Espíen a Nisman

Hasta el día de su muerte, el fiscal estuvo rodeado por agentes de inteligencia que sabían todo sobre él.

Héctor Gambini

Los WhatsApp que el espía Moro Rodríguez intercambió con Nisman el viernes antes de que lo hallaran muerto en Puerto Madero.

Al canciller lo tengo hasta las bolas.

Dos años antes de su denuncia contra la ex presidenta y de su extraña muerte, Alberto Nisman hablaba con su amigo Carlos Alberto Rodríguez, un agente de Inteligencia de la Fuerza Aérea y de la Policía de Seguridad Aeroportuaria que se fue a vivir a España tras un sospechoso asalto donde no le robaron nada. Poco después de firmado el memorándum con Irán, en 2013, ya había agentes que sabían lo que Nisman estaba preparando contra Cristina y parte de su gobierno. Desde ahí y hasta su muerte, Nisman vivió rodeado de espías, aunque quizá no supiera exactamente quién era quién.

A Rodríguez le dicen El Moro casi desde que empezó, en 1980. Había demasiados “gallegos” entre los apodos de los servicios y como él andaba siempre bronceado un compañero lo bautizó así: Este no es gallego, es moro. Le quedó. En el 89, El Moro fue uno de los agentes de inteligencia que trabajaron en la causa del copamiento al cuartel de La Tablada. El juez federal de Morón, Gerardo Larrambebere, había constituido su juzgado adentro del cuartel para las indagatorias a los terroristas sobrevivientes, e instruía el caso con dos de sus secretarios. Uno de ellos acababa de cumplir 25 años y se llamaba Alberto Nisman.

El joven secretario y el entonces espía de la Fuerza Aérea empezaron a llamarse por cuestiones ajenas al trabajo y se hicieron amigos.

Un tiempo después, el hermano de El Moro le presentó a un pibe que arreglaba computadoras y podía ayudarlo cuando a él se le colgara algún programa. Pasó un tiempo hasta que El Moro lo llamó para un trabajo. Empezó a recomendarlo, y así fue como Diego Lagomarsino llegó a Nisman. Al menos, así lo cuentan El Moro y Lagomarsino, aunque éste último primero dio otra versión que luego cambió.

Nisman siguió su carrera judicial, que alternaba con la docencia. En la facultad de Derecho fue ayudante del juez Roberto Hornos en un postgrado donde se había anotado para cursar una joven abogada que trabajaba en la Defensoría Oficial. Sandra Arroyo Salgado vio a Nisman allí por primera vez. Un tiempo después, un compañero de Nisman de aquellos tiempos en Morón convenció a Arroyo Salgado para que aceptara alguna de las invitaciones a salir que le hacía Nisman. Era Guillermo Montenegro, luego fiscal federal, ministro de Seguridad porteño y ahora embajador en Uruguay.

Nisman y Arroyo ya estaban casados y tenían a su primera hija, Iara, cuando se encontraron en San Isidro con el viejo amigo de Alberto, que apareció con su esposa para saludarlos y sentarse en su mesa. Arroyo recuerda que fue en los días en que se estaba creando la fiscalía especial para la investigación del atentado a la AMIA. El Moro Rodríguez se puso a disposición de la pareja. Hablaron de la vida, pero El Moro no decía en esos encuentros familiares de qué trabajaban él ni su mujer, que también era agente de la Policía Aeronáutica. A los pocos meses, la pareja anotó a su hija en la misma escuela donde iba Iara Nisman.

Sandra Arroyo Salgado declaró a la justicia que El Moro siempre estaba atento a cualquier necesidad de la familia, a tal punto que les consiguió la suite presidencial de la clínica Suizo Argentina cuando nació Kala, su segunda hija.

Un tiempo después, cuando Nisman le contó a El Moro que el presidente Kirchner había puesto a Antonio Stiuso para trabajar con él, El Moro lo previno: “Cuidate”, le dijo. “No caigas en las redes de los servicios”.

Nisman y Stiuso empezaron a llevarse bien, pero el Moro dice que es completamente inverosímil que Stiuso le haya dictado la denuncia contra Cristina, como sostienen cerca de la ex presidenta. “El que dice eso no lo conocía a Alberto”, dice El Moro, que pasó fugazmente por Buenos Aires y aceptó conversar con Clarín en un shopping porteño.

Para él, Nisman estaba completamente infiltrado por los servicios. “Es lo común en estos casos. Todos quieren estar informados”, dice El Moro. Y afirma que a Nisman lo seguían servicios iraníes más la Side, la Policía Federal y la Prefectura, para empezar a hablar.

