Una respuesta proporcionada a las atrocidades de Bashar Asad 

EFE

La comunidad internacional recibió ayer con sorpresa la operación bélica lanzada por Estados Unidos contra una base militar siria. Porque este ataque, el primero de Washington contra el régimen de Damasco desde el comienzo de la guerra civil hace seis años, supone un giro copernicano en la posición defendida hasta ahora por Donald Trump sobre el país árabe. Pero Asad sobrepasó todas las líneas rojas con el ataque químico del martes contra población civil que ya ha causado la muerte al menos de 84 personas. Y la gravedad de los hechos exigía algún tipo de reacción internacional. Como decíamos ayer, la parálisis de las potencias mundiales provocaba vergüenza. Finalmente, como en tantos otros momentos de la Historia reciente, ha tenido que ser EEUU el que ha dado un paso adelante. Y lo ha hecho de un modo medido y proporcionado para tratar de poner freno a la impunidad de un Gobierno sanguinario como el de Damasco, acusado de haber cometido crímenes contra la humanidad contra su pueblo.

La Casa Blanca avisó a Rusia con antelación de los bombardeos contra la base aérea siria de Shayrat -desde la que, según la Inteligencia norteamericana, partieron los aviones que perpetraron el mortífero ataque químico-. Y los socios de la OTAN apoyaron ayer sin fisuras la intervención. Ante una decisión tan delicada, la pega que cabe poner es que fuera una acción unilateral. Siempre hemos defendido la necesidad de una misión multilateral y coordinada en Siria, bajo el paraguas de Naciones Unidas. Pero Asad se aprovecha de que su principal valedor, Rusia, frena sistemáticamente cualquier resolución del Consejo de Seguridad, lo que deriva en una exasperante pasividad internacional, cuando es irresponsable mantenerse de brazos cruzados mientras Siria se desangra. Ya han muerto más de 470.000 personas y se acaba de romper la barrera de los cinco millones de refugiados, el mayor éxodo en el planeta desde la Segunda Guerra Mundial.

Ahora bien, estamos ante un salto cualitativo de EEUU. Y aunque parece que el lanzamiento de 59 misiles Tomahawk desde dos destructores desplegados en el Mediterráneo -con base en Rota- ha sido una operación de castigo a Asad estrictamente limitada, todo son incógnitas sobre los objetivos estratégicos y a medio plazo de la Administración Trump. El republicano llegó a la Presidencia dando a entender que la salida de Asad del Gobierno no era ninguna prioridad y mostrándose partidario de cooperar con Rusia para acabar con la guerra y derrotar al Estado Islámico. Y, en 2013, criticó duramente al presidente Obama cuando éste estuvo a punto de atacar a Damasco tras un bombardeo químico que causó más de un millar de muertos. “Obama sería un tonto si interviniera en Siria. EEUU no ganaría nada”, declaró entonces el magnate, a pesar de que después no dudó en tacharle de blando por su estrategia de contención, diplomacia y cautela en Oriente Próximo.

No se puede cuestionar a Trump porque tenga que adecuar sus posiciones a los hechos. Pero el comandante en jefe de EEUU no puede actuar de un modo espasmódico. La estrategia en Siria exige planificación, coordinación con los aliados y estrategia. Por lo pronto, lo ocurrido rompe prácticamente todos los puentes de colaboración con Rusia. El Kremlin tachó ayer la acción estadounidense de “inaceptable agresión contra un Estado soberano” y anunció el reforzamiento inmediato de las defensas aéreas sirias. La respuesta de Putin tiene mucho de escenificación esperable. Pero la realidad es que sigue siendo imprescindible el acercamiento de Washington y Moscú para actuar de modo concertado en el país árabe. Aunque ello exige, claro está, que el Kremlin deje de dar cobertura ilimitada a la impunidad de Asad. Mientras las dos superpotencias no se pongan de acuerdo, difícilmente se podrá detener la guerra.

La paradoja es que ahora mismo las mayores crisis internas que tiene Trump están relacionadas con su presunta amistad peligrosa con Rusia en el pasado reciente. Y por ello le viene muy bien que se visualice un distanciamiento tan fuerte como el que causa este ataque. Ayer recibió el aplauso unánime tanto de republicanos como de demócratas.

De modo que lo sucedido lanza un mensaje claro a Asad y a otros dictadores, como el norcoreano, que representan una amenaza para la seguridad internacional. Pero, a la vez, puede haberle hecho descubrir a Trump que nada le asegura más popularidad en su país que dar la espalda al aislacionismo internacional que prometió. Confiemos en que sepa gestionarlo con prudencia.

Origen: Una respuesta proporcionada a las atrocidades de Bashar Asad | Opinion Home | EL MUNDO

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