Hugo J. Byrne-¿Quienes somos los exilados?

Exilio cubano 1960

La historia no debe estudiarse como una disciplina aislada. Tal como todas las ciencias básicas, no puede separarse de los números y es imposible comprender el proceso histórico sin analizar la geografía física y política o la sociología de cada época.

No soy historiador sólo estudiante de historia, pero ese estudio tiene seriedad y método: la topografía de Cuba ha cambiado durante los últimos 58 años como resultado de su historia. El verdor de antaño ha sido remplazado por maleza parda en aquellas zonas que se dedicaban antaño al cultivo de azúcar de caña y de café. En un futuro cercano la falta de irrigación adecuada, de abono y rotación científica de cultivos, convertirán esas zonas en páramos, los que degenerarán en desiertos. Será un proceso muy similar al sufrido por muchas naciones de África y el Oriente Medio, a excepción de Israel, donde la creatividad humana por el contrario, ha convertido desiertos en vergeles.

Por eso afirmo que no es sorprendente que las dos obras más importantes que sobre Cuba y su pasado reciente se publicaran en el exilio, no fueran producto del trabajo de historiadores, sino de un hombre de finanzas y un sociólogo. Me refiero naturalmente al “Estudio Sobre Cuba” que la Universidad de Miami bajo la inspirada dirección del desaparecido José Álvarez Díaz publicara en 1963, así como de “Cuba, Mito y Realidad” del eminente sociólogo cubano, veterano paracaidista de Bahía de Cochinos y también fallecido, Juan Clark.

Una lectura sistemática de estas dos obras monumentales nos enseña no solamente el proceso criminal que durante más de medio siglo destrozara nuestra nación, subvirtiendo las profundas virtudes nacionales. También nos demuestra la posición relativa de Cuba en el concierto mundial antes de Castro y el alto nivel de autonomía económica que disfrutaba la sociedad cubana comparado no sólo al del resto de Hispanoamérica, sino al de los países más desarrollados. Empero, su primordial enseñanza histórica es de carácter demográfico y sociológico. Es relativa a lo que podemos apreciar sobre nuestra identidad nacional. Responde a la interrogante de quienes somos los cubanos exiliados, aunque la pregunta está incompleta, pues en el terreno práctico lo que debía preguntarse es ¿Quiénes son los exiliados desde 1959 al 2000?

El historiador inglés Hugh Thomas en su obra “Cuba: The Persuit of Freedom”, señala que la toma de La Habana por los ingleses fue un evento primordial en la formación nacional cubana. No concuerdo con Thomas en mucho, pero sí en esto. Con ese acontecimiento empieza el historiador inglés su análisis de la Cuba contemporánea.

En ese momento histórico, Cuba comienza a desarrollar una identidad propia y separada de España. La lucha desesperada contra el odiado invasor inglés, en la que el peso de la resistencia no cae en peninsulares sino en nativos dirigidos por el concejal criollo Pepe Antonio, unida a la gran expansión mercantil que surge después de la derrota y que continúa tras el retorno a la soberanía española, producen de acuerdo a Thomas, el nacimiento de nuestra identidad nacional.

El primer criollo quien se identifica netamente como cubano, es el bayamés José Antonio Saco, discípulo de Félix Varela, en un curso anterior a Luz y Caballero. Como Varela, Saco se vio expulsado de Cuba. A diferencia de la mayoría de sus contemporáneos, nunca claudicó. Fue un exiliado irreductible. Fustigó como ninguno la esclavitud y la trata. Quería liberar a los negros y retornarlos al África. El anexionismo, tan popular entre muchos de los separatistas de aquella época, fue anatema para Saco, quien se opuso a él con uñas y dientes.

Aunque La Guerra de los Diez Años desoló a Cuba y parcialmente a España, al producirse el Zanjón las esencias nacionales estaban intactas. Cuba era una isla de blancos y negros con un interés común, opuesto al interés colonial. La proporción étnica entre los cubanos de ancestro europeo y africano se había balanceado en la segunda mitad del siglo XIX por migraciones de peninsulares meridionales y en especial de Islas Canarias. Estos últimos colonizaron el campo, pues por tradicional antagonismo a Madrid, deseaban poner el mayor espacio posible entre ellos y el gobierno colonial de la Metrópoli. Este antagonismo fue caldo de cultivo en nuestra lucha independentista la que siempre fue esencialmente rural. Esa influencia isleña y meridional, también influyó en nuestra lengua. El cubano visitante de Las Canarias y de Andalucía puede fácilmente comprobar este aserto en la común manera muy incorrecta de hablar castellano, mutilando las consonantes finales.

