Eduardo Goligorsky – Evita, Borges, Fidel – Libertad Digital

También las sepulturas marcan la inmensa distancia geográfica, moral e intelectual que separa a un gigante eterno de la cultura de los efímeros sátrapas sin ley.

Flickr/CC/Ramón

La crónica del traslado de las cenizas de Fidel Castro desde La Habana hasta Santiago de Cuba, con una parada del cortejo fúnebre en Santa Clara, para que el dictador pasara una noche (¿concesión a la santería afrocubana?) junto al mausoleo donde se guarda lo que queda de su matarife, el Che Guevara, me hizo evocar pinceladas de mi lejana juventud, asociadas a las peripecias del cadáver de Eva Perón y al cuento “El simulacro”, de Jorge Luis Borges, incluido en el volumen El hacedor (Emecé, 1967).

Duelo forzado

Eva Duarte de Perón, Evita, falleció, víctima del cáncer, el 26 de julio de 1952. Cuenta Hugo Gambini en su muy documentada Historia del peronismo (2 vols. Planeta, y 1 vol. Vergara, Buenos Aires, 2001 y 2008), que el secretario de la Confederación General del Trabajo, José G. Espejo, propuso velarla por turno en todas las capitales de provincia, en tanto que la madre de la difunta pidió que el velatorio durara dos días y que fuese sepultada en la iglesia de San Francisco. El presidente Juan Domingo Perón, más preocupado por sacarle provecho político al cadáver que por los sentimientos, ordenó que Evita, prolijamente embalsamada por el especialista español Pedro Ara, fuese exhibida durante dos semanas –que se prolongaron otros quince días– primeramente en el ministerio de Trabajo y Previsión, donde ella había tenido su despacho, y después en el Congreso de la Nación.

Centenares de miles de personas desfilaron ante el féretro, muchas de ellas llorando a su idolatrada líder, y otras muchas ocultando la indignación que les producía el haber sido obligadas a participar en las ceremonias fúnebres, contra sus convicciones, para no perder el empleo o ir a la cárcel. Ese fue, por ejemplo, el caso de los sencillamente demócratas como mi padre, ingeniero del Departamento de Hidráulica del Ministerio de Obras Públicas y, peor aun, el de los antiperonistas acérrimos que debieron sumarse, contra su voluntad, al duelo forzado, con su carga de música sacra ininterrumpida y de congoja real o fingida que pesaba como una losa mortuoria sobre todo el país. Recuerda Gambini:

El torneo de alabanzas llegaría al pináculo “cuando el gremio de la alimentación, intérprete del deseo popular, se dirigió desaprensivamente al Vaticano solicitándole la canonización de Evita”.

Por fin, el féretro fue transportado a la sede de la CGT sobre una cureña del Ejército de la que tiraban, en lugar de los caballos de rigor, 35 hombres y 10 mujeres vestidos con camisas blancas y pantalones y faldas negros. Al llegar, lo depositaron en un catafalco diseñado especialmente, a la espera de que se levantara un monumento digno de ella.

Leyendas supersticiosas

El monumento no fue erigido. Primeramente por desidia y luego porque la Revolución Libertadora que derrocó a Perón en septiembre de 1955 marcó un antes y un después. Los dos presidentes de facto que se sucedieron en muy pocas semanas, los generales Eduardo Lonardi y Pedro Eugenio Aramburu, rechazaron el proyecto del sector duro que pretendía incinerar el cadáver y hacer desaparecer las cenizas y optaron por darle cristiana sepultura en un lugar secreto para evitar que la tumba se convirtiera en un santuario. Incluso pusieron en circulación cuatro féretros idénticos al original, cargados con lastre, para despistar a los comandos peronistas que lo buscaban.

Así fue como el cadáver de Eva Perón inició un accidentado peregrinaje por cuarteles y servicios de inteligencia. Cuenta Gambini que un oficial del Ejército que ocultó el ataúd en su vivienda perdió los nervios una noche al oír ruidos extraños, disparó contra la sombra de un intruso imaginario que resultó ser su esposa y la mató. Este suceso contribuyó a alimentar las leyendas supersticiosas que intercambiaban los devotos de Evita, a la que ya veneraban como una santa.

El periplo del ataúd terminó cuando fue inhumado, con autorización del Vaticano, en el cementerio Munocco, de Milán, con una identidad falsa: María Maggi de Magistris.

