A 20 años del crimen de Cabezas, la Justicia sigue en deuda

Fernando González

Cabezas: a 18 años, un renovado pedido de justicia

La muerte de José Luis Cabezas fue diferente a la de Alberto Nisman. Y fue diferente no sólo porque ambos hechos ocurrieron con 18 años de distancia y entonces no existía el exhibidor público de las redes sociales. Sino por otra cuestión básica. Desde que lo encontraron en la cava de Pinamar, muerto, maniatado, con dos tiros en la cabeza y quemado dentro de un auto, se supo que el talentoso fotógrafo de la revista Noticias había sido asesinado. En el caso Nisman todavía no se pudo determinar siquiera si se disparó o si le dispararon. Aquel 25 de enero de 1997 comenzó una saga policial, judicial y política que conmovería a la Argentina pero que nunca alteró la certeza de aquel crimen tremendo.

Como a Nisman en los dos últimos años, a Cabezas también se buscó ensuciarlo personalmente, complicarlo con personajes como Pepita La Pistolera y acusarlo de comportamientos oscuros que jamás se pudieron comprobar, pero ninguna de aquellas tretas habituales del poder mafioso tuvo éxito. El empeño que puso su familia (sus padres, su esposa, su hermana), la determinación de difundir el caso de la mayoría de los periodistas y el esfuerzo de algunos pocos dirigentes políticos y algunos pocos funcionarios judiciales lograron que la investigación y el juicio avanzaran hasta llevar a la cárcel a los culpables. Salvo en el caso del autor intelectual, Alfredo Yabrán, quien eligió suicidarse antes que enfrentar a un juez. Pero el ex policía Gregorio Ríos (jefe de seguridad de Yabrán que contrató a la banda criminal del barrio platense Los Hornos) y Gustavo Prellezo (encargado de liderar el operativo y dispararle a Cabezas) y el resto de los personajes asociados al crimen, terminaron condenados. Así sucedió con los horneros Miguel Retana, José Luis Auge, Horacio Braga y Sergio González, y también con los policías Sergio Camaratta, Aníbal Luna y con el ex comisario Alberto Gómez, quien preparó la zona liberada para el crimen. Dos de ellos, Camarata y Retana, ya están muertos.

Todos terminaron cumpliendo penas de reclusión de entre ocho y diez años que debieron ser perpetuas. Es allí donde surgió el complemento de impunidad que empañó aquella movilización de buena parte de la sociedad para que el crimen se esclareciera. Este miércoles 25 de enero, cuando se cumplan 20 años de la muerte de Cabezas, la Argentina vivirá la paradoja imperdonable de tener a todos los acusados vivos en libertad.

Algo sigue funcionando mal en las instituciones del país adolescente para que ni siquiera uno de los asesinos de Cabezas esté hoy en prisión.

Una prueba más de que la Justicia con mayúsculas sigue siendo una de nuestras grandes materias pendientes. De hecho, Prellezo (el policía que le disparó a Cabezas) fue el que despertó la mayor polémica al conocerse, a fines de diciembre, el fallo judicial que lo liberó definitivamente.

Hacía siete años que pasaba sus días de libertad condicional en su casa; se había recibido de abogado y ahora está a punto de recibirse de escribano. Y la polémica está instalada. ¿Puede ejercer como escribano alguien que asesinó a otra persona a sangre fría?

El crimen de Cabezas, más allá de las deficiencias de la Justicia para castigarlo, impactó profundamente en la Argentina de fines de la década del ’90. Después del suicidio de Yabrán en 1998, su imperio empresario fue desmantelado. Ya ningún dirigente político quiso participar del esquema de financiamiento con el que el empresario entrerriano se había ganado la simpatía de Carlos Menem, de muchos de sus colaboradores y de numerosos legisladores tanto del Partido Justicialista como de algunos de la Unión Cívica Radical. El menemismo perdió las dos elecciones siguientes y debió despedirse del poder. Y, lo más importante, no volvió a haber asesinatos de periodistas por parte de algunos de los protagonistas de la realidad como sucedió con José Luis.

“Sacarme una foto es como pegarme un tiro en la cabeza”, había advertido Yabrán antes que, efectivamente, un reportero gráfico dedicado a su trabajo le tomara una buena cantidad de imágenes mientras caminaba por la playa de la mano con su esposa. Unaamenaza que resultaría infantil en esta actualidad de Twitter, Facebook e Instagram. Nadie medianamente sensato podría arrogarse el privilegio de que nadie conozca su cara cuando las fotos de cualquier individuo están al alcance del teléfono.

Pero eran otros tiempos. Luego de haber ordenado el crimen de Cabezas y poco antes de suicidarse, Yabrán intentó cambiar su imagen mafiosa.

Concedió varias entrevistas y en una de ellas, con cuatro periodistas del diario Clarín, el inconsciente le jugó la peor trampa. “Tener poder es tener impunidad”, fue la frase con la que descubrió su oscura concepción de la vida y del destino.

Afortunadamente y pese a las debilidades institucionales que la Argentina siguió exhibiendo en estas dos décadas, los márgenes de impunidad se han acotado. Pero allí están las muertes deNisman, vinculada a los atentados nunca esclarecidos a la AMIAy la Embajada de Israel. Allí están las muertes de la tragedia de Once o la desaparición de Julio López, junto a miles de casos mucho más anónimos que se producen cada día para certificar que es muy extenso el camino a recorrer hasta que la Justicia se convierta en un pilar que sostenga en serio a la democracia.

Origen: A 20 años del crimen de Cabezas, la Justicia sigue en deuda

Como todos los años ,mi sincero homenaje y recuerdo  para José Luis y familia.

No se olviden de Cabezas

AB

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