Stiuso suma a estos grupos a otros espías “paralelos” relacionados con Alfredo Pocino, ex director de la Side. “Eran agencias privadas con gente nuestra, de la Policía, Prefectura y Gendarmería… En esta causa incluso se menciona a Milani”, declaró Stiuso en la justicia. En el mundo de los espías mueven otro dato hasta hoy no comprobado: que el propio Milani pudo haber estado en las cocheras de las Torres Le Parc mientras Sergio Berni esperaba a la fiscal en la escena del crimen.

Nisman tenía una fatwa de los iraníes: una orden religiosa de asesinato. Pero sabía que podía estar en la mira de cualquiera de los otros servicios. Después de que mataran al Lauchón Viale en su casa de Moreno -el espía era la mano derecha de Stiuso y su crimen siempre se adjudicó a una feroz interna entre los servicios-, Nisman le dijo a Stiuso: “El próximo voy a ser yo”. Era julio de 2013.

El Moro sigue siendo amigo de Lagomarsino. Cree en él, sostiene que no es Lagomarsino quien mató a Nisman, pero sin embargo está convencido de que fue un asesinato. El Moro intercambió mensajes por WhatsApp con Nisman el viernes anterior a su muerte, cuando el fiscal le envió la tapa de la revista Noticias con su cara. El Moro le mandó un mensaje sobre el valor en una frase de Chaplin, pero el lunes a la madrugada quiso contactarlo desde España (era la noche del domingo en Buenos Aires) y Nisman ya no le contestó. Estaba muerto.

Nisman había interrumpido vacaciones en Europa para llegar a Buenos Aires decidido a presentar la denuncia que hizo ante el juez Lijo y que iría a ratificar en una sesión del Congreso que la mayoría kirchnerista había conseguido que fuera secreta. No se esperó el tiro en ese momento, pero en el expediente figura que había prefectos que seguían sus movimientos y se referían a él como Delta Main (o Delta Mike), cada vez que entraba o salía de su departamento. A quiénes lo informaban, para qué, y qué significaban esas claves es algo que sigue en penumbras. Nisman había denunciado amenazas en su contra, donde lo llamaban “pajarito”.

Los policías federales que presuntamente debían custodiarlo también informaban de sus pasos. La verticalidad llegaba hasta el comisario Roque Luna, miembro de la plana mayor de la Federal. Y luego al jefe, el comisario Román Di Santo, quien mantenía al día de todo lo que ocurría en la fuerza a su superior inmediato, el ex secretario Berni. Luna -en la práctica, el jefe de Inteligencia de la Federal-, Di Santo y Berni estuvieron en la escena del crimen, formando parte de la ya célebre manada de búfalos que actuó en el lugar durante las primeras horas tras el hallazgo del cuerpo.

Luna fue separado de su cargo siete meses después de la muerte de Nisman. La superintendencia que dirigía (Interior y Delitos Complejos) quedó en manos de quien también llevaba el área de Drogas Peligrosas y ahora es el jefe máximo de la Federal, Néstor Roncaglia. Los motivos de la separación de Luna nunca se aclararon. Arroyo Salgado declaró que fue justamente a Luna a quien le dijo que la familia quería participar en la autopsia con un perito de parte. Cuando llegaron, la autopsia ya se había hecho y Luna le dijo que “no había tenido oportunidad” de transmitir su pedido.

Los custodios están ahora imputados por incumplimiento de los deberes de funcionario público, aunque siguen perteneciendo a la Federal. Incluso Armando Niz, el hombre que el domingo estaba trabajando aunque el martes debían extirparle un riñón. Justo él fue quien encontró a Nisman muerto en el baño.

El jefe de ese pequeño grupo de hombres era Rubén Benítez. El fue quien dijo que Nisman andaba pidiendo un arma. Lo mismo que luego diría Lagomarsino. Sólo ellos dos saben si esto es cierto. Ambos se conocían de su trabajo cerca de Nisman y ahora ambos están imputados. Benítez integraba la custodia que, según los agentes de inteligencia, vigilaba a Nisman. Si lo vigilaba también Lagomarsino es una hipótesis que Lagomarsino niega y que El Moro no comparte. Sí se supo que Benítez dijo que el sábado 17 de enero, cuando contó que Nisman le pidió el arma, se olvidó el celular. El teléfono hubiera permitido seguir sus movimientos. Nisman apareció muerto al día siguiente.

Lagomarsino admite que llegó a Nisman de la mano de El Moro, y que el arma asesina era suya. El sábado en que le llevó la pistola a Nisman figura en las planillas de acceso a Le Parc, pero el vigilador que lo dejó pasar -Maximiliano Gallardo- asegura que entró directo por orden de Nisman y que ellos no lo anotaron. ¿Por qué, tras la muerte del fiscal, aparece registrado? ¿Quién lo anotó y para qué?

Su condición de técnico en computación no lo exime de las sospechas sobre si hacía tareas de inteligencia. Stiuso, sin ir más lejos, es ingeniero electrónico.

Origen: Espíen a Nisman

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