Jorge Riopedre- Rex Tillerson y la politica exterior de EE.UU

 

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REXTILLERSON

La periodista Fabiola Santiago (El Nuevo Herald, 5/8/17) ha llamado “burro” al Secretario de Estado de Estados Unidos, Rex Tillerson, “burro como estadista”, para ser más exacto, porque según ella el Canciller estadounidense le ha dado la espalda a la defensa de los derechos humanos en Venezuela. No pongo reparos al piropo bestial que le ha dedicado la distinguida periodista al antiguo magnate petrolero, cada cual se despacha a su gusto cuando la histeria o el cabreo le nubla los sentidos, pero la cuartilla tiene su mérito porque me parece oportuna para poner a prueba la conocida advertencia de Thomas Henry Huxley: “Las verdades irracionalmente defendidas pueden ser más dañinas que los errores razonados”.

Como jefe de la diplomacia estadounidense, Tillerson declaró el 22 de marzo del presente año en Washington que “defender los derechos humanos en el exterior crea obstáculos a los intereses económicos norteamericanos”, y por consiguiente Estados Unidos no podrá alcanza sus metas de seguridad nacional si opta por esperar a que otros adopten estos valores. De hecho, el mundo occidental tropieza ahora con la amarga realidad de no haber conseguido asimilar a considerables sectores de su población, comunidades aisladas al margen de la cultura dominante indisolublemente ligadas a rasgos culturales o religiosos de los que no pueden prescindir sin perder su propia identidad. Problema demográfico de larga gestación a consecuencia en buena medida de haber ignorado el determinismo potencial de la cultura, los límites razonables de la diversidad y el mito de otra igualdad humana que no sea la igualdad ciudadana ante la ley.

La gente no presta atención; Estados Unidos enfrenta un mundo en transición lleno de peligros que están a la vista. Más que abandonar la solidaridad universal, el Canciller estadounidense ha puesto en primer plano la necesidad de una política exterior pragmática con el fin de frenar la confusión e inestabilidad creada en los últimos años por la globalización o mundialismo, con su secuela de problemas laborales y migratorios. De ahí que llamar burro a Tillerson, implica llamar asno al verdadero autor de estos principios, George F. Kennan, patriarca de la política exterior de Estados Unidos el siglo pasado y referencia obligada de la diplomacia estadounidense en el siglo presente.

En su libro, Las Fuentes de la Conducta Soviética (1951), Kennan elabora la doctrina diplomática que parece haber adoptado ahora la administración del presidente Donald Trump. “Tenemos que prescindir de todo tipo de sentimentalismo y utopías; nuestra atención tiene que concentrarse en nuestros intereses nacionales más inmediatos. Debemos dejar de hablar de objetivos vagos e irreales como los derechos humanos, el aumento de la calidad de vida, y la democratización. No está lejos el día en que tengamos que batirnos por conceptos realmente importantes. Cuanto menos estemos atados por conceptos idealistas, mejor.”

Ese día ya está aquí, manufacturado en buena medida con la ayuda de Cuba a la subversión internacional desde hace más de medio siglo, protegido por elementos de la extrema izquierda en el Congreso o subestimado por legisladores que visitan de vez en cuando el Sur de la Florida. Tillerson aún no ha venido a tomar café cubano en la Pequeña Habana, pero a través de los años varios congresistas y presidentes estadounidenses han cortejado el voto cubano con sentidas expresiones de solidaridad y vibrantes y esporádicas loas a los derechos humanos, dándole largas a la esperanza del exilio mientras los cementerios de la ciudad se pueblan de desengaños. Entendámonos bien, la libertad no se conquista hablando de derechos humanos solamente sino combatiendo por ellos, de lo contrario la consigna humanitaria se convierte en una impostura. Ahí está la prueba: El régimen cubano no sólo sigue en pie, ha puesto la pica en Venezuela y se ha metido de lleno en la Casa de Nariño, con el beneplácito del anterior inquilino de la Casa Blanca.

Tomen nota los venezolanos. Mis reiteradas advertencias de que Estados Unidos no intervendrá en Venezuela a menos que se produzca una amenaza a su seguridad nacional se ajusta a las directrices de la presente política exterior norteamericana. Sin embargo, no me parece justo llamar burro a Tillerson por haber explicado con toda franqueza lo que podemos esperar del Departamento de Estado, muy distinto a la dialéctica de Barack Obama, campeón de los derechos humanos que no tuvo reparos en apuntalar al régimen cubano.

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