Caso Holberg: El Pacto Massera-Firmenich -Andrea Basconi

Esta apasionante investigación periodística sobre la muerte de Elena Holmberg desnuda la historia de una víctima poco usual para la dictadura: era una de ellos. Una mujer que hasta 1978 había liderado el Centro Piloto de París, que enfrentaba la “campaña antiargentina” de los exiliados en Europa. Pero que dijo haber visto una negociación entre Massera y Firmenich. Poco después fue secuestrada y apareció muerta.

Caso Holberg: El Pacto Massera-Firmenich

París. Holmberg confió a amigos que Massera se había reunido con Firmenich y la cúpula montonera en Francia, donde ella trabajaba en la embajada argentina, para acordar una alianza. La secuestró y mató una patota de la ESMA, según el testimonio de ex detenidos.

Por Andrea Basconi

Unas semanas antes de que la mataran, a principios de diciembre de 1978, Elena se cruzó en avenida Alvear y la calle Ayacucho con su amigo Gregorio “Goyo” Dupont. Intercambiaron opiniones sobre la situación del país y los motivos por los que Dupont había sido echado del Ministerio de Relaciones Exteriores. Se habían sentado a tomar un café, cuando Goyo le preguntó si era verdad lo que había leído en Le Monde sobre una reunión de Massera con Montoneros y Mario Firmenich. Elena se exaltó y le contestó que no sólo era verdad, sino que Massera les había entregado una suma superior al millón de dólares y que lo podía probar. La exactitud de su relato y la seguridad con la que lo contaba despertaron el terror en Dupont.

Cuando Elena le dijo esto, Goyo le pidió que no hablara más: “Vos venís de afuera, en este país están sucediendo cosas muy raras. Hay gente que desaparece, acá estamos viviendo un clima que… ¿No te das cuenta? Por mucho menos hay mucha gente desaparecida”. Goyo rogaba por silencio. “No se sabe, no se dan explicaciones, no sale en los diarios, pero es muy grave lo que está pasando. Por favor, no lo repitas a nadie. No me cuentes más, no hables más de este asunto, por favor, que esto es peligrosísimo”, la cortó Dupont.

Dupont y Elena eran amigos desde el ingreso al Instituto del Servicio Exterior. Habían sido compañeros de estudios y de promoción, y habían continuado juntos la carrera diplomática. Además, Goyo había trabajado con Eugenio Holmberg en 1961. La conocía bien, y sospechaba que Elena le había referido esa historia a alguien más, y eso lo había dejado preocupado porque él sabía bien de lo que eran capaces Massera y su gente.

En noviembre de 1976, Gregorio Dupont había sido separado de su cargo en el Ministerio del Exterior, declarándolo “prescindible” a pedido, nada menos, que del almirante Massera. En ese momento, Dupont se desempeñaba en el Departamento de Africa y Cercano Oriente de la Cancillería. El episodio se habría desatado cuando Dupont elevó un dictamen oponiéndose a la designación de un embajador extraordinario en Transkei, Sudáfrica. Dupont entendió que ese país había sido creado por el gobierno sudafricano para justificar el apartheid político al que la República Argentina siempre se había opuesto.

Además, Transkei no iba a ser reconocido por ninguna potencia mundial. Fue a raíz de este dictamen que Dupont conoció al subsecretario de Relaciones Exteriores, capitán de navío Gualter Allara, quien le manifestó que la propuesta a la que Dupont se oponía era una instrucción del almirante Massera. Dupont volvió a insistir y le recomendó que enviara un cable a las Naciones Unidas, ya que allí habría material suficiente sobre la opinión de los otros Estados. Efectivamente, llegó la respuesta con la información consignada por Dupont y la aclaración de que todos los países de Europa occidental y de América se habían negado a aceptar la existencia de ese país. A partir de ese momento, Allara le pidió que trabajara con él. Transkei sólo fue reconocido por el Paraguay de Alfredo Stroessner.

