Todos los humanos caemos al cesto del igualitarismo y ya somos iguales. Nadie es listo, nadie tiene una nariz enorme.

Por

Luis I. Gómez Fernández

Esto de la igualdad es el cuento de nunca acabar, el producto más espectacular de la mitología postmoderna. Las cosas -los humanos- son únicamente iguales cuando enturbiamos la vista. Igualdad es ausencia de resolución. Colocamos peras y manzanas en una cesta y ya tenemos “fruta”. Todos los humanos caemos al cesto del igualitarismo y ya somos iguales. Nadie es listo, nadie tiene una nariz enorme. Vistos así, en el cesto, tras la neblina igualitarista, son imposibles el mérito, el libro, la historia. ¿De qué íbamos a hablar, disputar, si todos fuésemos “fruta”? ¿De dónde saldrían la genialidad o la excelencia? Los escritores contarían siempre la misma historia, los medios las mismas “verdades” y los historiadores el mismo cuento.

Radica en la esencia de nuestra naturaleza el ser diferentes. La genética ya nos separa y permite una clasificación. El igualitarista, además de llamarme racista, argumentaría que somos iguales en un 99%. Claro, eso es lo que nos iguala a, por ejemplo, los cerdos. No se habrá parado a pensar que la señora de al lado es genéticamente igual en un 99,99% y, sin embargo, ella puede tener hijos y él no.

Sólo somos iguales en la masa, como fans de una banda de rock, amantes del Hip-Hopp o hinchas de un club de fútbol, diluyendo nuestra individualidad. El amante de Wagner me decía: los hiphopper son imbéciles. En principio correcto, pues el wagneriano es muy libre de clasificar a quien quiera como quiera. Por otro lado, el wagneriano no es más que un adaptado, quien con semejantes afirmaciones busca fundamentalmente el aplauso de sus iguales. Esto le convierte en, cuando menos, igual de imbécil que el hiphopper, quien siempre podrá responder con un: “los wagnerianos también son imbéciles, …”.

Sigue…

Origen:  Disidentia