El general Alejandro Agustín Lanusse, otro de los presidentes de facto de Argentina, cayó en el error de pensar que se podía entablar una relación civilizada con el peronismo y ordenó que le entregaran el cadáver a su viudo, que ya se había vuelto a casar con María Estela Martínez, alias Isabelita. El 3 de septiembre de 1971 el embajador argentino en España cumplió la orden en la mansión de Puerta de Hierro, en Madrid, en presencia de Perón, Isabelita y el secretario del exdictador, y cabecilla de sus sicarios de ultraderecha, José López Rega. Este último, apodado el Brujo por su dedicación profesional a las supercherías ocultistas, negó inicialmente que ese fuera el cadáver de Eva Perón, pero después lo sometió a macabros exorcismos (¿equivalentes a la hipotética santería nocturna de Santa Clara entre Fidel y el Che?) para transmitir su espíritu a Isabelita.

Venganza sutil

El traslado de las cenizas de Fidel Castro desde La Habana hasta Santiago de Cuba, con la parada en Santa Clara, y con homenajes multitudinarios en todo el trayecto, espontáneos o forzados como algunos de los que tributaron a Evita, me hizo recordar los velorios itinerantes que propuso celebrar, sin éxito, el entonces obsecuente secretario de la Confederación General del Trabajo argentina. Pero también me trajo a la memoria el ya citado cuento de Jorge Luis Borges: “El simulacro”.

Borges, liberal, conservador y refinado admirador de las culturas anglosajona y escandinava, no soportaba el clamor de las multitudes de descamisados que rendían pleitesía al demagogo vociferando: “¡Alpargatas sí, libros no!”. Pero el peronismo se ufanaba de castigar a los opositores, enviándolos a la cárcel o al exilio. O humillándolos. Esto fue lo que intentó hacer con Borges: apenas Perón asumió su primera presidencia, en 1946, el alcalde de Buenos Aires trasladó al escritor díscolo de la biblioteca municipal donde trabajaba a la inspección de pollos y conejos de los mercados municipales. Su renuncia fue fulminante. Y cuando le llegó la hora de vengar el agravio, lo hizo con la sutileza ejemplar que es patrimonio de los sabios. Lo analiza Gambini:

En un cuento titulado “El simulacro”, Jorge Luis Borges narra la instalación en un pueblito chaqueño de una precaria capilla ardiente “con una caja de cartón y una muñeca de pelo rubio” a la que velaba un hombre a quien todos le daban el pésame y le ponían dos pesos en una alcancía de lata. Dice el escritor: “La historia es increíble pero ocurrió y acaso no una vez sino muchas, con distintos actores y en diferentes locales. En ella está la cifra perfecta de una época irreal y es como el reflejo de un sueño o como aquel drama en el drama, que se ve en Hamlet. El enlutado no era Perón y la muñeca rubia no era la mujer Eva Duarte, pero tampoco Perón era Perón ni Eva era Eva, sino desconocidos o anónimos (cuyo nombre secreto y cuyo rostro verdadero ignoramos) que figuraron, para el crédulo amor de los arrabales, una crasa mitología”. Esta cruel ironía de Borges refleja –a pesar de él mismo– una atenta observación de la sensibilidad popular del momento.

Necrologías imaginarias

Todo esto ya pasó. ¿Qué queda de los protagonistas? Imaginemos sus necrologías.

El cadáver de Juan Domingo Perón, con las dos manos misteriosamente amputadas, está arrumbado en su antigua finca de San Vicente, escenario de muchas juergas, en el extrarradio de Buenos Aires.

Evita ocupa un mausoleo en el cementerio más aristocrático de Buenos Aires, la Recoleta, rodeada por los opulentos panteones dinásticos de esos oligarcas que tanto aborrecía y lejos de sus “queridos grasitas”, como ella llamaba a sus adoradores.

Las cenizas aún tibias de Fidel Castro aguardan, en el cementerio de Santa Ifigenia, en Santiago de Cuba, que la historia confirme el juicio condenatorio que ya pesa sobre él por su implacable despotismo.

Y Jorge Luis Borges descansa en paz en el cementerio de Plainpalais, en su amada Ginebra, con fragmentos de sus admiradas sagas nórdicas grabados, en la lengua original, sobre la lápida de su tumba.

También las sepulturas marcan la inmensa distancia geográfica, moral e intelectual que separa a un gigante eterno de la cultura, por un lado, de los efímeros sátrapas sin ley, por otro.

Origen: Eduardo Goligorsky – Evita, Borges, Fidel – Libertad Digital

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s