Jorge Riopedre -TRUMP Y LA ENFERMEDAD DE AMÉRICA

George F. Kennan, probablemente la voz más autorizada de la política exterior estadounidense del siglo XX, solía ilustrar problemas complejos con ejemplos sencillos.
Hablando en una ocasión sobre la expansión norteamericana del siglo pasado lo resumió con un golpe genial. “El escritor ruso Antón Chejov, que también era médico, una vez observó que cuando se recomendaba una gran variedad de remedios para una misma enfermedad, lo más seguro era que ninguno de ellos fuera adecuado y que la enfermedad fuera incurable”. De igual manera, remata Kennan, pese a sus argumentos, “a los expansionistas de 1898 simplemente les gustaba el aroma del imperio y sentían la urgencia de ubicarse entre las potencias coloniales de la época”.

El presidente Donald Trump parece tener un genuino deseo de curar América, pero está expidiendo diagnósticos y recetas tan atropelladamente que suscita la preocupación entre sus propios seguidores, porque ya no saben cuál es la urgencia que dicta su política. Aquellos que padecen de presión arterial o diabetes saben que sus dolencias no tienen cura, sólo pueden ser tratados con medicamentos y alimentación adecuada, estilo de vida que les permite llevar una existencia normal.
En términos sistémicos de otra naturaleza esto equivale a estabilidad política.

Sin embargo, Trump y la mayoría de los estadounidenses no acaban de entender que
la enfermedad de Estados Unidos puede ser tratada, pero no tiene cura. Se trata de un síndrome dictado por fuerzas superiores a nuestros caprichos, como son las migraciones, los cambios demográficos, culturales y tecnológicos; las guerras, las catástrofes, los imponderables. Roma terminó cuando se extinguieron los patricios; aquí hay una caldera tan diversa que nadie sabe lo que saldrá de ella.

A todo el planeta (no sólo a Estados Unidos) le conviene que Trump tenga éxito. El idealismo de un mundo sin fronteras es semejante a la utopía comunista de una sociedad sin clases, de una igualdad forzada. Una porción significativa del electorado norteamericano votó por Trump para que pusiera fin a la inmigración ilegal, creara trabajo, frenara la violencia interna y revitalizara la política exterior de Estados Unidos, tan debilitada por su antecesor. Sin embargo, algunas de sus riñas con periodistas y rivales políticos le distraen de sus principales objetivos.

¿Cuál sería la solución? El Partido Demócrata ya tiene la suya: un juicio político.
La revancha comprensible, pero improbable, de una agrupación apabullada en las elecciones presidenciales, inmovilizada por su ala de extrema izquierda y una marcada ausencia de liderazgo efectivo.

El Partido Republicano también debe aprovechar esta primavera electoral, cuando la brisa le besa la frente y todo parece color de rosa. Eso no suele durar mucho tiempo. La Diosa de la Fortuna no tiene paciencia con los idiotas que cuando tienen tanto lo pierden todo.

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