Ceferino Reato-Javier Grosman, el director teatral que organizó el funeral de Néstor Kirchner 

Javier Grosman, procesado por el juez federal Claudio Bonadio por defraudación contra el Estado, organizó el funeral público, a cajón cerrado, del ex presidente Néstor Kirchner, fallecido el 27 de octubre de 2010. Según el periodista Ceferino Reato, fue “una puesta en escena que alfombró el camino a la reelección” de Cristina Kirchner. Aquí, un extracto de su libro “Salvo que me muera antes”
(Instituto PATRIA)
(Instituto PATRIA)

La muerte de Néstor Kirchner fue una tragedia para sus partidarios; en primer lugar, para su compañera y discípula. Sin embargo, más allá del dolor y las lágrimas, Cristina pudo convertir al velatorio público en una puesta en escena que conmovió a los argentinos y alfombró el camino a su reelección, al año siguiente, en 2011, con una votación récord, el 54,11 por ciento y en primera vuelta.

Una representación exitosa, que cambió el clima de la opinión pública: la mayoría de la gente se solidarizó con la Presidenta en su rol de viuda triste y sufriente, pero serena, estoica, que mostraba la templanza necesaria para seguir gobernando la Argentina a pesar de la pérdida del hombre fuerte del país.

Una construcción a tono con estos tiempos de “teledemocracia”, donde “la política es espectáculo”; se ha transformado en una “representación a través de la interpretación”, según explica el politólogo italiano Sergio Fabbrini.

La idea fue de Cristina, quien tomó las principales decisiones; por ejemplo, que nadie pudiera ver el rostro sin vida de Néstor. Ella también tuvo a su cargo el papel estelar, parada o sentada junto al féretro cerrado y lustroso, toda de negro y con grandes anteojos también negros, un luto que conservaría durante más de tres años.

En las casi trece horas que ella permaneció en el Salón de los Patriotas Latinoamericanos de la Casa Rosada, estuvo acompañada por sus hijos —Florencia, de diecinueve años, y Máximo, de treinta y dos—, y un abanico de parientes, amigos, funcionarios y dirigentes políticos y sociales, dispuestos en un cuidado segundo plano.

Todo convergía en ella; nada distraía la atención del público. También la escenografía, de una simpleza dramática: apenas el féretro, apoyado sobre una alfombra circular y cubierto con la bandera argentina, el bastón de mando del ex presidente, un pañuelo de las Madres de Plaza de Mayo y la camiseta de Racing; un jarrón de rosas rojas por delante y una cruz por detrás; cuatro granaderos de guardia, y un tapiz de coronas recostadas sobre las paredes pero sin tapar los retratos de San Martín, el Che Guevara, Perón, Evita, Martí y Salvador Allende, entre otros personajes de la Patria Grande.

De esta manera, la Presidenta se convirtió en la receptora natural de todas las muestras de cariño de la multitud que desfiló frente al féretro —muchos, con los ojos bañados en lágrimas— durante las veintiséis horas que, en total, duró el funeral, desde las diez de la mañana del jueves 28 de octubre de 2010.

Ocho presidentes de la región, entre ellos el brasileño Luiz Inácio Lula da Silva, el boliviano Evo Morales y el venezolano Hugo Chávez, llegaron para confortar a Cristina, así como Diego Maradona —Kirchner era fanático del crack— y figuras del espectáculo: Marcelo Tinelli, Andrea del Boca, Florencia Peña, Soledad Silveyra, Nancy Dupláa y Pablo Echarri, entre otros.

Cada uno de esos saludos y diálogos con Cristina fue un cuadro en sí mismo, un episodio que ayudó a mantener la tensión dramática del evento y el interés de los millones de televidentes que pudieron asistir en vivo y en directo al funeral gracias a que las imágenes del canal oficial estuvieron disponibles para todos los canales.

Hubo otros cuadros más inesperados y, por eso, más impactantes, como un cantante lírico que entró entonando el Ave María; un productor rural que agradeció a viva voz la política oficial hacia el campo, uno de los peores “enemigos” para el gobierno, y los homenajes de los mozos de la Casa Rosada y de trabajadores de la construcción con sus cascos amarillos y azules.

El evento permitió al kirchnerismo la recuperación de la mística —el espíritu que anima la política—, luego de la derrota contra el campo, en 2008, y la caída en las elecciones legislativas de 2009, donde el propio Kirchner perdió en la provincia de Buenos Aires; le ganó Francisco de Narváez, un empresario con un brevísimo pasado en política.