Cuando en 1895 Arsenio Martínez Campos regresa a Cuba con la orden de sofocar la insurrección tal como lo había logrado en el 78, su incisivo genio militar y político asimiló de inmediato la imposibilidad de lograrlo y el absurdo de intentarlo: Aunque los insurrectos fueran derrotados o forzados a rendirse es mi opinión honesta y leal que,… con o sin reformas, ofreciendo perdón o exterminio, tendremos guerra de nuevo en diez años y si no hacemos otra cosa que desangrarnos, tendremos después otra guerra y después otra. ¿Puede España darse el lujo de continuar ese ciclo…? La respuesta de Cánovas fue Weyler.

La “Reconcentración” costó a Cuba, de acuerdo a varios historiadores españoles, más de trescientos mil muertos, despoblando las áreas rurales de Camagüey y Oriente y exterminando una tercera parte de la población campesina de la Isla. También alteró la composición étnica cubana, pues muchas de las víctimas del genocidio eran campesinos blancos, pequeños propietarios rurales. Cuba entró en la Guerra de Independencia con una población de aproximadamente dos millones de habitantes. En 1899, durante la Primera Intervención Americana, Cuba contaba con 1, 570,000 habitantes, siendo la mitad cubanos negros.

Al inaugurarse la República en 1902, el temor irracional a que Cuba se convirtiera en “otra Haití”, abrió de par en par las puertas a la inmigración europea. Esa política migratoria continuada por Gómez y Menocal admitió a más de 658,000 inmigrantes entre 1902 y 1919. En menos de dos décadas Cuba absorbió más de 450,000 europeos, de los cuales 436,000 (98%) venian de España.

En otras palabras, la población cubana de 1920 se componía de inmigrantes en más de una cuarta parte. Con el advenimiento de La República los españoles perdieron el poder político, pero mantenían el control del comercio y de la vida económica del país en general. Por eso en 1934, el Presidente Provisional Grau (de ascendencia catalana) estableció la llamada “Ley del 50%” que imponía una cuota de ciudadanos cubanos en la mitad de la empleomanía comercial.

¿Quiénes somos los cubanos desterrados del exilio histórico? Un estudio sereno de nuestras superficiales raíces, nos sitúa a menudo en la primera generación de nativos. Cuba, como La República Argentina en Sudamérica, era una nación de inmigrantes recientes, con los mismos problemas de identidad que a veces afligen a nuestros hijos aquí. Esa crisis de nuestra identidad nacional contribuyó grandemente a la tragedia que ha torturado a Cuba por mucho más de medio siglo.

La historia no debe estudiarse como una disciplina aislada. Tal como todas las ciencias básicas, no puede separarse de los números y es imposible comprender el proceso histórico sin analizar la geografía física y política o la sociología de cada época.

No soy historiador sólo estudiante de historia, pero ese estudio tiene seriedad y método: la topografía de Cuba ha cambiado durante los últimos 58 años como resultado de su historia. El verdor de antaño ha sido remplazado por maleza parda en aquellas zonas que se dedicaban antaño al cultivo de azúcar de caña y de café. En un futuro cercano la falta de irrigación adecuada, de abono y rotación científica de cultivos, convertirán esas zonas en páramos, los que degenerarán en desiertos. Será un proceso muy similar al sufrido por muchas naciones de África y el Oriente Medio, a excepción de Israel, donde la creatividad humana por el contrario, ha convertido desiertos en vergeles.

Por eso afirmo que no es sorprendente que las dos obras más importantes que sobre Cuba y su pasado reciente se publicaran en el exilio, no fueran producto del trabajo de historiadores, sino de un hombre de finanzas y un sociólogo. Me refiero naturalmente al “Estudio Sobre Cuba” que la Universidad de Miami bajo la inspirada dirección del desaparecido José Álvarez Díaz publicara en 1963, así como de “Cuba, Mito y Realidad” del eminente sociólogo cubano, veterano paracaidista de Bahía de Cochinos y también fallecido, Juan Clark.

Una lectura sistemática de estas dos obras monumentales nos enseña no solamente el proceso criminal que durante más de medio siglo destrozara nuestra nación, subvirtiendo las profundas virtudes nacionales. También nos demuestra la posición relativa de Cuba en el concierto mundial antes de Castro y el alto nivel de autonomía económica que disfrutaba la sociedad cubana comparado no sólo al del resto de Hispanoamérica, sino al de los países más desarrollados. Empero, su primordial enseñanza histórica es de carácter demográfico y sociológico. Es relativa a lo que podemos apreciar sobre nuestra identidad nacional. Responde a la interrogante de quienes somos los cubanos exiliados, aunque la pregunta está incompleta, pues en el terreno práctico lo que debía preguntarse es ¿Quiénes son los exiliados desde 1959 al 2000?

