Argentina: la brecha eterna

  • Buenos Aires se parece a ratos a París y a ratos a Argel, al tiempo que acusa un profundo desgaste social
Argentina: la brecha eterna
Buenos Aires

09/07/2017 

Una gran brecha divide Argentina en dos. Es la misma de siempre, sólo que ahora parece más anacrónica, imposible de cerrar a pesar de la democracia y las libertades. A la derecha le cuesta desmarcarse de la vieja oligarquía industrial y terrateniente, de los intereses corporativos internacionales, de la Junta Militar y los 30.000 desaparecidos, mientras que la izquierda ya no sabe qué hacer con Perón, el sindicalista autoritario que admiraba a la Alemania nazi y a la España falangista.

Cristina Fernández rompió con él y ahora reclama para ella y el kirchnerismo la causa de la justicia social, un movimiento cada día más populista y nacionalista que, aun fuera de la presidencia y lastrado por la corrupción, controla los tribunales, buena parte de la administración y los medios públicos de comunicación.

El kirchnerismo más patriótico agita la calle para hacer senadora a Fernández

“Hace un año y medio que la derecha volvió a la Casa Rosada, pero al presidente Mauricio Macri le cuesta afianzar las reformas económicas y recuperar el control de la administración”, explica el veterano periodista Gustavo Sierra. “Las elecciones legislativas de octubre determinarán su futuro. Si no logra un buen resultado, su mandato será un pequeño paréntesis en la sucesión de gobiernos de la izquierda”.

Paseamos por el centro de Buenos Aires, entre los teatros y las librerías de la avenida Corrientes y las fachadas clásicas y europeas de la avenida de Mayo.

Buenos Aires se parece a ratos a París y a ratos a Argel. “La ciudad se recupera –explica Sierra–, pero falta mucho por hacer”. Hay una decrepitud física que se aprecia en las aceras y las fachadas de muchos edificios, y otra social, mucho más urgente y difícil de resolver, representada por los indigentes, demasiadas personas sin hogar, que acampan en los portales, los parques y los cajeros automáticos.

Los bonaerenses protestan en la plaza de Mayo y festejan en el Obelisco

El empleo es precario, y los salarios, bajos. Como en tantos otros lugares, la clase media se proletariza sin que la economía –como explica el economista Marcelo Elizondo– sea capaz de superar los problemas sistémicos de productividad. “Esta es una economía cerrada, a la que le cuesta exportar por falta de infraestructuras y de un modelo adecuado debido a las políticas cortoplacistas de los sucesivos gobiernos. Desde 1913 en este país el periodo de expansión más largo sólo ha durado siete años”.

Una economía extractiva –hidrocarburos, madera, soja y carne– con mucha competencia exterior y una industria poco competitiva hace que el valor de las exportaciones, por ejemplo, haya caído un 40% desde el 2011.

En San Telmo, un barrio de calles estrechas, cafés, tango, parrillas y bohemia literaria donde Borges situó El Aleph, encuentro un Ford Falcon hecho polvo, aparcado en una esquina, el interior lleno de cartones. Este coche fue un símbolo de la potencia industrial y de la felicidad familiar en la Argentina de los años sesenta y setenta. Fue el más vendido, el preferido de una clase media que se subía al tren de la industrialización.

Borges y Buenos Aires comparten una carga esotérica, un misticismo selvático

La obra social del peronismo había dignificado a las clases populares y ahora les tocaba a los generales, respaldados por EE.UU. y asesorados por el FMI, aplicar las recetas del autoritarismo militar y el neoliberalismo económico.

El Falcon de la felicidad inocente se convirtió en el mensajero del terror. Era el coche de la policía y los secuestradores de la Junta Militar que gobernó entre 1976 y 1983. Cualquier opositor de la izquierda comunista y revolucionaria era secuestrado, torturado, asesinado y desaparecido.