Fue entonces cuando Dupont comenzó a recibir amenazas diarias por teléfono. El diplomático vivía en un piso 13 de la calle Juncal al 700, en la misma manzana de la Cancillería. Al principio pensó que las llamadas eran una broma; siendo él segundo secretario sin injerencia alguna en la política nacional, no veía por qué su vida correría peligro. Hasta que una noche, mientras tomaba un whisky en su dormitorio, el teléfono volvió a sonar. Esta vez le dijeron que creían que él se tomaba en broma las amenazas mientras estaba muy cómodo con su whisky. Dupont se incorporó y miró por la ventana mientras sostenía el tubo del teléfono. No vio nada. Entre asustado y furioso, les dijo: “Me están mirando con un largavistas”, y del otro lado respondieron: “No, te estamos apuntando con una mira telescópica”.

Dupont corrió a apagar las luces del departamento. Al día siguiente denunció el hecho en la Cancillería. Fue por esa denuncia que el encargado de seguridad de la cartera diplomática le hizo entrega de un arma para su defensa. Al principio le ofreció una Itaka, que a Dupont le pareció poco cómoda para portar consigo todo el tiempo, así que optó por una pistola 45 que se llevó después de firmar un recibo. El encargado de seguridad en 1976 no era otro que el teniente Vilardo, uno de los marinos que tanto disgustaban a Elena en el Centro Piloto de París.

La relación de Dupont con Allara era buena, así que cuando llegó la orden de cesantía impuesta por Massera, Allara le prometió investigar los motivos, por lo menos para informarle las razones por las cuales ya no pertenecía al ministerio. Se sabe que hubo una fuerte discusión entre el entonces canciller, almirante Guzzetti, y Allara, que fue comentada entre los empleados de la privada del canciller. El contenido de los dichos nunca trascendió. Allara volvió a hablar con Dupont y le preguntó si conocía a Massera, si tenía alguna relación con él. A lo que Dupont respondió negativamente. Allara le confirmó que Guzzetti había recibido una orden incontrovertible de Massera y que Dupont debía irse.

Unos días después, en una conversación con su amiga la pintora Susana Díaz de Vivar, conocida como Gato Frías, Dupont entendió los motivos que enojaron al Almirante. Poco antes de que fuera separado del servicio exterior había participado en una comida en la casa de Frías. Allí estaban, entre otros, el empresario de papel reciclado Fernando Branca y su esposa, Marta Rodríguez McCormack. En un momento de la noche, la pareja le preguntó a Dupont si él pensaba que el Almirante era la persona indicada para “conducir al pueblo argentino”, ya que, consideraban, Massera tenía “condiciones de líder”.

Dupont contestó que no le parecía así, que Massera había sido nombrado comandante en jefe salteando a muchos almirantes, y que no veía que pudiera ser apoyado dentro de las fuerzas por ese mismo motivo. Que, en fin, no lo veía como la persona indicada para conducir una nación. Nadie volvió a hablar del tema esa noche.

Días después, Gato Frías lo llamó para invitarlo a otro evento. Dupont se excusó diciéndole que estaba deprimido porque lo habían echado de la Cancillería. La pintora le contó que, luego de aquella comida, Marta Rodríguez McCormack la había llamado para preguntarle los datos y el rango de Dupont. Enterada de lo que había sucedido con Goyo, Frías volvió a llamar a Rodríguez McCormack, quien le confirmó que ella le había contado a Massera que Dupont había “puesto en duda su honorabilidad”. Luego se sabría que Rodríguez McCormack integraba la lista de amantes del Almirante.

Massera sabía elegir muy bien a las mujeres con quienes rodearse. Cuando decidió casarse, lo hizo con Delia “Lily” Vieyra, una joven atractiva, hija de un próspero escribano miembro del Jockey Club de La Plata. Algunos la definieron como pretenciosa y snob, lo que no la ayudó a la hora de relacionarse con otras esposas de marinos. Eso no le importaba demasiado al Almirante. El y Lily compartían el deseo de “ser más” y tener más. Con el tiempo, el galán que Massera creía ser fue tomando dimensiones reales.

