Lo que el chavismo pudiera aprender de Manuel Noriega; por James Loxton y Javier Corrales « Prodavinci

Este texto fue traducido por Mario Trivella Galindo.

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Decenas de miles de ciudadanos han estado en las calles de Venezuela protestando por la restitución del orden constitucional y en contra del presidente Nicolás Maduro, quien ha conducido al país a la crisis económica más grave de su historia.

La respuesta del presidente Nicolás Maduro a uno de los más fuertes episodios de agitación política que ha tenido América Latina en décadas ha sido reprimir. El gobierno suspendió elecciones, desconoció a la Asamblea Nacional controlada por la oposición y ha arrestado a un gran número de manifestantes. El líder opositor venezolano más prominente fue inhabilitado políticamente.

Este nivel de represión sugiere que las autoridades venezolanas no creen que puedan ganar elecciones bajo las circunstancias actuales, y temen que el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) no logre sobrevivir sin la presidencia. Esta primera preocupación puede ser cierta, pero para muchos partidos oficialistas de regímenes autoritarios, hay vida después de la dictadura.

¿Qué pasa después de una dictadura?

A pesar de que es muy improbable que el enormemente impopular Maduro tenga una carrera política en un futuro democrático hipotético, el PSUV podría subsistir como un “partido de origen autoritario”[i]. Estos son partidos que surgen de regímenes autoritarios, pero que siguen operando luego de una transición a la democracia.

No se trata de una nueva tendencia. Los partidos de origen autoritario han estado presentes en casi tres cuartos de todas las nuevas democracias desde la mitad de la década de los 70. Son importantes actores en África, Asia y Europa poscomunista. En más de la mitad de los casos, estos partidos son reelectos.

América Latina no es una excepción: partidos de esta índole han sido prominentes en 11 de los 15 países que se han democratizado desde los años 70. En nueve de dichos países estos partidos han sido reelectos.

La razón por la que estos partidos sobreviven es porque se benefician de su “herencia autoritaria”: la marca asociada con el partido, la organización territorial y las finanzas, todo lo cual continúa generándoles apoyo político. Paradójicamente, estos beneficios los ayudan a ser exitosos bajo una democracia.

Por supuesto, los partidos también pueden cargar con “lastres autoritarios”. Un historial de abusos a los derechos humanos o un mal desempeño gubernamental, por ejemplo, pueden ser cargas pesadas. El éxito o fracaso de un partido depende del balance de ambos: mientras más herencia y menos lastre autoritario, mejor.

Las estrategias para el restablecimiento

Son muchos los factores que afectan este equilibrio, particularmente el desempeño del régimen autoritario y el momento en el que sucede la transición hacia la democracia. En relación al momento de la transición, Dan Slater y Joseph Wong señalan que para los funcionarios autoritarios es preferible conceder la democratización en buenos tiempos en vez de esperar a una crisis, ya que con ello reducen sus lastres autoritarios. A esto lo llaman “conceder para prosperar”.[ii]

Este escenario dejó de ser una alternativa para Venezuela, considerando la gravedad de la crisis actual. Así que el PSUV, como otros partidos autoritarios, necesitará de otras estrategias para deshacerse de sus lastres y recuperarse.

Una estrategia es la “contrición”. La misma sucede cuando los líderes del partido se disculpan por los abusos del antiguo régimen. Otra es la “ofuscación”: cuando el partido minimiza sus relaciones con el régimen anterior. La estrategia final es la del “chivo expiatorio”, en la que el partido acoge a un “buen” dictador y denuncia a un “mal” dictador. El partido descarga sus lastres autoritarios sobre el “mal” dictador, mientras se aprovecha de los aspectos del régimen anterior que los votantes recuerdan con afecto.

Las lecciones de Panamá

Aquí es donde el PSUV de Venezuela podría aprender de Panamá, en donde el Partido Revolucionario Democrático (PRD) se recuperó después de dos dictadores: el popular Omar Torrijos y el muy impopular Manuel Noriega. El paralelismo entre los dictadores populares e impopulares de Panamá y Venezuela es impresionante.

Desde el momento en que tomó el poder a través del golpe de Estado de 1968 hasta su muerte en 1981, el General Torrijos dominó Panamá. Posteriormente sirvió de inspiración para el Teniente Coronel Hugo Chávez en Venezuela. Chávez fue electo presidente en 1998 (luego de un intento de golpe fallido en 1992), y luego impuso un régimen cada vez más autoritario.

