Estados Unidos no tiene quién le gobierne (pero sí quién le tuitee) | EL MUNDO

El presidente Trump durante un encuentro con seguidores en Ohio, el pasado 25 de julio. REUTERS

El 28 de julio es un día de ejecuciones. El 28 de julio de 1794, Robespierre fue decapitado en la guillotina. El 28 de julio de 1540, Thomas Cromwell – ex primer ministro de Enrique VIII de Inglaterra – también fue decapitado, pero a hachazos. Los dos, sin juicio.

“Reince lo ha tenido más fácil”, dijo ayer en la red social Twitter Bill Kristol, ex director de la revista ‘The Weekly Standard’, ex asesor de Bush padre e hijo, promotor de la invasión de Irak y enemigo declarado de Donald Trump. Kristol se refería a Reince Priebus, decapitado políticamente el viernes 28 del cargo de jefe de gabinete de Trump, y reemplazado por el hasta ahora secretario de Seguridad Interior, el general retirado John Kelly. El cuarto cargo de confianza que Trump cesa desde que llegó a la Casa Blanca.

La fulminación de Priebus ha sido más parecida a la de Cromwell que a la de Robespierre, porque Trump es un monarca absoluto renacentista, no un revolucionario. Priebus nunca tuvo el poder que se supone a su cargo. Y tampoco lo va a tener Kelly. Trump dirige personal y directamente las operaciones de la Casa Blanca. Su táctica no es gobernar, sino estar en campaña permanente y distraer la atención.

En realidad, Trump tuitea y habla, pero gobierna poco. El Congreso, controlado por sus correligionarios, habla, pero tampoco logra gobernar. Y la oposición demócrata está perdida en combate. En 2017, EEUU no tiene quién le gobierne.

Brett Bruen, presidente de la consultora Global Situation Room y ex director de Global Engagement en la Casa Blanca con Barack Obama, cree que esa dinámica es lo que explica la oleada de tuits y de insultos procedentes del presidente y su entorno: “Todo eso hace que nadie se fije en lo importante: la investigación sobre Rusia, el hecho de que Trump no haya conseguido que el Congreso apruebe ni una sola ley, los constantes ensayos de misiles de Corea del Norte, la entrega de toda la influencia de EEUU en Siria a Rusia”, concluye Bruen en una conversación con EL MUNDO.

La situación de Trump recuerda a la del que para muchos estadounidenses es el presidente fallido por excelencia: Jimmy Carter, que ocupó el cargo de 1977 a 1981. Carter -como Trump- convirtió su escasa de experiencia política en un activo electoral. Prometió -como Trump- simplificar el sistema impositivo de EEUU, al que calificó como “una desgracia para la raza humana”. Fracasó. Prometió -como Trump- reorganizar la “burocracia inflamada, horrible, confusa”. Y fracasó. Trató de liquidar proyectos agrícolas que eran solo una forma de compra de votos en 17 estados. No solo fracasó; también puso a los congresistas de esos 17 estados – muchos de ellos, demócratas – en su contra.

El Washington de 2017 presenta algunas similitudes con el de 1977. El jueves, Donald Trump llamó por teléfono a varios senadores republicanos para pedirles que votaran a favor de la derogación parcial de la reforma sanitaria de Barack Obama. No le hicieron caso, y el viernes de madrugada tumbaron la derogación. Unas horas antes, el Congreso había aprobado una ley que impone más sanciones a Rusia y que hace imposible que Trump pueda levantar cualquier tipo de medida punitiva a Moscú. Y unas horas después, Corea del Norte lanzó otro misil balístico intercontinental.

Trump juega con la ventaja que le da tener margen electoral. El presidente siempre puede moverse más a la derecha, lo que le pone en sintonía con el núcleo duro de votantes republicanos. Un ejemplo: las Primarias para suceder a Jeff Sessions, el ultraconservador senador de Alabama que dejó el cargo para ser fiscal general con Trump están siendo el escenario de una lucha sin cuartel entre dos candidatos que compiten por ver quién está más a la derecha. Y otro más: muchos conservadores no solo eximen de toda responsabilidad a Trump por el fracaso en la reforma sanitaria, sino que además quieren la dimisión del presidente del Senado, el conservador republicano Mitch McConnell.

Y ésa es la otra variable de la política de EEUU en 2017: si la Casa Blanca no logra dar una, en términos de lograr leyes, el Congreso – también controlado por los republicanos – no está mejor. Es otro caos, pero más disimulado. Trump ha echado a Priebus, el hombre del (teóricamente) poderosísimo Ryan. Y ¿qué ha pasado? Nada.

“El equipo de Ryan no da una. Los errores de Trump son comprensibles, porque no tenía experiencia en la Administración. Pero ¿y entre los republicanos del Congreso, que llevan toda la vida en Washington y que tienen un poder sin parangón en este momento? ¿No saben cómo funciona el proceso político?”, se pregunta un asesor del Partido Republicano que ha colaborado con el equipo de Ryan en los últimos meses. Así pues, a día de hoy, EEUU no tienen quién le gobierne. Pero, eso sí, sí tiene quién tuitee.

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