El embrujo de Castro-Saúl Hernández Bolívar

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Si algo pone de manifiesto la muerte de un sátrapa como Fidel Castro es la profunda penetración ideológica de la doctrina comunista en sociedades como la nuestra.

Si algo pone de manifiesto la muerte de un sátrapa como Fidel Castro es la profunda penetración ideológica de la doctrina comunista en sociedades como la nuestra. A Castro no lo absuelve la historia; no puede porque las marcas de su fracaso y las cicatrices de sus crímenes brillan por doquier, pero, aún así, por todas partes saltan valedores que lo defienden abiertamente o, cuando menos, tratan de justificarlo.

 

Para comprobarlo basta comparar la manera como se refieren los medios a dictadores de ‘derecha’, como Augusto Pinochet. Cada que se habla del general chileno se alude a desapariciones forzadas, ejecuciones, exiliados,‘vuelos de la muerte’ y cosas por el estilo. Poco se habla de que Pinochet convocó, en 1988, a un plebiscito para decidir si continuaba en el poder o no, respetando el resultado en su contra, y que dejó una economía boyante tras enderezar -con las recetas de los‘Chicago boys’- los disparates que Allende cometió con participación del mismo Fidel. En el Chile de entonces no se conseguía ni pan, como en la Venezuela de hoy.

 

En cambio, ¿qué narran los medios cuando nos hablan de Castro? A pesar de tener a sus espaldas más desaparecidos, ejecutados y exiliados que Pinochet, Trujillo, Stroessner o cualquier otro chafarote latinoamericano, a Fidel nos lo pintan casi como un Papá Noel, como un abuelo bonachón e inmarcesible, y se dedican a contarnos su épica rosa: nos hablan de sus discursos maratónicos, de sus conversaciones interminables con grandes personajes, de sus cenas desaforadas, de los centenares de intentos de asesinato que sufrió aunque nadie vio ninguno, de las innumerables entrevistas que concedió a periodistas fascinados con su poder, del número de presidentes norteamericanos a los que‘sobrevivió’, de la carta que le envió a Roosevelt, de la cita frustrada con Eisenhower, de sus mujeres, de sus palacios y hasta de su fortuna -obviamente, mal habida-, pero poco o nada nos dicen de su pobre legado y su prontuario criminal.

 

Porque esa es, precisamente, la esencia de lo que el comandante de la revolución cubana fue en vida: un criminal. A Castro lo defienden por motivos pura y llanamente ideológicos, porque se convirtió en el antiimperialista por naturaleza, en el antiyanqui que con temeridad osaba retar al arrogante Tío Sam a tan solo 90 millas de sus costas, en el revolucionario que le‘devolvió’ la dignidad a su pueblo impidiendo que continuara siendo el garito y el prostíbulo de los gringos, no importa que para eso tuviera que convertirse en satélite de otro imperio y que sus mujeres se prostituyeran con hombres de cualquier parte del resto del mundo. Lo importante era la dictadura del proletariado, en nombre de la cual cualquier cosa era bien vista. Es obvio, entonces, que quienes defienden al Comandante y su obra son nostálgicos del comunismo -esa cosa que falleció muchas décadas antes que Castro-, o activistas que pretenden resucitarlo en este rincón del mundo, donde ha sido reanimado bajo engañosos rótulos como el de‘Socialismo del Siglo XXI’ o mediante estratagemas como la‘paz’ con las Farc.

 

Ellos controlan gran parte de los medios de comunicación, desde los que sin ninguna vergüenza emplean un rasero distinto para informar, mintiendo abierta y descaradamente con base en un relativismo moral que hace ver a los Castro de aquí y de allá bajo el arquetipo del‘buen revolucionario’, del mítico Robin Hood que comete crímenes en nombre de los pobres, el criminal altruista. Y hasta hacen creer que el fracaso económico del castrismo es producto del embargo norteamericano o, simplemente, de garrafales errores; todo lo contrario, ese fue su éxito, porque el comunismo no es para acabar la pobreza sino la desigualdad, convirtiéndolos en pobres a todos. Es para lumpenizar a la sociedad, como recomendaba Gramsci. El de Castro es un cuento de hadas en el que triunfó el lobo feroz. Y lo malo es que dejó sucesión: murió el lobo, viva el lobo.

Origen: El embrujo de Castro

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