Lunes de Post-Revolución: Violencia Verde Vil

De la violencia como criterio de la verdad

Orlando Luis Pardo Lazo

La violencia revolucionaria por fin hoy es expuesta como lo que realmente es, aunque las personas decentes aún resistamos a creerlo así: violencia vil, envilecida, de verdugos brutales sin otra ideología más allá que un suelo asesino para sus instintos criminales. Un salario casi siempre pagado por los matones de La Habana, el clan Castro que todavía se aferra a un poder despótico para el cual nadie nunca los eligió.

El problema del hombre desaparece tan pronto erradicamos su causa (es decir, cuando erradicamos al hombre). Así lo dijo y lo demostró tétricamente en la práctica un ingeniero de almas que se hacía llamar Stalin (Acero). Otros seudónimos no menos cómplices de la masacre, como Lenin y Trotsky, fueron tan sanguinarios como el propio Stalin, pero se les acabó o les acabaron su tiempo antes de tiempo, en medio de las pugnas por el poder comunista. La historia de la izquierda en el mundo es eso: una retahíla de crímenes entre ellos mismos, además de cometer genocidios constantemente contra media humanidad.

Ahora le toca el turno terrible a Venezuela, un país que se resiste a vivir el destino degradante de Cuba. En la islita infame del Caribe, el Ejército Rebelde de los Castros comenzó fusilando a troche y moche desde la misma Sierra Maestra. De esto no nos dijo nada Julio Cortázar, que escribió un volumen de cuentos llamado “Todos los fuegos el fuego” para engañar a Europa y Latinoamérica con su bobería de intelectual izquierdista. En esas montañas orientales de Cuba, entre 1956 y 1959, los militares al mando de Fidel Castro mataban a su propia gente casi más que a los soldados de la República en los escasos combates de verdad. Y los mataban como escarmiento, para así sentar un precedente perverso de cuáles serían las fuentes secretas de su poder a perpetuidad: la muerte de los cubanos.

Ahora esos mismos Castros, ya seniles pero igual de asesinos que seis décadas atrás, quieren que la fuente de la gobernabilidad en Venezuela sea la muerte a mansalva de los venezolanos.

En Cuba, en los años 50s, muchos de los líderes de la guerrilla urbana en la clandestinidad, que no eran sino verdaderos tira-tiros sin compasión, ejecutaron a sangre fría a muchos cubanos en atentados, así como también se ejecutaron entre sí al considerarse mutuamente delatores, o acaso por mera competencia desleal. El caso más dramático fue la encerrona que los jerarcas de la Sierra Maestra le tendieron a Frank País en el llano, en el Santiago de Cuba de 1957, entregándolo a la furia de los sicarios del dictador Fulgencio Batista, tras una serie intencional de llamadas telefónicas que revelaron su escondite al G-2 batistiano (después de 1959, la Seguridad del Estado castrista adoptó ese mismo emblema mortal: G-2).

Desde el propio 1959 del triunfo revolucionario, en Cuba cayeron en desgracia casi todos los comandantes carismáticos de aquella supuesta epopeya emancipadora. Y fueron aniquilados casi todos los líderes del movimiento estudiantil cubano, que era radicalmente libertarios y anti-tiranía totalitaria. El comunismo en Cuba siempre fue muy odiado, pues Cuba era un país civilizado, donde los ciudadanos no podían ser engañados con la propaganda mercenaria de Moscú, introducida en la Isla por Blas Roca, Juan Marinello, Nicolás Guillén, Carlos Rafael Rodríguez, Edith García Buchaca, entre otros vendepatrias que después se someterían al dictum de Fidel Castro.

Así y todo, muchos de los comunistas originales cubanos fueron condenados a décadas de cárcel. Otros tuvieron que sufrir un exilio de por vida. Y aún otros fueron sometidos la pena de muerte sin dilación. Los comunistas cubanos que sobrevivieron fue sólo porque vendieron su memoria y su alma al diablo con barbas de verde-olivo, y hasta se hicieron ministros miserables de una Revolución que muy pronto se pintaría de rojo sólo para ser sufragada por Moscú.

