Decir que la política se ha extralimitado es quedarse muy corto. Sería mucho más preciso, aunque menos elegante, afirmar que se nos ha ido de madre.

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Javier Benegas

Como si fuera un guiño del destino, uno de los postreros signos de 2018 fue la elección de George Soros como personaje del año por parte de Financial Times. Así lo anunciaba la cabecera británica con una empalagosa pieza donde calificaba al magnate norteamericano de campeón de la democracia liberal y de la sociedad abierta. Esta elección de FT reavivó la polémica que gira alrededor Soros, quien para muchos es la mano que anima el globalismo, esa doctrina que instrumentaliza la globalización para promover un nuevo orden mundial sin naciones ni fronteras.

No faltan quienes ven exagerada esta imputación a Soros, incluso hay quienes ridiculizan las teorías conspirativas que giran en torno al personaje. Sin embargo, más allá de exageraciones y bromas, existen razones suficientes para no ver en este magnate al filántropo que el FT afirma que es. Lo cierto es que Soros no siempre actúa de manera lícita ni transparente. Y que, a través de su fundación The Open Society Foundations, a la que ha dotado con 14.000 millones de dólares, desestabiliza gobiernos democráticos, promueve el multiculturalismo, la inmigración masiva, las políticas de la identidad y, en definitiva, toda aquello que contribuya a arruinar lo que queda de la democracia liberal.

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Origen:  Disidentia