Todo empezaba de madrugada, en el maletero de un Falcon y terminaba en el casino de oficiales de la Escuela de Mecánica de la Armada, centro de torturas, de violación sistemática de los derechos humanos. Hoy el recinto es un espacio de memoria gracias a Néstor Kirchner, el presidente peronista que a partir del 2003 acabó con la impunidad de los genocidas.

Sobre un muro del complejo, una frase de Juan Gelman: “No se puede dejar descansar a la memoria, no se puede uno arrellanar en la comodidad del olvido porque el hombre ¿es memoria o qué?”.

En este pueblo vivieron Falla y el Che cuando Argentina creaba y atraía talento

A diferencia de España, Argentina prefiere recordar y asumir el peso, el coste de esta memoria que pone a cada ciudadano en su lugar. Ni Borges se libra de la crítica por aquella comida en la Casa Rosada el 19 de mayo de 1976, invitado por el general Videla, hombre fuerte de la Junta que dos meses antes había dado el golpe. Sábato fue con él y juntos expusieron al dictador que el problema del país es que nunca había sido purificado por una guerra internacional.

La Junta Militar, en manos de la CIA, en plena guerra fría, instauró un terrorismo de Estado para combatir al comunismo y el peronismo que Borges no imaginaba. Cuando lo supo, se exilió en Suiza, hastiado de su país, de su política y su historia, y murió en Ginebra, en 1986.

También José de San Martín, el padre de la patria, murió autoexiliado en Europa. El libertador se refugió en Boulogne-sur-Mer, sin querer intervenir en la guerra civil posterior a la independencia, y allí murió en 1850. Su tumba está hoy en un lateral de la catedral, donde oficiaba el jesuita Bergoglio cuando fue cardenal de Buenos Aires.

Bergoglio, el papa Francisco, tampoco quiere visitar Argentina porque teme ahondar la brecha, ser pasto de los idus políticos. La campaña electoral lo devora todo y él teme dividir en lugar de unir.

La catedral está protegida por vallas antidisturbios, igual que la Casa Rosada, en el otro extremo de la plaza de Mayo, centro primigenio de Buenos Aires. Aquí protestan los argentinos, aquí resisten las abuelas de los pañuelos blancos que reclaman a los desaparecidos de la Junta Militar.

Las pancartas grandes y sucias, las pintadas, las cruces por los caídos en las Malvinas, la plaza de Mayo es el escenario gastado, exhausto, de la contestación social y la acción callejera, piquetes violentos, encapuchados, gente de Tupac Amaru, Quebracho y otros grupos a las órdenes del ultrakirchnerismo.

“Cristina Fernández alienta los disturbios sociales para forzar al Gobierno a echar mano de las fuerzas policiales y así acusarlo de criminalizar la protesta”, sostiene el analista Eduardo van der Koy en las páginas de Clarín. “La justicia –añade– actúa a favor de Fernández y en contra del presidente Macri. Ningún gobierno ha sufrido tantas demandas en tan poco tiempo: 62 en apenas año y medio”.

La expresidenta Fernández lo tiene bien para ganar un escaño en el Senado y, de paso, la inmunidad que la protegerá de seis procesos penales abiertos en su contra. En la Cámara Alta se encontrará con Carlos Menem, expresidente peronista como ella, que lleva 22 años resistiendo una pena de cárcel por venta ilegal de armas y enriquecimiento ilícito.

En diagonal desde la plaza de Mayo, hacia el norte, en el cruce de Corrientes con la avenida 9 de Julio, se levanta el Obelisco. Allí festejan los argentinos, como los seguidores de Boca Juniors hace pocos días, eufóricos por su triunfo en el último campeonato nacional de fútbol. El fútbol es tal vez el más importante de los rituales argentinos, con permiso del mate, el tango y el asado. Maradona es Dios, igual que Gardel y Evita. A Messi y al resto, se les cuestiona.