El pueblo cubano, lo mismo que la prensa que iba quedando en la Isla, aplaudía estos “excesos necesarios dada la coyuntura histórica por la que atravesaba el país”, entre otras demagogias por el estilo, las que Fidel Castro disparaba a ritmo de ráfaga en nuestra televisión nacional.

Esa violencia verbal y física se la están aplicando hoy a rajatabla de Venezuela, el último bastión de Latinoamérica donde a los latinoamericanos hoy nos queda la esperanza de derrotar a las dictaduras de izquierda en nuestro hemisferio.

En muchas de las aventuras armadas en este continente, ejerciendo un injerencismo atroz, el castrismo mandó a matar por igual a quienes se le oponían y a quienes lo apoyaban de manera no conveniente.

La experiencia chilena de inicios de los 70s fue emblemática al respecto, para culminar con un comando de cubanos que ultimaron en La Moneda al Presidente Allende, para entonces convertido ya en títere de La Habana. Esos cubanos salieron luego de La Moneda por sus propios pies, ante la complicidad de los tanques del General Pinochet, y de ahí siguieron para la embajada cubana en Santiago de Chile. Y desde allí pudieron recorrer medio Chile en paz, hasta embarcarse de vuelta a Cuba en un barco ruso anclado con toda impunidad en Valparaíso. Misión cumplida, comandante. Muerto el perro, se acabó la rabia.

En Venezuela hoy no es diferente. El castrismo conserva intacta a sus mentes malévolas. Descabezaron clínicamente el liderazgo planetario de Hugo Chávez, que antes había descabezado a su vez al propio ejército constitucional de la nación. Los accidentes ocurren, sobre todo en el aire, donde es tan utilitaria la fuerza de gravedad, donde la muerte siempre termina entronizando a los matarifes en el poder.

Miraflores es un cementerio, una cazuela donde se cocinan las peores fórmulas funerarias del mal: el palacio póstumo de la muerte de colegas y contestatarios por igual, por cientos, por miles, por cientos de miles a la vuelta de veinte años de un socialismo sucio pagado por Europa y por los Estados Unidos, potencias que mantienen viva a la dictadura vendiéndole armas y comprándole petróleo.

Así, cada estudiante asesinado con una bala en la cabeza en las calles de Venezuela ha sido asesinado primero por las izquierdas europeas y por las derechas norteamericanas. Todo lo demás es retórica.

Nadie crea que el castrismo está perdiendo su última pelea debido a la ineptitud de Nicolás Maduro, que en puridad no es sino uno de los cuadros más habilidosos y mejor entrenados por la inteligencia cubana, por el grosero G-2. Ocurre simplemente que el rol de Maduro es el de encarnar al hermano idiota dentro de la gran familia despótico-populista continental. Los Castros son los sabios. Y sus sátrapas latinoamericanos funcionan apenas como palancas y correas de mando, así como meras piezas de repuesto en una carrera hacia la eternidad, donde el objetivo clave es que nunca colapse Cuba, aunque Venezuela termine en una masacre.

Esos muertos “de mierda” en Venezuela a los comunistas cubanos nos les importan ni una mierda. Están bien muertos y hay que matarlos más. Pero donde no pueden ocurrir semejantes protestas, ni mucho menos desatarse semejante represión, es en Cuba. El régimen de los Castros es un exportador de violencias a sus vecinos, para así imponer dentro de la Isla, hasta el fin de los tiempos totalitarios, la paz perversa de los cementerios. El verdadero Miraflores es la Plaza de la Revolución de La Habana.

Los venezolanos tienen que tomar Miraflores y tienen que tomar Miraflores ya. Sólo así serán libres hoy mismo.

Por desgracia, los cubanos todavía tenemos tragedia para muchas décadas más.

Origen: Lunes de Post-Revolución: Violencia Verde Vil

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