Las atrocidades de los CDR que muchos cubanos quieren olvidar 

Especial

LA HABANA.- Más claro no pueden tener los cubanos de ayer y de hoy que el comunismo es el “invento maquiavélico” que les ha robado la libertad, pero no los deseos de seguir adelante, y que los denominados Comités de Defensa de la Revolución (CDR) han sido el mecanismo del que se ha servido el castrismo, por muchos años, para vigilar y oprimir al pueblo de la mayor de las Antillas.

Paridos de las entrañas del ya fallecido Fidel Castro, los CDR asumieron la función de “ojos vigilantes y tentáculos opresores” de la autocracia imperante, y de la siniestra operación de esos “minicuarteles” se desprenden millares de historias que involucran a personas del común cuyo único “pecado” consistió en anhelar el respeto de sus derechos o vivir libremente.

“La jinetera”

Este es el caso de Mariela, habanera de 51 años, quien fue víctima del CDR de su cuadra en el populoso sector de El Vedado. Por ese entonces, tanto su padre como su madre hacían parte de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), “más por obligación que por principios”, y gracias a un “contacto” lograron conseguirle un trabajo en una firma comercial que era propiedad de unos extranjeros.

Tenía 19 años, un cuerpo apetecido, una cabellera que le rozaba la cintura y unas ganas inmensas de comerse el mundo. Vale aclarar que no era “jinetera”, nunca lo fue antes ni tampoco lo es en estos tiempos. Pero la presidenta del CDR pensaba todo lo contrario. “Mariela es una puta que anda con extranjeros”, solía decirles a las personas de su círculo más íntimo.

La dirigente del comité tenía sus propias razones para llamarla de esa manera. La jovencita de aquel entonces llegaba a casa, casi todos los días laborales, a bordo de vehículos lujosos conducidos por diferentes hombres, siempre mostrando una sonrisa que todavía irradia una felicidad inconmensurable. Pero como las apariencias muchas veces engañan, la presidente del CDR estaba equivocada.

“Yo simplemente ‘cogía botella’ [aventón] de las personas que trabajaban en la firma, me llevaban rápido hasta mi casa y nada más. Pero la mujer esa me cogió un odio y se puso a hablar cosas de mí, diciendo que yo era una ‘jinetera’ que andaba con unos brasileños”, dice Mariela debatiéndose entre la rabia y la indignación.

Pero llegaría el momento de aclarar ese asunto, y fue precisamente en una reunión del CDR en la que el padre de Mariela pidió permiso para hablar, se lo concedieron y, en tono recio, ‘puso por el suelo’ a la presidenta del comité. “Ser presidente del CDR es muy distinto a ser una chismosa que inventa cuentos”, dijo el militar sin que le temblara la voz.

Desde ese momento, la situación adquirió un carácter tenso y las partes rompieron todo lazo de amistad. Sin embargo, la mujer al servicio del castrismo jamás cambió su discurso, y en los anales de la dictadura cubana, Mariela seguirá siendo otra de las tantas “jineteras” que abandonó la isla respaldada por algún foráneo de los tantos que la llevaban a casa al regresar del trabajo.

“El loco Carlitos”

Es sabido que los CDR actúan en la misma línea criminal de las mafias que han hecho tambalear la institucionalidad en países como Italia, Irlanda, Colombia o México, en el sentido de que si una persona es parte de una de estas pequeñas pero otrora poderosas oficinas sectoriales de la llamada “revolución” y abdica al compromiso adquirido, lo más seguro es que se le venga el mundo encima.

Palabras más, palabras menos, eso fue lo que tuvo que vivir Carlos, a quien en El Nuevo Vedado conocían y recuerdan como “el loco Carlitos”, un habanero dado a organizar fiestas, amparado en cualquier pretexto, y que vive de las remesas que le envían un tío y varios primos radicados en Canadá.

Carlos era parte del CDR en calidad de “encargado de los trabajos voluntarios”. Un domingo de cada mes organizaba a los vecinos para realizar labores de limpieza, poda de árboles, recolección de elementos reciclables y otras actividades. Su trabajo permanente lo tenía en una empresa estatal que rentaba vehículos a turistas y negociantes del extranjero.

Un día cualquiera, “hastiado de las mentiras de este Gobierno”, Carlos decidió renunciar a su cargo en el CDR. Las represalias no se hicieron esperar. Un lunes le dijeron que estaba despedido del trabajo, “porque supuestamente yo estaba rentando los carros ‘por la izquierda’ para quedarme con el dinero”.

Más tarde sería objeto de un acto de repudio en su casa. “Todos me gritaban gusano, que era un traidor a la patria, y me puse tan mal que salí a dar la cara. Entonces me golpearon, también me escupieron y al poco tiempo estaba en Mazorra (hospital para dementes) recibiendo electrochoques y pastillas que me hacían sentir sonso”, recuerda en su deteriorado cuartucho en La Cuevita, quien desde entonces es “el loco Carlitos”.

“Las parabólicas”

Si bien los CDR han dejado de funcionar prácticamente a lo largo y ancho de la nación insular, en otro momento de la historia tenían un poder casi omnímodo, operando como una red de espionaje que todo lo sabía o muchas veces solo presumía, basándose en las apariencias.

Han transcurrido más de 15 años y todavía están frescas en la memoria de Lázaro las imágenes del momento en que arribó a su casa, en el Reparto Santa Fe, un grupo de oficiales de la Seguridad del Estado buscando unas antenas parabólicas.

“Eso fue ‘chivateao’ [reportado] por la gente esa del CDR, que no querían que uno se buscara unos chavitos [pesos], y llegaron buscando la antena, pero yo la tenía escondida en un falso techo que tuve que hacer para esconderla bien”, explica el hombre nacido en Holguín.

Consumir señales de televisión provenientes del exterior está prohibido en Cuba, sometiendo a los televidentes a largas horas de programación manejada por el Estado. Lázaro, inteligente y sagaz, como él mismo se describe, lograba “bajar” canales de los Estados Unidos, que compartía con sus vecinos, por unos cuantos pesos, a través de un rudimentario sistema de “televisión por cable”.

Finalmente, los “segurosos” [oficiales de los cuerpos de seguridad] nunca dieron con el paradero de la antena, pero el aventajado holguinero tuvo que desmontarla a raíz de que los canales fueron bloqueados, no sabe si por la Empresa de Telecomunicaciones de Cuba (Etecsa) o por los dueños de las señales televisivas.

Lázaro, un hombre de tez curtida por el sol y cuyo pectoral exhibe unos huesos cubiertos de muy poca carnosidad, cree que los CDR ya no son lo mismo de antes, pero: “Es mejor cuidarse. Aquí en La Habana cualquiera puede ser un ‘chivatón’ del Gobierno”.

Origen: Las atrocidades de los CDR que muchos cubanos quieren olvidar | Cuba

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