Creo recordar que era Viernes Santo. Es una escena que he recreado en mi novela La tabla (España, 2008). Fue a finales de los años setenta. En tiempos del comunismo parasitario floreciente y del ateísmo militante; recuérdese que apenas una década atrás unos treinta mil jóvenes, muchos de ellos por motivos religiosos, habían pasado por los campos de concentración de las tristemente célebres Unidades Militares de Apoyo a la Producción (UMAP).

Éramos unos veinte peludos, o pelúos, como despectivamente nos nombraba el pueblo enardecido y chivatiente. Éramos adolescentes o muy jóvenes. Íbamos a pie por la carretera de Pasacaballos a Rancho Luna en Cienfuegos. Apenas vestidos con unas mínimas trusas y descalzos, el sol del mediodía rajaba, aplomaba y aplanaba la tierra; la carretera era una brasa ardiente bajo nuestros pies; casi levitábamos para evitar las ampollas en las plantas. Algunos eran mis amigos o conocidos, entre los primeros creo recordar a Fuacata, de Pueblo Griffo, y a Flores, de la calle San Fernando, entre los segundos a uno que le decían El Arlequín, del pueblo de Palmira, que ya había estado en la prisión por prófugo del Servicio Militar Obligatorio.

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Origen: Una procesión en tiempos del comunismo – Disidentia