La terapia de Zapatero

POR Federico Vegas

Por razones que necesito examinar, suele ocurrirme que cuando un español me habla siento que está imitando a un español. Al principio me resultaba placentero este trastorno perceptivo, pero se ha ido acrecentando y convirtiendo en algo que no puedo evitar ni soportar. Es como vivir dentro de una comedia costumbrista rodeado de actores, en la que soy el único espectador de una ficción que debería tomarme en serio.

Cuando encuentro un venezolano en Barcelona, me refugio en la calidez y seguridad de nuestro inimitable acento y tiendo a ponerme muy serio, exagerando criollismos y buscando reposo en ese reiterativo compartir de nuestras angustias por un cataclismo que, por cierto, un español es incapaz de comprender.

Una de las posibles causas de mi patología puede ser el cambio que ha vivido mi generación. En menos de medio siglo, España pasó de ser una pobre madre patria a una madrastra rica e indiferente. Estos radicales cambios de perspectiva suelen generar esas risitas nerviosas, incluso hipócritas, de los desubicados. Durante la locura de mediados del siglo XX, los venezolanos veíamos a los españoles como unos personajes que venían a prestarnos servicios. Había excepciones. Recuerdo un señorito con ínfulas aristocráticas que llegó a Caracas a la búsqueda de una novia rica, y se trajo un mayordomo que decía orgulloso:

—Mi señó es tan señó, que no usa ni reló.

Sigue…

Origen:  Prodavinci

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