Ramón Tamames-Una Moncloa argentina

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No haría falta recordar a los lectores que Argentina, con sus 2,78 millones de km2, tiene una extensión 5,5 veces la de España. Un territorio de gran riqueza, para sus 46 millones de habitantes (prácticamente la misma población de España), con un PIB per capita de 20.500 U$S (unos 18.000 Euros, frente a los 28.000 de promedio por estos pagos).

Si Stefan Zweig se refirió a Brasil como “El país del futuro”, ¿cómo denominaríamos a la República Argentina de hoy? Tal vez el mejor apelativo sería el de “Grandeza aplazada”, pues, después de siete décadas de ciclos en gran parte negativos, la grandeza que se preveía para la Nación, se ve pospuesta una y otra vez. Con la evocación de los primeros veinte años del siglo XX, se nos recuerda con frecuencia, que Argentina era el cuarto país del mundo en renta per cápita.

Tras la Gran Depresión, durante la Segunda Guerra Mundial, Argentina, acumuló grandes reservas internacionales, como proveedora fundamental de los países aliados, sobre todo de alimentos, las que se gastaron en pocos años; a la par hubo una industrialización forzada, típicamente sustitutiva de importaciones, la que luego resultaría tan costosa por su poca competitividad.

La política económica argentina se centra hoy en frenar la inflación, y se habla de reducir la enorme bolsa de pobreza, estimada en un 30 por 100 de la población, 14 millones de personas que no llegan a cubrir la canasta mínima de gasto familiar. Una desigualdad estructural que será imposible resolver sin medidas de redistribución de riqueza y renta, que no están en el catálogo de objetivos inmediatos del Gobierno Macri.

Dentro de esa situación, cabe decir que las exportaciones argentinas, que no llegan a 100.000 millones de dólares, son un tercio de las de España. Una muestra de que estructuralmente los argentinos no están bien situados en términos de competitividad, con términos comparativos (terms of trade) muy desventajosos, por el carácter agroalimentario de la mayor parte de tales exportaciones.

Estas observaciones sobre Argentina se deben a una reciente visita que realicé, entre los días 16 y 18 de mayo en, invitado por una serie de entidades, que coordinó Juan Eduardo Barrera, un muy querido alumno mío del Doctorado en la Universidad Autónoma de Madrid. Este era mi segunda visita dedicada expresamente a explicar los Pactos de La Moncloa. Ya en 1983, después de la desgraciada Guerra de Malvinas y en los albores de la democracia, fui invitado por la Universidad de Belgrano como anfitriona.

Comprobé que en Argentina hay mucho interés por llegar a un acuerdo político tipo Moncloa, especialmente sobre la economía, a partir del cual puedan irse superando las dificultades del país. Así lo evidencié en las distintas actividades y eventos a los que concurrí y especialmente en la sesión vespertina en el Senado, que contó con la presencia de la propia vicepresidenta de la Nación, la Licenciada Gabriela Michetti.

Tras mi propia intervención, el principal referente del Radicalismo aliado con Macri, el ex senador Ernesto Sanz, desgranó todo un argumentario en pro de un pacto global y duradero, enumerando los puntos principales del posible acuerdo, una vez que hayan pasado las elecciones legislativas de octubre.

De manera muy similar se pronunció Miguel Ángel Pichetto, el senador justicialista de mayor prevalencia. Y lo propio escuchamos de Federico Pinedo, el presidente provisional del Senado, y el último en intervenir. Dicho interés quedó asimismo plasmado en la sesión académica realizada en la UBA, de la que soy Honoris Causa, en mis encuentros en el CARI, en el Club Político Argentino y en la Escuela de Gobierno del Frente Renovador.

Desde un enfoque fundamentalmente económico, recordé en mis pláticas, algo que me comentó un amigo italiano, antiguo Agregado Cultural de la Embajada en Madrid, Angelo Pantaleoni: “Ramón, pocos se han percatado de que con los Pactos de La Moncloa conseguisteis algo que en Italia preconizamos y no pudimos alcanzar. Me refiero al Compromiso Histórico, que planteó en tiempos nuestro filósofo Antonio Gramsci, y que intentaron llevar a cabo Aldo Moro (por eso le asesinaron, aún no se sabe quiénes) y Enrico Berlinguer, que se quedó aislado en su postura por falta de interlocutor”.

Y ciertamente, Pantaleoni tiene algo de razón. En España, con los Pactos de La Moncloa, se tomaron acuerdos que lamentablemente no rigieron por tanto tiempo como hubiera sido deseable. Pero se marcó, indeleblemente, el comienzo de la nueva democracia, dando a ésta, en sus primeros pasos, una solidez y un respeto general que después no se igualaron nunca. En mi regreso a Madrid, recordaba lo que me dijeron mis colegas argentinos: “Vuelva Usted pronto, no más tarde de febrero del 2018. Y haremos un buen curso de verano, con todas las presencias políticas, para ver si somos capaces de hacer nuestro Moncloa” (sic). Y ya en Madrid, hablando de estas cosas con mis amigos, me decían: “No me extraña, Ramón, que en Argentina estén tan interesados por los Pactos de La Moncloa de 1977. Fue algo único, sorprendente para todos. Y más impresionante visto desde hoy, cuando en vez de la concordia reinan por estos pagos la hostilidad recíproca, las corrupciones, el secesionismo disparatado, y también no pocos simplismos populistas. Aquí y allá, tendréis que volver a la palestra con nuevas ideas para la concordia indispensable”.

Ramón Tamames es economista y político español. Fue diputado por el Partido Comunista de España e Izquierda Unida y uno de los firmantes de los Pactos de la Moncloa en 1977.

Origen: Una Moncloa argentina

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