Yo, Lagomarsino

Dos años después, el hombre que le entregó el arma a Nisman dice: “A mí nadie me putea por la calle”.

Diego Lagomarsino en su primera conferencia de prensa, el 28 de enero de 2015.

Héctor Gambini

Acá todos mienten. Te lo puedo asegurar. El caso Nisman está lleno de mentiras por todos lados. El único que dice la verdad soy yo. Si la ves a Iara Nisman decile que todo lo que yo dije es la verdad absoluta. Te lo juro por mis hijos que están acá, al lado mío”.

Diego Lagomarsino no responde al estereotipo del técnico en computación reservado, observador, tímido. Así luce en algunas notas por TV. Pero ahora, en el teléfono, es verborrágico, directo, abrumador. Durante dos largas conversaciones demostrará tres cosas: que conoce el expediente Nisman con una minuciosidad de artesano; que lee, mira, ve y estudia todo lo que se dice sobre el caso y sobre él, y que cree que Nisman se suicidó. Con mil palabras, incluso algunas que parecen viajar en la dirección contraria, siempre llevará hacia la misma conclusión.

Lagomarsino cumplió 40 años y oscila en el deseo de una vida normal que no lo es. En la columna de la normalidad: sigue viviendo con su mujer y sus hijos en su casa de Martínez; mantiene intactas las relaciones con sus vecinos y sus amigos; sigue trabajando como técnico en informática. En la otra columna: va a terapia desde que Nisman murió; casi no sale a shoppings ni al cine; no puede salir del país sin permiso de la justicia. Casi todos los días hace ejercicio para estar cansado y dormir bien.

Por más que corra, difícil escaparle al fantasma. El lo sabe. No importa qué haya hecho Lagomarsino hasta hace dos años ni lo que hará de aquí en más. Siempre será el hombre que le llevó el arma a Nisman. La vieja pistola Bersa 22 que mató al fiscal. La pistola que una vez heredó “de un tío de una prima… una cosa súper lejana. Estaba tirada en un galpón…”

-¿Dónde quedaba el galpón?

-Ah noooo, eso es una boludez. ¿A quién le importa eso? ¡Vamos a lo importante! Entonces lo llamo a Moro y le digo tengo esto, qué hago. Y él me dice que la registre en el Renar y fuimos dos veces a un polígono a tirar y nada más. Eso fue hace años.

-¿Y por qué quisiste ir a tirar?

-Porque siempre me atrajeron las armas.

-¿Y nunca más tiraste?

-No. Nunca más, ni con esa arma ni con otra.

¿Por qué, si te atraían las armas?

-Sí, pero después se me pasó.

Moro, el amigo que lo llevó a tirar, es Carlos Alberto Rodríguez, un ex agente de inteligencia de la Fuerza Aérea y de la Policía de Seguridad Aeroportuaria que le presentó a Nisman. ¿Lagomarsino es un agente? ¿Lo fue? El se ríe de eso. Lleva la situación a un ridículo. Se teatraliza a sí mismo pidiendo trabajo como agente secreto.

-No. Cero. Mi vinculación con los servicios es que mis facturas dicen servicios informáticos. No sé si eso te parece sospechoso…

Lagomarsino dice que Nisman le pidió un arma por si alguien lo atacaba estando con las hijas y que no sabe por qué le mintió, porque luego supo que las hijas no estaban con él, sino en Europa. Y dice que nunca, jamás, “ni en pedo” se le había pasado por la cabeza que Nisman quisiera suicidarse. El arma que él dice que entregó no tenía sus huellas: “Mi perito me dijo que podían estar bajo la sangre, o que Alberto las limpió”.

-¿Y si lo mataron y las limpió el asesino?

-Qué se yo. Ponele. Hasta ahora, igual, nadie pudo explicar cómo fue la mecánica para que hubiera otra persona ahí adentro.

Dice que todos hacen suposiciones sin haber leído la causa, que hay tres pericias que coinciden en que la muerte del fiscal fue el domingo al mediodía (y no el sábado a la noche, muy cerca de la hora en que él estaba en el departamento) y que él no quedó pegado al caso Nisman. “Me pegaron, que es distinto”.

-Pero ¿vos entendés que sos el último que admite haber visto vivo a Nisman y encima le llevaste la pistola que lo mató?

-Yo lo que entiendo es que estoy parado en un baldío y quieren construirme un edificio alrededor. Eso es lo que está pasando conmigo.

-¿Por qué tenías una cuenta con Nisman en el exterior?

-Ufff, ya lo dije mil veces. La cuenta era de él con la madre y la hermana y después me explicó eso de que era políticamente expuesto y si yo podía figurar en esa cuenta y yo acepté. Me pareció bien. A ver, no era el Gordo Valor el que me lo pedía. Era un fiscal de la nación.

