La Gran Colombia ,por Jorge Riopedre.

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Se escucha a menudo, cuando sale a discusión el tema de la reiterada convulsión socioeconómica de América Latina, que esto sencillamente responde a una repetición de la historia, lo cual suscita casi siempre un estéril debate dialéctico o teológico ante la imposibilidad de aportar una explicación empírica a su pretendida recurrencia.
Yo propongo que la historia no se repite; lo que se repite es la cultura, esa norma de conducta que todos absorbemos en el lugar donde nacimos o en el lugar donde nos criaron. Nadie puede erradicar de raíz ese mapa biocultural implantado en nuestro subconsciente desde que irrumpimos en la vida: la visión del mundo que nos rodea, sus olores, sabores, ritmo y percepción de la realidad; creencias y tradiciones fundidas en lo más profundo de nuestro cerebro que nos acompaña desde la cuna hasta la tumba. Sólo hay una manera de escapar o modificar su repetición ancestral: emigrar a otra cultura, pero eso sí, conscientes de la advertencia expresada por Francisco de Quevedo, “Nunca mejora de estado quien muda solamente de lugar y no de vida y costumbres”.

Ahí radica el mayor desafío de los latinoamericanos que emigran a Estados Unidos, la
renuencia a la asimilación de la cultura estadounidense, aunque es de esperar que la mayoría de sus descendientes no confronte este dilema por haber nacido en el lugar de adopción de los padres. Sin embargo, los que no pueden escapar de Venezuela, Cuba, México y otros países de la región (las masas que pueblan cerros, llanos, ciudades y favelas), permanecerán sujetos a la servidumbre de Estados que carecen de sistema judicial independiente, pluralismo político, centros de educación pública e industrias para equilibrar la exportación de materias primas. Por lo tanto, la experiencia apunta a una permanente repetición de esa cultura, con breves ciclos de democracia esporádica, contaminada por una corrupción crónica.

Este determinismo parece tener su origen en la cultura del colonialismo español heredada por los criollos engendrados por los segundones audaces pero chapuceros que colonizaron la región. Pedro Juan Navarro (Dictadores de América, 1936), plantea, por ejemplo, que con Simón Bolívar “desapareció el más grande Dictador de la América del Sur y su figura más enigmática. Se ha hecho de Bolívar el símbolo del hombre de estado republicano, cuando es evidente que el soñó toda su vida con una dictadura imperial de vastas tierras remotas”.

Bolívar define la democracia como “un estado de cosas tan débil que el menor obstáculo la derrumba y la arruina”. Para él, democracia y libertad no eran conceptos equivalentes o complementarios sino antagónicos, porque “el gobierno democrático absoluto es tan tiránico como el despotismo”. Bolívar remata este razonamiento con la necesidad de garantizar el continuismo político, porque “no debe dejarse todo al azar y a la aventura de las elecciones”.

Las ideas vertidas por Bolívar en la Constitución de Bolivia pertenecen a otra época, un criterio que no se debe extrapolar al chavismo, pero no obstante sugiere que El Libertador luchó por la independencia no por la democracia o la libertad de los países que liberó del yugo español, opinión compartida por veteranos de la guerra de independencia de Cuba, según relata en sus memorias Orestes Ferrara (Una mirada sobre tres siglos, 1975). ¿Cuál podría ser la actualidad de este argumento?

La integración de América Latina, concebida por Bolívar como La Gran Colombia y propugnada ahora por la revolución bolivariana encabezada originalmente por Hugo Chávez y dirigida por Fidel Castro, no puede concretarse sin la adhesión de Colombia al denominado Socialismo del Siglo XXI. La coreografía histórica de este disparate floreció en el llamado manicomio castrista. Así como el castrismo sostiene que José Martí es el autor intelectual del absolutismo político que rige en la isla, la revolución bolivariana esgrime los conceptos antidemocráticos de Bolívar como justificación de su permanencia en el poder.

Es lamentable que gente sin escrúpulos apele a pasajes históricos fuera de contexto empañando todo lo bueno que nos legaron El Libertador y El Apóstol, pero más deplorable aún es que el ex presidente de Estados Unidos, Barack Obama, se haya prestado a respaldar las negociaciones de paz con las FARC, trampa diplomática diseñada en Cuba para incorporar a su imperial proyecto caribeño la Casa de Nariño.
No hay regreso, la cultura se repite.

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