Su posición de poder dentro de la dictadura le había permitido desarrollar aun más ese perfil. Públicamente, sus modales con las mujeres eran impecables y derrochaba seducción cuando se sentía atraído por alguna de ellas. Por supuesto que sus relaciones siempre duraron el tiempo que él consideró necesario, y los reemplazos llegaban con la misma velocidad con que terminaban sus romances. Resulta difícil creer que las mujeres que se involucraran con él no supieran quién era realmente el Almirante o lo que representaba. Ese halo de poder dominante que transmitía era tan evidente que hubiera sido imposible no notarlo. Sus relaciones con las mujeres eran más bien tormentosas.

En palabras del escritor Claudio Uriarte: “Se puede decir que realmente nunca amó a nadie a pesar de que en sus discursos se la pasaba hablando del amor, de la vida y de Dios; y que la única figura que amaba era la imagen de ‘sí mismo’ que quería construir: el almirante con poder político y popularidad que había definido como su programa personal”.

Por aquellos años, el Almirante había comenzado a rodearse de mujeres conocidas que le aportaran algo a esa imagen que intentaba construir y transmitir hacia dentro de las Fuerzas Armadas. Uriarte cuenta algunas de esas historias en su libro:

“[…] Uno de los affaires más renombrados del almirante, que fue la envidia de la mitad de la población masculina de Buenos Aires y un fermento de admiración rencorosa para muchos, fue la modelo publicitaria y actriz televisiva Graciela Alfano, una muchacha alta y bien proporcionada, de facciones bellas, piel blanca y cabellos rubios, rasgos que la convertían naturalmente en presa codiciada para un universo masculino que se sentía espiritualmente europeo pero temía ser visto como latinoamericano, y que buscaba mujeres con esa apariencia para confirmar su lugar de pertenencia espiritual y cultural.

Otro affaire de Massera fue la novelista Marta Lynch, considerablemente mayor y más ajada que Graciela Alfano, pero dueña del prestigio de ser una intelectual inteligente, extrovertida y audaz. Con Marta Lynch las cosas no pasaron de unos pocos encuentros sórdidos en el propio despacho del almirante, aunque la escritora quedó prendada y no perdía oportunidad de insistir en su relación con él. Al parecer, esa insistencia llegó a hacerse tan pesada que Massera debió pedirle que le enviara todas sus cartas y mensajes por medio de un emisario, ya que Lily estaba celosa y los almirantes desaprobaban la amplia publicidad que recibía su escandaloso estilo de vida.

La novelista confiaba entonces al emisario cartas y mensajes que Massera no se preocupaba por leer, lo que colocaba a aquél en la embarazosa posición de tener que inventar pretextos para justificar semejante desinterés. Marta Lynch se había sentido atraída desde hacía mucho tiempo por los hombres con poder: La alfombra roja, su primera novela, narraba su affaire con Arturo Frondizi. La trayectoria de Frondizi a Massera quizá no era casual, como acaso tampoco lo sería el suicidio de la escritora varios años después, cuando ya no podía soportar su envejecimiento. El almirante halagó a la coleccionista de hombres públicos que había en Marta Lynch, y la novelista al marino semiilustrado y ansioso de barniz cultural que era Massera […]”.

Por entonces se comentaba que ninguna de las posibles relaciones de Massera era tan importante como la que tuvo con Marta Rodríguez McCormack, quien estaba casada en segundas nupcias con el empresario Fernando Branca, ex guardiacárcel que había amasado una fortuna en el negocio del papel, y si bien no se pudieron establecer los comienzos de esa fortuna, algunos la relacionaban con colaboraciones de Branca con representantes del crimen organizado en los Estados Unidos.