Tanto Torrijos como Chávez eran nacionalistas populistas. Introdujeron políticas que buscaban mejorar la vida de los pobres y se involucraron en cruzadas nacionalistas. En 1977, Torrijos consiguió de los Estados Unidos el eventual control del Canal de Panamá. Chávez clamaba contra el imperialismo. Ambos líderes ganaron mucha popularidad no sólo en sus naciones, sino también con celebridades de izquierda de todo el mundo, como el novelista Graham Greene en el caso de Torrijos y el actor Sean Penn y el director Oliver Stone en el caso de Chávez.

Luego de la muerte de Torrijos, Manuel Noriega, su antiguo líder de inteligencia militar, asumió el poder. Maduro hizo lo mismo cuando Chávez murió en 2013. El mandato de Noriega se caracterizó por la represión, el narcotráfico y la ruina económica. El de Maduro ha acudido al expediente de la represión, ha arruinado el país y altos funcionarios de su gobierno han sido acusados de vínculos con el narcotráfico. Noriega buscaba legitimidad arropándose en el manto del “torrijismo”. Hay un gran paralelismo con Maduro y su evocación del “chavismo.”

Como Maduro, Noriega nunca alcanzó la popularidad de su antecesor. Cuando el ejército de los Estados Unidos derrocó a Noriega en 1990, el 86 por ciento de los panameños lo vieron como una “liberación”, en lugar de una “invasión.”

Así fue como el “chivo expiatorio” revivió al PRD

Todo esto representó mucho lastre autoritario para el PRD de Panamá: Una encuesta a finales de los 90 sugirió que sólo tenía el apoyo del 6 por ciento de la población. No obstante, el PRD se recuperó rápidamente. Ganó las primeras elecciones después de la invasión, igual que la presidencia en 2004, y ha ganado la mayor cantidad de votos en cada elección legislativa salvo en 2014.

El PRD se restableció gracias a la táctica del chivo expiatorio. Culpó a Noriega por sus pecados pasados, y a la vez romantizó el torrijismo y se aprovechó de una enorme organización territorial. En 1994, el candidato presidencial del PRD denunció a Noriega como “un oportunista, un traidor y una desgracia”, y lo llamó el “peor líder desde la independencia de Panamá”, mientras alababa a Torrijos como “un héroe”.

Hasta el día de hoy, el logo del PRD es una “O” con el número “11” adentro, lo cual es una referencia al golpe de Estado del 11 de octubre de 1968 que colocó a Torrijos en el poder. En 1999 y en 2004, el PRD escogió al hijo de Torrijos, Martín, como candidato presidencial. Ganó la segunda vez, y su canción de campaña se llamaba “Omar Vive.”

¿Qué significa esto para Venezuela?

Lo que pasó en Panamá sugiere que los partidos autoritarios pueden sobrevivir al colapso de la dictadura, siempre y cuando puedan conseguir una estrategia que les permita descargar sus lastres autoritarios. Maduro, como Noriega, sirve como un perfecto chivo expiatorio. No es carismático y su gobierno ha sido responsable de una catástrofe económica. Sacrificando a Maduro y abrazando a Chávez, el PSUV de Venezuela podría recuperarse.

Sin embargo, mientras el PSUV se mantenga con Maduro, se hace menos viable esta estrategia. Si el PSUV empieza a ser visto como “madurista” y no “chavista”, será menos creíble si en un futuro intenta culpar a Maduro.

Por esa razón, abandonar a Maduro y facilitar una transición a la democracia más temprano que tarde podría ser lo más conveniente para los dirigentes del partido. Esto puede significar perder una elección o dos en el corto plazo. Pero con ello el PSUV podría sobrevivir en el largo plazo como un partido de origen autoritario.

*

James Loxton enseña política comparada en el Departamento de Gobierno y Relaciones Internacionales de la Universidad de Sídney, Australia.

Javier Corrales (@jcorrales2011) es el profesor Dwight W. Morrow 1895 de Ciencias Políticas en Amherst College, Amherst, Massachusetts. Es coautor con Michael Penfold de Dragon in theTropics: Venezuela and the Legacy of Hugo Chávez (Brookings, 2nd edition, 2015).


Este artículo se publicó por primera vez el 20 de abril de 2017 bajo el título “Venezuelans are still demonstrating. What happens next for the dictatorship of President Nicolás Maduro?” en The Monkey Cage del Washington Post y allí pueden encontrar una bibliografía más amplia.

[i] Loxton, James. (June, 2016). “Authoritarian Successor Parties Worldwide: A Framework for AnalysisKellogg Institute Working Paper No. 411.

[ii] Slater, D., & Wong, J. (2013). The Strength to Concede: Ruling Parties and Democratization in Developmental Asia. Perspectives on Politics,11(3), 717-733. doi:10.1017/S1537592713002090

Origen: Lo que el chavismo pudiera aprender de Manuel Noriega; por James Loxton y Javier Corrales « Prodavinci

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