DONALD TRUMP: AGENTE DE CAMBIO por Jorge Riopedre

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Más que divagar sobre lo que el recién estrenado presidente de Estados Unidos, Donald Trump, hará o dejará de hacer en los próximos cuatro años, yo prefiero preguntarme por qué Trump llegó a la presidencia cuando desde las primarias hasta
el mismo día de las elecciones se le tenía por un cadáver político insepulto.
El libreto de la fórmula ganadora pertenecía a Hillary Clinton. Así suele suceder cuando todas las expectativas se inclinan por un candidato político predecible, un dirigente tradicional, con resabios o excentricidades tolerables, corrupto, pero dispuesto a jugar con las cartas marcadas de la élite gobernante. Una receta probada durante más de dos siglos que no se ajustaba a la oratoria y modales del empresario neoyorquino. Entonces, ¿cuál era su secreto?

No lo sé, pero en un intento por acercarnos a una respuesta razonable se puede empezar por comprender que el problema con el nuevo presidente estadounidense consiste en que se trata de un agente de cambio, el mensajero de una innovación sin precedente en Estados Unidos ante el agotamiento de las normas conocidas o aceptadas por una parte substancial de la sociedad estadounidense. Salvando distancias, por supuesto, abundan ejemplos históricos de cambios radicales memorables, desde Jesús echando a los mercaderes del templo hasta Lope de Aguirre, Mijaíl Gorbachov, Mahatma Gandhi, Juan Domingo Perón o el propio Fidel Castro, cambios impredecibles que en muchos casos no terminan bien (como en Cuba) pero marcan un antes y un después; un cambio de época.

Pocos se atreverán a discutir que gran parte de nuestra visión del mundo ha cambiado o ha quedado obsoleta con el advenimiento de la globalización y la subsiguiente revolución en las comunicaciones y la tecnología, imponderable que ha desplazado a millones de estadounidenses confinándoles a la miseria. Hollywood, la élite artística que otrora fomentaba el patriotismo debe tener cuidado con sus burlas y desprecio por las clases bajas, los trabajadores del carbón y otras industrias ahora desempleados, que votaron por Trump. Eso no se olvida.

En la jerga deportiva Estados Unidos luce muy bien en el papel, parece un equipo de primera división invencible, como una vez Roma, España, Francia e Inglaterra pasearon sus pendones por el mundo imbuidos de la gracia de Dios y el espejismo de la eternidad. La sociedad estadounidense relativamente homogénea de la Segunda Guerra Mundial ya no existe, su nueva fibra universal, tan buena o mejor que la anterior, tardará más de un siglo en crear su propia identidad. Mientras tanto, basta un pequeño resbalón para que el andamiaje se desarme. Esta no será la guerra civil del Sur contra el Norte, sino separatismo en cadena y reclamo de territorios largamente perdidos.

Trump llega en una etapa definitoria del mundo del mañana, cerca, muy cerca, al doblar de la esquina. Como agente de cambio es de esperar que forje nuevas alianzas, normas de comercio y reglas militares. El mundo no puede prescindir de un policía universal, cada época desde el final de la prehistoria ha dado cuenta de una fuerza dominante árbitro del mundo, poder al que muchos aspiran pero pocos alcanzan. ¿Quién lo puso ahí? Interrogante que puede hacer las delicias de teólogos y dialécticos una tarde cualquiera.

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