El segundo aniversario de la muerte de Nisman le llega en una pelea casi personal con Sandra Arroyo Salgado, la ex mujer del fiscal. El dijo que le tiene miedo. Arroyo Salgado le contestó que no debe temerle porque ella no guarda armas en su casa. Ahora la jueza federal de San Isidro usa su computadora personal sin conexión a internet, por temor a cualquier hackeo, y el técnico informático se queja de las “suposiciones” de la jueza en su contra. “Yo no sé por qué ella supone tanto sobre mí. Creo que su problema en la causa es que me tiene a mí en el medio y como no me puede sacar me tiene que meter…”.

-¿Vos te llevabas bien con ella?

-Perfecto. Le hice un montón de trabajos y teníamos un trato cordial.

-¿Y por qué no la llamaste cuando apareció Nisman muerto? ¿No le diste el pésame, nada?

-Mirá, la verdad, se lo comenté a la fiscal Fein y me dijo “usted no habla con nadie”. Fue por eso. Por obedecer a la justicia. Después, ya no se dio, y ahora, la verdad, ya pasó el momento…

Una enumeración objetiva de hechos dice que Lagomarsino es un técnico en informática que tenía una cuenta con Nisman en el exterior, trabajaba con él hacía ocho años, heredó un arma de un pariente indefinido que estaba en un galpón indefinido y le pidió a un amigo agente de inteligencia que lo llevara a tirar. Que tiró dos veces y nunca más. Pero aquella arma ignota terminó matando al fiscal que denunciaba a la ex presidenta. Que él la llevó pero el arma no tenía sus huellas. Y que hubo borrado de huellas informáticas en la computadora y el celular de Nisman unas horas después de que él, técnico informático, pasara por el piso 13 de Puerto Madero.

El también relativiza eso. Enumera programas de computación, herramientas de software. Está en el medio del tránsito porteño y pregunta para qué lado es mano Paraguay. Maldice porque dobla mal en Esmeralda. En la primera conversación parece enojado, hiperactivo. En la segunda está atento a sus hijos, que juegan en una pileta cercana.

Le pregunta al periodista qué piensa del caso y cuando oye que el periodista cree que a Nisman lo mataron lo desafía a discutir cada punto. “Dale, dale, decime que no te estoy grabando”, azuza. Y simplifica: “¿Sabías que Nisman era narcisista? Bueno, tuvo miedo de que lo destruyeran en el Congreso…”. Un silencio completa lo que Lagomarsino induce pero no dice: …por eso se mató.

-¿Cuánto conocías a Nisman?

-Yo a Alberto lo conocí mucho tiempo, que no es lo mismo que conocerlo mucho.

-¿Y si murió el sábado a la noche?

-¿Qué pasa?

-Vos estabas ahí.

-¡Pero ninguna pericia lo dice! Y además, dale, vamos al sábado a las 21. Yo ya me había ido. El domingo a la mañana tuvo que haber alguien adentro porque se conectó a internet, vio los diarios y eso. ¿Te das cuenta del absurdo? ¿Matan a un tipo y se quedan al día siguiente ahí adentro?

-Si la zona estaba liberada podían hacer lo que quisieran…

-¡Pero no! Con el cuerpo apoyado contra la puerta del baño. Nadie podría haber salido de ese baño.

-El primer médico que lo vio dijo que al cuerpo lo movieron. Que cuando la policía le sacó fotos no estaba como cuando él lo dejó…

-No, pero la enfermera lo contradijo y él después dudó…

Y así. Lagomarsino sabe a qué hora se entregan los diarios en las torres Le Parc y cada detalle del expediente. Si quiere refutar algo indica, por ejemplo, fijate la declaración que hizo Arroyo Salgado en Animales sueltos (el programa de TV de Alejandro Fantino), minuto 17 al 19. Todo de memoria. Parece tener cada foja en la cabeza. ¿Seguiría interesado en el caso si fuese sobreseído? “Yo no soy egoísta. A mí me preocupa mucho la República y quiero saber qué pasó lo mismo que cualquiera. El mundo está lleno de gente egoísta. Yo no lo soy”.

-¿Qué te dice la gente por la calle?

-Te aclaro que yo odio decir “la gente” porque eso es generalizar y no me gusta. Pero a mí nadie me puteó en la calle. Jamás. Todo lo contrario. Te lo juro. Me han dicho: “En la que te metieron, flaco…”.

-¿Y por qué no vas al cine o a un shopping?

-Porque no tengo ganas.

Aquella enumeración objetiva de los hechos construye el edificio en el baldío en que Lagomarsino dice que estaba. La justicia debería definir muy pronto si esos ladrillos son de papel o de acero.

Origen: Yo, Lagomarsino

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