Loris Zanatta -Venezuela: la madre de todas las crisis

Mientras que Venezuela se precipita cada día más en la violencia, la pobreza y el autoritarismo, el Papa le escribió al presidente de Brasil, Michel Temer, quién imprudentemente lo había invitado a hacer una nueva visita a su país. El rechazo estaba en el aire y llegó rápido. Pero Francisco aprovechó la oportunidad para brindarle una severa lección: “El crecimiento equitativo, le escribió, requiere más que el crecimiento económico”. No toca a la Iglesia, dijo, indicar las recetas para resolver una crisis tan compleja. Pero, agregó aludiendo a las políticas del gobierno de Brasilia, es inaceptable poner en práctica “soluciones a la crisis demasiado fáciles y superficiales, que no van más allá de la simple esfera financiera”. Y concluyó rezando a la Virgen de Aparecida para que proteja al país y al pueblo brasileño de “las fuerzas ciegas y la mano invisible del mercado”.

Cuando leí la carta, la encontré desconcertante. No porque sienta ninguna simpatía por el Sr. Temer: no siento ninguna. Nunca me ha convencido la operación que lo llevó a la presidencia, creo que se encuentra plenamente inmerso en la vasta red de corrupción que infecta a Brasil, pienso que varias de sus medidas económicas son demasiado drásticas. Al mismo tiempo, no puedo dejar de reconocer que heredó un país en profunda recesión, donde el gasto público estaba fuera de control y la inflación crecía rápidamente, así como el desempleo. Cosas que, en términos sociales, golpea duro a los sectores más débiles.

Pero lo que es desconcertante es que nada parecido Francisco haya escrito nunca a Nicolás Maduro, agarrado con uñas y dientes al timón de un país que se hunde como el Titanic. Más bien, lo recibió en el Vaticano creyendo en lo que el episcopado venezolano descartaba hacía tiempo: su voluntad de diálogo. Es una lástima, porque de haberle escrito a Maduro, el Papa habría debido invertir los términos de su mensaje: escribir, por ejemplo, que no habrá crecimiento equitativo sin crecimiento económico, definir como “fáciles y superficiales” las políticas del gobierno chavista en los años de la bonanza petrolera, invitarle a prestar en el futuro más atención al equilibrio financiero.

Por último, habría sido apropiado que orara a la Virgen de Coromoto, patrona de Venezuela, para que iluminara el gobierno de Caracas con tal de que dejara de pisotear la mano invisible del mercado, ya que el precio lo pagan los pobres, como ya le resulta claro a todos.

Celebrando la Pascua, el Papa había pronunciado palabras muy importantes sobre América Latina. Pidió “el avance y la consolidación de las instituciones democráticas, en el pleno respeto del estado de derecho.” Santas palabras. No habría nada inusual en eso, excepto que esas palabras – democracia, estado de derecho – son perlas raras en su vocabulario. Al hacerlo, sin embargo, evitó mencionar casos específicos, lo que dejó espacio para muchas hipótesis diferentes. Muchos admiradores se apuraron a interpretar al Papa: no hizo nombres, explicaron, porque hay crisis en Brasil, Paraguay y muchos otros países. Sin embargo, es muy claro que la venezolana es la madre de todas las crisis, la más seria y profunda. Y que sobre ella, el Papa es reticente; una reticencia ruidosa para un Pontífice que no escatima críticas para los gobiernos europeos, los que en América Latina pecan de “liberalismo económico”, incluso para los empresarios que, dijo, cometen pecado al despedir sus empleados.

Pero hay una razón para esa reticencia y es que la quiebra chavista, la económica y social incluso más que la política, es el fracaso del régimen que había pretendido elevarse a modelo de la reacción anti-liberal, a heredero de la tradición populista de América Latina; y que su desastre es también el desastre de las recetas y las consignas con las que el Papa y sus ejércitos simpatizan. No es casualidad que el régimen de Caracas estuviera dispuesto a hablar con el Papa pero se negara a hacerlo con los obispos venezolanos, intransigentes al denunciar la dictadura, cosa que Francisco nunca hizo; lo mismo que Evo Morales, por otra parte, que contestó a las criticas de los obispos diciéndoles que siguieran al Papa.

Pero si Venezuela era un modelo y como tal fue presentado durante mucho tiempo, y si ese modelo aspiraba a liderar la lucha contra la “globalización neoliberal” excomulgada por el Papa, es inevitable que la violencia, la pobreza, la corrupción, la arbitrariedad, todo el triste espectáculo que Venezuela nos está mostrando, trasciendan las fronteras.

El Papa critica a Temer, pero el desastre chavista no lo deja indemne. Revela que demonizar al mercado sirve para poner en fuga capitales, paralizar inversiones, sabotear la producción, provocar hambre, ira, exilio; que darle las espaldas a la democracia liberal sirvió para centralizar todos los poderes y transformar la dialéctica política en una guerra de religión de la que ninguna institución se ha salvado, y cuyo legado es el odio que divide el país; y que todo esto se hizo en nombre del pueblo, de los pobres que el régimen ha cultivado despilfarrando la riqueza más grande que Venezuela ha visto nunca en su historia. Se entiende que ese pueblo, en realidad cada vez menos numeroso, sea para el Papa el pueblo de Dios y objeto de su amor especial. Pero fue invocando a ese mismo pueblo que fue matado el estado de derecho que ahora Francisco pide respetar. ¿Será un caso? ¿No merecería una reflexión menos “fácil y superficial”?

Loris Zanatta es historiador. Profesor de la Universidad de Bolonia.

Origen: Venezuela: la madre de todas las crisis

Mas claro…..Imposible

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