembre-de-2016-por-jose-daniel-ferrer-coordinador-general-de-la-unpacu/), promovida por la UNPACU (Santiago de Cuba) y el Foro América Unida (Santiago de Chile) con el fin de crear consciencia sobre la situación del pueblo cubano en todo el mundo.

Origen: Sr. Castro, usted está involucrado en la muerte de muchos salvadoreños – DiarioMayor.net

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