El dilema francés 

Carteles de los dos candidatos a las elecciones presidenciales de Francia. AFP

LORENZO SILVA

Y de pronto, llega el momento en el que hay que escoger de la peor manera posible: entre quien representa un modelo fallido y quien se propone dinamitarlo todo. Pongámonos en la piel de quien así siente la disyuntiva de la segunda vuelta de las elecciones francesas. O lo que es lo mismo, la mayoría, exceptuando a aquellos a quienes beneficia la agravación de la desigualdad, porque habitan en la parte ancha del embudo (súmese a los que estando en la estrecha piensan que ha de favorecerse a los de la ancha para que les den mejores oportunidades), y a esos otros que tienen el estómago o la rabia suficientes para creer que la solución para los desheredados es buscar a otros infelices a los que odiar, ungiendo como líder a quien nunca padeció la desgracia que explota en beneficio de su ambición de poder.

El votante que no pertenece a ninguno de estos dos grupos puede responder a una variedad de ideologías, desde la extrema izquierda al centro o incluso un centroderecha que no se haya olvidado de que el expediente de sacrificar sistemáticamente al débil a los intereses del más fuerte acaba royendo los cimientos del edificio social. Habría preferido disponer de algún candidato que reflejara, mejor o peor, su orientación y sus aspiraciones. Pero el hecho es que no lo hay. Puede tratar de abandonarse a lo que los anglosajones llaman wishful thinking: pensar que uno u otro de los candidatos indeseados, más allá de sus mensajes y programas, terminará siendo algo distinto de lo que parece, más aceptable, menos incómodo, menos perturbador. Sin embargo, no es así como funcionan las cosas: cuando la rana acepta echarse al lomo a un escorpión, ya sabe lo que le sucederá antes de que termine de vadear el río. Nadie deja de ser lo que es, ni de pretender lo que pretende, porque otro lo desee o necesite.

Llegados a este punto, existe la tentación de colocarse de perfil, dejar pasar el cáliz, traspasar a los demás la decisión. Lo más simple, cuando dos opciones nos disgustan, es equipararlas y revolverlas en un mismo desdén. La mente es perezosa y gusta de tomar estos atajos. Hay quienes incluso estimulan esa pereza, entre los candidatos que no llegaron a la ronda final. Podría ser por despecho, pero también podría obedecer a algo peor: hay quien cuando no se sale con la suya maneja como plan B el de propiciar el máximo deterioro posible. Y existe una posibilidad aún más inquietante: que quien dice servir a una causa sirva en realidad a la contraria, haciendo de sus revoluciones siempre pendientes e irrealizadas un confortable modo de vida.

Porque lo único de lo que podemos estar seguros es que nunca da igual A que B, lo uno que lo otro. Siempre hay algo que es más inaceptable que su alternativa o, si se quiere poner a la inversa, algo que devastará menos las posibilidades futuras. Existiendo el derecho a abstenerse, también existe la responsabilidad de hacerlo cuando uno se juega lo que no puede perder; la de dejar por frivolidad o por malicia que suceda aquello que con toda certeza no habrá más remedio que lamentar.

No es lo mismo quien va a jugar a lo que no compartimos, con un mínimo respeto del contrario y de las reglas del juego, que quien se declara dispuesto a romper en pedazos el tablero y pasarle por encima a quien estorbe sus planes. No podemos ser tan necios ni tan ruines como para igualarlos. A ese votante que no tiene la posibilidad de meter en la urna su papeleta, que no ve su opción compitiendo por la victoria, le toca preguntarse por qué, y exigirles a quienes han gestionado tan pésimamente sus expectativas que espabilen, se reciclen o se hagan el harakiri; pero cualquiera de esas diligencias va a llevarles un tiempo y la votación es aquí y ahora, y mañana ya habrá ocurrido todo.

El dilema francés es no querer votar y saber que hay que hacerlo. Así funciona la enrarecida democracia del siglo XXI.

Origen: El dilema francés | Opinion Home | EL MUNDO

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