Esteban Fernandez-El Bluff de la Sierra

Quizás algunos jóvenes se tragan el paquete de “la gesta heroica de La Sierra Maestra” Todo lo que yo escriba aquí se pudiera simplificar en “un gigantesco bluff donde Fidel Castro tiró tremendo majá”.

Comencemos por decir que desde el principio fue un fracaso. El lugar de desembarco (o sería mejor decir “naufragio”) fue un desastre, donde se bajaron un montón de hombres mareados, vomitando y tratando de huir en desbandada. Estaban en Playa Colorada, pero yo creo que no sabían ni donde diablos estaban.

 

Enseguida las fuerzas gubernamentales les fueron encima y cayeron muertos, heridos y prisioneros la mayoría de los invasores.

Como siempre, a través de toda la historia reciente cubana, Fidel Castro corrió más que un guineo. Dicen los corifeos de la tiranía que salieron ilesos 12, pero se trataba de un farsa tratando de equipararlos con los 12 discípulos de Cristo. Fueron más, por mí cuanta fueron más de 20 los que lograron escabullirse.

 

Todo estaba perdido, hasta que un guajiro bandido y traficante de marihuana llamado Crescencio Pérez y sus hijos les tiraron un cabo y escondieron a los sobrevivientes. Ocho Springfields, una ametralladora Thompson y mil balas, eso era todo lo que tenían estos mequetrefes.

 

La labor principal de Fidel Castro fue auto protegerse, crear un guardia pretoriana, formar una tropa de choque que le sirviera de guardaespaldas y al frente de los cuales puso su perro de presa Ramiro Valdés. Desde el primer instante acercarse a Castro era correr un tremendo peligro. Cuidar la vida del que tantas vidas le costó a nuestra nación siempre ha sido el principal objetivo de toda la gestión emprendida.

El verdadero éxito de Fidel Castro jamás fue militar sino fue tirar una balandronada que le hiciera creer a los cubanos -y de paso, al mundo- que se estaban llevando a cabo tremendas batallas campales, que habían muchas “columnas” combatientes, que el Ejército Rebelde era una fuerza descomunal, cuando en realidad solo fueron unas escaramuzas de muerde y huye contra unos militares que en su mayoría nunca habían peleado. Solo en Yaguajay tuvieron que batirse a sangre y fuego.

 

Cierto que hubo varios cojonudos dentro de los “comandantes’ y dentro del Ejército Constitucional, pero después de estudiar casi toda mi vida este proceso puedo asegurar que ni Fidel ni Raúl estuvieron dentro de los valientes ni dentro de los “guerreros”. Yo mentiría si les dijera que Efigenio o Camilo o Jorge Sotús, o Sánchez Mosquera, o el chino Alfredo Abón Lee y varios más fueron unos pendejos. Pero los medio hermanos Castro si lo eran.

¿Dónde están los libros oficialistas que reflejen la combatividad de Raúl Castro en la Sierra Cristal? Por mucho que se han esforzado no han encontrado un instante donde este imberbe personaje con su cola de caballo disparó ni un tiro al aire. Lo que sí hizo fue fusilar a guajiros inertes. Si quieren pregúntenle al respecto al comandante “Nino” Díaz si se lo encuentran en Miami.

Fidel Castro después del susto y el sofocón inicial, después de haber sido protegido por la familia Pérez, trató durante un montón de meses que duró este proceso de vivir lo mejor posible.

La mayor cantidad del tiempo se la pasó echado en una hamaca, leyendo libros y fumando tabacos. Estaba de “picnic” comiendo lechón en púa. El único dolor que tuvo fue de muela, y un dentista profesional le resolvió el problema. Ni un solo arañazo.

No, no puedo decir que tenía a su disposición un jeberío ni unas coristas del Tropicana, pero como dicen que en “tiempos de guerra cualquier hoyo en una trinchera” le metía mano a Celia y a Vilma.

 

Su mayor victoria fue “venderle toda esta sarta de exageraciones” a un comemierda escritor del New York Times llamado Herbert Matthews como si tuviera un tremendo ejército y él fuera un general de mil batallas. Lo que hicieron fue tomarle el pelo y burlarse del “afamado periodista”. En realidad, y quedó demostrado, era un zopenco izquierdista.

Este mierdero y dañino diario newyorkino (que todavía lo sigue siendo) publicó sus fotos con su rifle de mira telescópica como si fuera un Patton latinoamericano. Ni corto ni perezoso el incauto (por no decir una palabra peor) Miguel Ángel Quevedo se hizo eco en Bohemia del paquete mal envuelvo de la gran guerra que se desarrollaba en las montañas cubanas. Tal parecía como que se trataba de la batalla de las Termópilas moderna.

Cuba entera (con honrosas excepciones) se tragó el cuento. Un gangstercito de quinta categoría, cobarde e hijo de perra se hizo líder de la lucha contra Fulgencio Batista, el cual cuando la caña se le puso a tres trozos puso pies en polvorosa.

Todavía -tras la huida de Batista- Fidel Castro estaba apendejado y convencido de que no tenía suficientes barbudos -ni armas- para tomar el poder en Cuba si le hacían resistencia, y no salió disparado para La Habana sino que hizo un recorrido -una caravana- de varios días logrando que miles de oportunistas se le unieran y llegó aupado por cientos y cientos de descarados disfrazados de verde olivo. Todo había sido una fanfarronada, un engaño, un alarde barato, un paripé.

Y ahí comenzó a encarcelar en cantidades industriales, a matar indiscriminadamente y a implantar una la más sangrienta tiranía que haya padecido este continente.

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