[…] Uriarte sostenía que la relación entre Massera y Branca se desarrolló con velocidad y que habían llegado a un acuerdo para poner una financiera o un banco. Pero, para eso, Branca debía vender unas tres mil hectáreas que tenía en Rauch y que estaban en juicio de división de bienes. La demanda se la había iniciado Ana María Tocalli, ex esposa de Branca. Era necesario conseguir un comprador que estuviera dispuesto a hacerse cargo de la deuda. Fernando Branca hijo contó a la revista Noticias:

“Massera le había destrabado a mi padre 1.600.000 dólares que había traído de los Estados Unidos. El Banco Central no quería dejar entrar ese dinero al país porque sospechaba que era plata sucia. Con la ayuda de Massera le destrabaron la plata en dos horas y quedó totalmente blanqueada. Mi padre se obnubila con ese poder de Massera y quiere empezar a hacer negocios con él. Además, aprovechándose de esa supuesta mano que le dio Massera, mi papá le hizo un juicio al Banco Central por retenerle el dinero. Pero no fue su único error. Mi padre, que tenía varios campos, quiso venderle uno a Massera al doble del valor real”.

Mientras el Almirante avanzaba en su relación con Branca, mantenía un romance con Marta. “El lugar de los encuentros era un departamento de la calle Darregueyra, en la zona elegante de Palermo. El adulterio era, en cierto modo, el motor del rápido enriquecimiento de Branca, quien deliberadamente hacía caso omiso de la relación entre su mujer y el Almirante, y se daba, a su vez, a frecuentes aventuras amorosas, la más importante de las cuales era la que mantenía con la modelo Cristina Larentis, que a su vez era novia de uno de sus mejores amigos personales, Jorge Burguess. Sin embargo, Marta Rodríguez McCormack, que era una de esas mujeres que pueden vivir y soportar cualquier cosa menos la indiferencia y la falta de atención, no toleraba los repetidos adulterios de su marido y se lo hacía saber en escenas de creciente virulencia física y verbal”.

Durante la Semana Santa de 1977, mientras miles de personas buscaban infructuosamente saber qué había pasado con sus familiares desaparecidos, Branca hizo el intento de recomponer su relación con Marta y arregló un viaje a Punta del Este con dos matrimonios amigos. Pero la pareja ya estaba en su fase final y Marta casi no salió de su habitación. Tuvieron varias discusiones, y en una de ellas se lo escuchó a Branca gritar: “¡El vivo soy yo, estúpida! ¡Yo soy el vivo! ¡Me los paso a todos, a todos! ¡También al piola de Massera! ¡Le vendí un buzón con lo del Banco Central y ni se avivó, ni él ni el otro marino del banco! ¡Me los pasé! ¡El vivo soy yo!”.

Al tercer día, en el casino del Hotel Nogaró, tuvo lugar una escena de celos. Marta, frente a testigos amigos del matrimonio, comenzó a quejarse de las infidelidades de su esposo. “¡Me lo debés todo a mí!”, gritó en un momento preocupándose de que todos los presentes en el lugar la escucharan. Su marido no le hizo caso. “¡Tenés algo gracias a mí!”, insistió. Harto, Branca se levantó para irse. Marta entonces gritó: “¡A ese hijo de puta lo voy a hacer sonar! Cuando llegue a Buenos Aires le voy a contar al Negro que lo quiere pasar en un negocio, y el Negro le va a pasar un camión por encima”. Al día siguiente, durante otra discusión, Branca la golpeó en la cara, a lo que ella repitió: “Le voy a avisar a Massera la trampa del negocio que le hiciste resolver, entonces que Dios te ayude”.

Biografia:Andrea Basconi

Andrea Basconi nació en San Fernando, Buenos Aires, en 1967. Es periodista y docente. Antes de dedicarse al periodismo, cursó Letras en la UBA y estudió inglés en UC Berkeley. Se recibió en TEA en 2002 y comenzó trabajando como productora de radio y televisión, mientras hacía investigaciones como free-lancer. En periodismo digital, realizó para http://www.clarin.com el informe multimedia «Ángel de la Guarda» preseleccionado por la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano para los premios Cemex. Se desempeñó en prensa y comunicación en distintos organismos públicos, privados y del tercer sector. Colaboró en los suplementos zonales de Clarín y en http://www.perfil.com. Realizó la Maestría en Periodismo de la Universidad de San Andrés y el Grupo Clarín.

Origen: Caso Holberg: El Pacto Massera-Firmenich – Taringa!

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s