Buenos Aires, una ciudad tomada 

Debe cesar ya la inexcusable pasividad de las autoridades ante los piquetes, que el año pasado se registraron a razón de 2,6 por día en la Capital

Una escena tristemente cotidiana que ha convertido la Capital en un infierno. Foto: Archivo / Hernán Zenteno

En la sufrida ciudad de Buenos Aires se han multiplicado exponencialmente los cortes de calles y los atropellos y trastornos de todo tipo en plena vía pública realizados por grupos organizados, algunos de los cuales actúan armados con palos y con sus caras cubiertas con máscaras.

Si esta situación continúa, podría transformarse en presagio de desórdenes mayores, que algunos creen que ya flotan en el ambiente impulsados por los perversos objetivos políticos de algunos personajes inescrupulosos.

Lo más grave, sin embargo, es que las autoridades de la ciudad no reaccionan ni cumplen con sus deberes básicos ineludibles, como son los de asegurar la tranquilidad social, proteger la seguridad personal de todos sus habitantes y garantizar su derecho al libre desplazamiento.

La Capital parecería haber quedado peligrosamente expuesta a un fenómeno que bien podría denominarse de “ciudad tomada”, donde la ley no se cumple ni respeta. Sus autoridades habían anunciado irresponsablemente que no harían absolutamente nada por cambiar esta situación hasta el 1º de enero del corriente año, fecha a partir de la cual se produjo la fusión de la Policía Federal con la Metropolitana para conformar la flamante Policía de la Ciudad.

Pues bien, el año comenzó y el lunes pasado, primer día hábil del año, hubo dos piquetes en la ciudad y la policía no dio señales de vida. Uno de ellos tuvo lugar en la calle Marcelo T. de Alvear, que padeció un corte organizado por trabajadores que protestaban ante el Ministerio de Educación.

Es de esperar que la nueva fuerza policial, con las directivas adecuadas, sea una eficaz herramienta para poner orden sin violencia en una ciudad que, en diciembre último, padeció nada menos que 3,6 piquetes diarios -y 2,6 por día en todo el año- mientras las policías Federal y Metropolitana brillaban por su ausencia.

Las calles fueron ocupadas por la prepotencia y la intimidación de las que son víctimas todos quienes tienen que circular por ellas. Una lamentable espiral de desorden que se ha desatado amenaza con crecer aún más si no se le pone coto.

La ciudad tampoco es un caso aislado. En todo el país, el año pasado se efectuaron 6491 cortes de vías públicas, un tres por ciento más que en 2015. Salta a la vista el constante incremento de este lamentable fenómeno. El gobierno nacional hizo su parte concediendo debatibles subsidios millonarios a las organizaciones piqueteras, a cambio de poco o nada. Ahora, el gobierno de la ciudad debe dejar de mirar para otro lado.

Hay quienes especulan que la llamativa pasividad de las autoridades obedecería al temor de que, con los cortes de calles, se busque producir algún incidente fatal que tuviera gravitación política. No es una explicación razonable.

Es que no hay excusas para una inacción que convierte la capital del país en un infierno cotidiano. Las autoridades no pueden desentenderse del cumplimiento de sus obligaciones de gobierno, pues eso es lo que hacen al abandonar desaprensivamente a su suerte a quienes han sido sus votantes.

Por desgracia, el piqueterismo tiene ya una larga y conflictiva historia entre nosotros. Los largos años del kirchnerismo le dieron vía libre para crecer y extenderse. Pero el imperio de la violencia y del hecho consumado no puede prevalecer. La ciudad de Buenos Aires debe regresar a la normalidad sin que pierda otro año. Ahora cuenta con una policía flamante. Su gobierno y el nacional pertenecen al mismo signo político. Ya no hay, por lo tanto, ninguna excusa para la pasividad.

Origen: Buenos Aires, una ciudad tomada – 07.01.2017 – LA NACION

Fijense en la imagen del “piquetero” lleva una remera con la imagen del Che.

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