Hugo J. Byrne-Mac Arthur

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Mi amigo y colega Roberto Luque Escalona a quien debo más de una cortesía, describe en uno de sus últimos artículos al General Douglas MacArthur como un soldado que “mandaba de lejos”. Se trata de sólo la mitad de un renglón y me sentí inclinado a ignorar el error.

Pero Luque lo hizo en el contexto de describir la comprobada veta amarilla de Fidel Castro. El paralelo no es justo ni históricamente correcto. Para aclarar ese record debo narrar lo que sigue. No me hace nada feliz contradecir a Luque, pero una cosa es diferir en opiniones y otra muy diferente ignorar la evidencia histórica.

Cuando serví en Ft. Jackson en 1963, el NCO a cargo de mi compañía era un First Field Sargeant llamado Meléndez. Meléndez era un mulato claro nacido en New York, de origen puertorriqueño y veterano del desembarco en Inchon durante la guerra en la península coreana. Cuando hablaba de esa operación que estuvo a punto de cambiar el rumbo de la historia contemporánea, lo hacía visiblemente emocionado: “Allí estuve con el viejito MacArthur, sacándole las castañas del fuego a los marines”. El viejo sargento veneraba la memoria de MacArthur y en eso no estaba solo.

La medida más rigurosa para evaluar la habilidad de comando de un guerrero es la opinión que tienen de él sus subordinados. Nadie se gana la lealtad de la tropa “mandando desde lejos”. El Capitán Malavé (conocido por “mala fe” en la Compañía B41), era un oficial con rango suficiente para comandar una compañía. No así el Primer Teniente Bosch, a quien todos respetaban por su total dedicación a la B4-1, a pesar de que apenas podía comunicarse en español.

 

La memoria del General William T. Sherman aún es vilipendiada en lugares como Georgia, Alabama y Carolina del Sur, por su “marcha hacia el océano”. La mayoría de sus críticos lo considera poco menos que un abusador uniformado y un vulgar matarife. Entre sus hombres, sin embargo, era conocido como “Uncle Willie”.

 

Meléndez no era oficial, sino un sargento de carrera, un “lífer” del Army, veterano de WWII y Corea y exhibía en su uniforme con orgullo las franjas verdes en los hombros (“epaulettes”) significando que había peleado en dos guerras. Eran tiempos remotos de celos absurdos entre el Army y la Infantería de Marina.

 

He leído diversas obras sobre MacArthur, entre ellas “Reminiscencias”, su notable autobiografía. No es común encontrar un soldado con real dominio literario, pero George S. Patton Jr., quien naciera en mi vecino pueblo de San Marino, hablaba francés, escribía poesía inspirada y prosa interesante. De su autoría conservo “War as I knew it”, reseña de sus experiencias bélicas en dos continentes, que de tanto uso ya se está pulverizando.

 

Aunque no me presento como autoridad en el tema de McArthur, he escrito extensamente sobre este personaje quien era sin dudas un altivo aristócrata, arrogante e insufrible… aparte de también ser un gran soldado, un patriota ejemplar y un hombre de extraordinario coraje personal. Con infortunada frecuencia la vida de cuartel no va acompañada de esas esenciales virtudes de comando.

 

Este artículo ni remotamente pretende ser una sinopsis de la biografía de McArthur. Sólo un recuento muy somero entre las muchas acciones de guerra en la primera parte de su carrera militar, cuando se distinguiera ejemplarmente como caudillo, siempre al frente de su tropa.

El primer servicio del joven MacArthur después de West Point fue para el Tercer Batallón de Ingenieros en octubre de 1903, durante el conflicto en Filipinas.  Estando aislado tuvo que enfrentar a dos insurgentes que lo emboscaron y quienes no pudieron hacer el cuento. Lo ascendieron a Primer Teniente en 1904.

Durante la intervención de Wilson en Veracruz en 1914, el Primer Teniente MacArthur se ocupó en persona y por su propia iniciativa de conseguir los materiales y las locomotoras para un ferrocarril que mantuviera el aprovisionamiento de la tropa. Es evidente que sin esa iniciativa los expedicionarios habrían encarado gravísimas dificultades.

Durante esa acción su pequeño destacamento fue repetidamente atacado por los soldados de Huerta. En una ocasión fueron emboscados por unos quince a veinte soldados de caballería. Los mejicanos fueron rápidamente diezmados, cuatro fueron despachados por McArthur en persona, antes de que volvieran grupas.

El entonces jefe de la expedición de Veracruz, Brigadier General Frederick Funston, antiguo Brigadier en nuestro Ejército Libertador cubano, héroe de Victoria de Las Tunas y único general del U.S. Army recipiente de la Medalla de Honor en la campaña filipina, recomendó que McArthur recibiera la misma suprema condecoración. Sin embargo, el panel militar considerando el pedido bajo la presidencia del Jefe del Estado Mayor, General Hugh Scott, declinó extender el honor: Conferir la medalla a MacArthur puede estimular que cualquier otro oficial enfrentado con similares circunstancias, ignore al comando local posiblemente interfiriendo con planes futuros. Una verdadera premonición a su posterior despido por Truman en Corea.

Como Jefe del Estado Mayor de la División 42 (“Rainbow”) el entonces Coronel Douglas MacArthur desembarcó en Francia en el último cuarto de 1917. Para esa época MacArthur había sido transferido, por petición personal, a la infantería. Durante la subsiguiente ofensiva MacArthur recibió menciones equivalentes a cinco Estrellas de Plata, condecoración creada formalmente en 1932 y conferida a MacArthur retroactivamente en esa ocasión.

En la ofensiva alemana del Marne-Champaña MacArthur recibió la Cruz del Servicio Distinguido. Estricto disciplinario con sus subalternos, MacArthur imponía el uso de máscaras anti gases, pero no las llevaba en su persona. Fue gaseado y hospitalizado dos veces durante la Primera Guerra Mundial.

Tras su ascenso al rango de General, Douglas MacArthur fue encargado del comando de la Brigada 84th de Infantería. En esa oportunidad realizó personalmente una dramática inspección en la “tierra de nadie” para comprobar que las fuerzas alemanas se habían retirado tras su derrota. De continuo tropezando con cadáveres alemanes en plena descomposición, en medio de un fétido paisaje lunar ausente de árboles o pájaros, pero ahíto de moscas, infecciones y “snipers”, MacArthur verificó la retirada enemiga.

El jefe aliado en ese sector, General Henri Giraud (quien fuera hecho prisionero en 1940, escapando espectacularmente de su cautiverio), le otorgó a MacArthur su segunda “Croix de Guerre”, el más alto honor militar de Francia a un soldado extranjero. Podría agregar más, pero no hay espacio aquí y mi tiempo lo demanda la muy dramática actualidad. Las acciones de MacArthur al frente de sus tropas, no solo a riesgo de su vida (sino de las vidas de su esposa e hijo en Filipinas) y después en Corea, tendrán que esperar a otra ocasión.

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