El director de esa puesta en escena fue Javier Grosman, un experimentado productor teatral y musical que ya se había destacado en el fabuloso desfile por el Bicentenario de la Revolución de Mayo, que fascinó a la gente que desbordó las avenidas y las calles del centro de la ciudad de Buenos Aires.

Tan bien le salió a Grosman que varios periodistas comenzaron a llamarlo “El ministro del relato K” o “El arquitecto estético del kirchnerismo”.
En todo caso, resultó un funcionario clave en “la batalla cultural”; desde que el italiano Antonio Gramsci actualizó el marxismo, se sabe que la cultura —en un sentido amplio— es el lugar donde se decide la hegemonía de un grupo político sobre los otros.

Un ex colaborador de Grosman cuenta que su jefe se enteró de la muerte de Kirchner cuando a media mañana recibió en su casa un llamado de Nicolás Diana, el periodista de Noticias que estaba en El Calafate.

—Javier, murió Néstor —le dijo.

—¡La concha de tu hermana! ¡No me rompas las pelotas! —le contestó Grosman, creyendo que se trataba de una broma.

—Javier, escúchame lo que te digo: murió Néstor.

—No te puedo creer, Nicolás.

Mientras su esposa ponía la televisión, Grosman llamó a Juan Manuel Abal Medina, vicejefe de Gabinete y asesor de Kirchner en la UNASUR.

“Javier —agrega el informante— siempre contaba que Abal Medina lo atendió, pero que no le salió una palabra porque estaba llorando”.

—Ya está Juan Manuel, entendí todo — le dijo antes de cortar.

Grosman se fue a la Casa Rosada, al despacho de Oscar Parrilli, que era el secretario general de la Presidencia y de quien dependía en el organigrama como director ejecutivo de la Unidad Ejecutora del Bicentenario.

Por su cargo, Parrilli era el encargado de organizar todos los actos protocolares de la Presidenta.

Durante una hora, hasta que Parrilli viajó también él a El Calafate para asistir al velatorio íntimo, se ocuparon de trazar las líneas gruesas de la capilla ardiente.

“Cristina tuvo, claramente, una participación decisiva desde el momento en que pudo hablar por teléfono con Parrilli. Una participación más conceptual, además de algunas decisiones claves. Aníbal Fernández —jefe de Gabinete— y Carlos Zannini —secretario Legal y Técnico de la Presidencia— también hicieron aportes por teléfono, entre otros ministros y secretarios”, informó el ex colaborador de Grosman.

Lo primero que definieron fue el lugar del velatorio público. Tanto el vicepresidente Julio Cobos como el titular de Diputados, Eduardo Fellner, habían ofrecido el Congreso, pero ese lugar fue rechazado porque todos coincidieron en que “la casa de Néstor era la Casa Rosada”.

“Néstor mismo lo había demostrado. Era un político de gestión; ya había sido elegido diputado, pero estaba claro que la tarea parlamentaria no le interesaba en lo más mínimo”, explica otro ex funcionario, que también realizó aportes por teléfono.

Fellner era un amigo; fue uno de los pocos gobernadores que apoyó a Kirchner para la primera vuelta en 2003, cuando mandaba en su provincia, Jujuy, que, además, fue uno de los tres únicos distritos en los que el patagónico ganó, junto con Santa Cruz y Formosa.

En cambio, Cobos se había transformado en mala palabra en el kirchnerismo luego de su voto “no positivo” presidiendo el Senado, que decidió la derrota contra el campo. Las consignas “¡Cobos traidor!” y todas sus variantes estuvieron entre las más coreadas por la gente que hizo hasta ocho horas de fila para despedirse de Kirchner.

Tanto Grosman como sus colaboradores señalan que el velatorio de Kirchner en la Casa Rosada estuvo dentro de la línea estética que desde los festejos por el Bicentenario buscaba interpretar las ideas de la entonces Presidenta para “relatar una épica determinada” —una lucha—, cuyo objetivo era transmitir una ética; es decir, una serie de conceptos y valores sobre lo que está bien y lo que está mal.

Una estética para una épica que expresa una ética; la fórmula que resume el estilo Grosman. Junto con otros dos elementos: en cada evento, una idea muy clara sobre lo que se quiere contar y una producción de primer nivel para un espectáculo de masas.

El ex colaborador de Grosman, que pidió permanecer en el anonimato, cuenta que en la capilla ardiente en la Casa Rosada hubo varias decisiones obvias como, por ejemplo, la elección del lugar, al que luego se le atribuyó buena parte del éxito por su forma circular, que facilitó la tarea de las cámaras de televisión y del fotógrafo presidencial Víctor Bugge —40 años en esa función—, quien desde la galería captó imágenes cenitales muy conmovedoras.