El historiador inglés Hugh Thomas en su obra “Cuba: The Persuit of Freedom”, señala que la toma de La Habana por los ingleses fue un evento primordial en la formación nacional cubana. No concuerdo con Thomas en mucho, pero sí en esto. Con ese acontecimiento empieza el historiador inglés su análisis de la Cuba contemporánea.

En ese momento histórico, Cuba comienza a desarrollar una identidad propia y separada de España. La lucha desesperada contra el odiado invasor inglés, en la que el peso de la resistencia no cae en peninsulares sino en nativos dirigidos por el concejal criollo Pepe Antonio, unida a la gran expansión mercantil que surge después de la derrota y que continúa tras el retorno a la soberanía española, producen de acuerdo a Thomas, el nacimiento de nuestra identidad nacional.

El primer criollo quien se identifica netamente como cubano, es el bayamés José Antonio Saco, discípulo de Félix Varela, en un curso anterior a Luz y Caballero. Como Varela, Saco se vio expulsado de Cuba. A diferencia de la mayoría de sus contemporáneos, nunca claudicó. Fue un exiliado irreductible. Fustigó como ninguno la esclavitud y la trata. Quería liberar a los negros y retornarlos al África. El anexionismo, tan popular entre muchos de los separatistas de aquella época, fue anatema para Saco, quien se opuso a él con uñas y dientes.

Aunque La Guerra de los Diez Años desoló a Cuba y parcialmente a España, al producirse el Zanjón las esencias nacionales estaban intactas. Cuba era una isla de blancos y negros con un interés común, opuesto al interés colonial. La proporción étnica entre los cubanos de ancestro europeo y africano se había balanceado en la segunda mitad del siglo XIX por migraciones de peninsulares meridionales y en especial de Islas Canarias. Estos últimos colonizaron el campo, pues por tradicional antagonismo a Madrid, deseaban poner el mayor espacio posible entre ellos y el gobierno colonial de la Metrópoli. Este antagonismo fue caldo de cultivo en nuestra lucha independentista la que siempre fue esencialmente rural. Esa influencia isleña y meridional, también influyó en nuestra lengua. El cubano visitante de Las Canarias y de Andalucía puede fácilmente comprobar este aserto en la común manera muy incorrecta de hablar castellano, mutilando las consonantes finales.

Cuando en 1895 Arsenio Martínez Campos regresa a Cuba con la orden de sofocar la insurrección tal como lo había logrado en el 78, su incisivo genio militar y político asimiló de inmediato la imposibilidad de lograrlo y el absurdo de intentarlo: Aunque los insurrectos fueran derrotados o forzados a rendirse es mi opinión honesta y leal que,… con o sin reformas, ofreciendo perdón o exterminio, tendremos guerra de nuevo en diez años y si no hacemos otra cosa que desangrarnos, tendremos después otra guerra y después otra. ¿Puede España darse el lujo de continuar ese ciclo…? La respuesta de Cánovas fue Weyler.

La “Reconcentración” costó a Cuba, de acuerdo a varios historiadores españoles, más de trescientos mil muertos, despoblando las áreas rurales de Camagüey y Oriente y exterminando una tercera parte de la población campesina de la Isla. También alteró la composición étnica cubana, pues muchas de las víctimas del genocidio eran campesinos blancos, pequeños propietarios rurales. Cuba entró en la Guerra de Independencia con una población de aproximadamente dos millones de habitantes. En 1899, durante la Primera Intervención Americana, Cuba contaba con 1, 570,000 habitantes, siendo la mitad cubanos negros.

Al inaugurarse la República en 1902, el temor irracional a que Cuba se convirtiera en “otra Haití”, abrió de par en par las puertas a la inmigración europea. Esa política migratoria continuada por Gómez y Menocal admitió a más de 658,000 inmigrantes entre 1902 y 1919. En menos de dos décadas Cuba absorbió más de 450,000 europeos, de los cuales 436,000 (98%) venian de España.

En otras palabras, la población cubana de 1920 se componía de inmigrantes en más de una cuarta parte. Con el advenimiento de La República los españoles perdieron el poder político, pero mantenían el control del comercio y de la vida económica del país en general. Por eso en 1934, el Presidente Provisional Grau (de ascendencia catalana) estableció la llamada “Ley del 50%” que imponía una cuota de ciudadanos cubanos en la mitad de la empleomanía comercial.

¿Quiénes somos los cubanos desterrados del exilio histórico? Un estudio sereno de nuestras superficiales raíces, nos sitúa a menudo en la primera generación de nativos. Cuba, como La República Argentina en Sudamérica, era una nación de inmigrantes recientes, con los mismos problemas de identidad que a veces afligen a nuestros hijos aquí. Esa crisis de nuestra identidad nacional contribuyó grandemente a la tragedia que ha torturado a Cuba por mucho más de medio siglo.

Exilio cubano 1980
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