La gente pasea por el cementerio de La Recoleta el domingo por la mañana y busca la tumba de Eva Duarte, discreta, en un callejón estrecho, la única que siempre tiene flores. Aquí hubieran enterrado a Borges si no se hubiera muerto en el páramo ginebrino. Por aquí, entre los mármoles blancos, paseaba y escribía el poeta, anhelando el sueño y la indiferencia.

De Buenos Aires, Borges dijo que “no nos une el amor, sino el espanto. Será por eso que la quiero tanto”. Yo creo que también les une una carga esotérica, un misticismo de raíces selváticas, la selva que una vez lo cubrió todo, desde el delta del Tigre, al norte de Buenos Aires, hasta las orillas del río Paraná y más allá, territorio gua­raní, de yaguaretés y misiones ­jesuíticas.

Argentina es un país sin indígenas, con recuerdos difusos de los correchingones, los querandíes y el resto de las tribus prehispánicas. Los guaraníes, sin embargo, de alguna manera, han logrado que su cosmovisión sea también la de muchos argentinos. Indios nómadas, cazadores y recolectores, hasta que los jesuitas les convencieron de lo contrario, los guaraníes buscaban la tierra sin mal, donde todo mana sin esfuerzo.

Esta abundancia atrajo a los italianos y los españoles, a los ingleses, los sirios y libaneses, a los armenios, a los judíos alemanes que huían de los nazis y a los nazis que, al final de la Segunda Guerra Mundial, huyeron de sus crímenes y se establecieron en lugares como Villa Edén, en el pueblo de La Falda, provincia de Córdoba.

El clima seco de aquellas tierras altas propició que en 1942 se cruzaran, cerca de allí, en Alta Gracia, dos vidas que también definen muy bien la identidad argentina. A Ernesto Che Guevara, asmático, y Manuel de Falla, tuberculoso, les iba bien aquel aire serrano. El Che era un niño burgués que aún no había descubierto la revolución, y Falla era un compositor español, exiliado, que luchaba contra el tiempo para completar La Atlántida, una cantata inspirada en el poema de Verdaguer.

El Che y sus amigos solían saltar la tapia de la casa del maestro para robarle naranjas y limones sin que él pudiera hacer nada para impedirlo. La familia del Che se mudó al año siguiente, y Falla murió allí mismo en 1946. No consta que hablaran, que el músico explicara al joven los estragos que causaba el fascismo. Sus casas, que hoy son museos, ayudan a explicar esta Argentina que crea e incorpora talentos, una riqueza cultural hoy superada, sin duda, por el aplastamiento de la banalidad política, de la violencia gratuita, de las comedias de enredos que copan la cartelera teatral bonaerense.

Hay que meterse en las calles altas de Palermo, los cafés y librerías de aquel barrio burgués y residencial, para encontrarle el pulso a la Argentina más capaz. La más divertida y canalla está más al sur, en San Telmo y en la todavía pobre Boca con sus casas de colores, con paredes de madera y techos de zinc. Tres barrios, tres identidades y tres estratos sociales, unidos por una armonía que rompen el progreso y la codicia, las torres altas de puerto Madero, la modernidad rica pero sin alma en apartamentos de cristal, muy por encima del suelo, la brecha ensanchándose bajo sus cimientos.

Origen: Argentina: la brecha eterna

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Un comentario en “Argentina: la brecha eterna

  1. Los Argentinos siempre adolecieron el Sindrome de Estocolmo amando a sus verdugos. Como Argentino y de acuerdo a mis 8 decadas de vida puedo decir con conocimiento de causa que se carecen de Bases Morsles firmes. Hoy 9 de Julio dia de nuestra Independencia no se ven adornados los edidicios con nuestra Bandera Argentina, muy contrario si hubiera ganado Boca o River. Todo lo que se escucha es que es lo van a comer, si asado o empanadas, todo un populismo barato que edts sometida a ña corrupcion pero sirmpre votsn a las mismas mierdss.

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