“Hay toda una fantasía ahí, pero fue todo muy natural —explica el informante—. Si vos entrás a la Casa Rosada por Balcarce 50, por la entrada principal, ¿a dónde desembocás? A ese lugar, que ya tiene esa forma, circular. El lugar ya estaba y, además, era el Salón de los Patriotas Latinoamericanos. No tenía sentido buscar otro. Más aún si tenías que prever que llegaría mucha gente porque nosotros, cuando hacemos un análisis de un lugar físico de ese tipo, comparamos a la gente con el agua. Nos preguntamos: ¿qué haría el agua en estas circunstancias? ¿Para dónde iría? La conclusión: la gente iba a entrar por Balcarce 50, llegaría al Salón, miraría el féretro mientras pegaba la vuelta y saldría por el mismo lugar, aunque por la otra puertita”.

Las fuentes consultadas desmienten que las imágenes que se vieron por televisión hayan sido editadas: “Confiábamos —afirma el ex funcionario de Grosman— en que bastaba con hacer las cosas bien desde el punto de vista técnico porque el dramatismo ya estaba y era puesto por el hecho en sí y por la gente que venía a saludar a Néstor. También, por la gente que estaba en su casa mirando la televisión. No había ningún contenido que inventar”.

La capilla ardiente en la Casa Rosada relanzó al kirchnerismo, pero la recuperación había comenzado cinco meses antes, con el Bicentenario.
Las fuentes consultadas aseguran que fue de Cristina la idea de aprovechar esos festejos para generar una estética más contemporánea, que dejara atrás el folklore de los actos peronistas y se adaptara a la nueva composición que iba adquiriendo la coalición oficialista así como a la épica que quería expresar.

Grosman tenía ya una amplia trayectoria. Había sido el creador de Babilonia, un espacio de culto en los noventa. Había trabajado con Graciela Fernández Meijide y con Aníbal Ibarra, y fue acercado al gobierno por el secretario de Medios, Enrique Albistur, para el armado de los actos.

No era kirchnerista ni peronista; venía de una izquierda ecléctica. De a poco, mientras se metía también en las campañas electorales, se le fue ocurriendo que el gobierno debía evolucionar hacia una estética que hablara del “modelo”, que sustentara el discurso oficial.

Su hora llegó cuando los funcionarios de Cultura y Comunicación de Cristina estaban empantanados con los festejos del Bicentenario. A Parrilli se le ocurrió sumar a Grosman, y la Presidenta lo nombró a cargo del aniversario por un decreto firmado el 30 de diciembre de 2009.

Tenía pocos meses. Grosman acercó a Diqui James, el creador del grupo de teatro de vanguardia Fuerza Bruta. Cristina quedó encantada con la propuesta para el desfile central de los festejos e influyó fuertemente en la definición de los diecinueve cuadros: “Sacó algunos y puso otros —cuenta nuestro informante—. Por ejemplo, agregó La Vuelta de Obligado y El Éxodo Jujeño y sacó alegorías muy críticas a la campaña de (Julio Argentino) Roca contra los indios”.

Kirchner también hizo fuerza por esta nueva estética, pero en contra. Pensaba que estaban perdiendo el tiempo. Nuestro informante afirma que el ex presidente “se metía en absolutamente todas las reuniones que Cristina encabezaba sobre el Bicentenario en la residencia de Olivos. Se hacían en la sala de reuniones de Jefatura. La Presidenta se sentaba de espaldas a la puerta, de frente a la ventana, y Parrilli, Grosman y Bauer, del otro lado de la mesa. Néstor tenía su despacho del otro lado del hall central. Siempre asomaba la cabeza por detrás de Cristina y los saludaba.

—¿Cómo andan? ¿Están con esa pelotudez del Bicentenario?

Cuando se despedía, muchas veces dejaba la mano izquierda del lado de adentro y le hacía una seña a Javier para que saliera. Se conocían mucho de la campaña de 2009. Y Javier se retiraba un momento con cualquier excusa.

—Dejáte de joder, Ruso, con estas pelotudeces. No rompás más las bolas. Veníte a trabajar conmigo en serio, no con estas forradas de los intelectuales. Dejálo a Tristán con estas boludeces —le decía.

Pero, el Bicentenario fue un éxito. Dos días después del desfile, Javier recibió un llamado de Héctor Icazuriaga, el jefe de la Secretaría de Inteligencia.

—Tengo un mensaje para vos, de parte de Néstor.

—Pará, que me doy el cachetazo yo solo.

—No, no. Dice Néstor que te felicita, pero que quede claro que ésta es la única que él no vio”.

Origen: Javier Grosman, el director teatral que organizó el funeral de Néstor Kirchner – Infobae

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