Jorge Martínez

Hija de revolucionarios

Por Laurence Debray
Anagrama. 284 páginas

El francés Régis Debray y la venezolana Elizabeth Burgos fueron en los años “60 dos de las máximas estrellas en la constelación castrista. ƒl fue el gran teórico del guevarismo hasta que lo capturaron en 1967, en Bolivia, cuando participaba de la infausta guerrilla del Che. Ella se desempeñó como una prolija agente del régimen cubano que no tardó en desencantarse del paraíso caribeño.

La hija que tuvieron en 1976 es la que escribe este libro difícil de clasificar, tal vez porque la propia autora no consiguió determinarlo. Ella aclaró que no pretendió hacer un ajuste de cuentas con sus progenitores (que siguen vivos), pero tampoco una complaciente biografía doble. Su intención fue comprender a esos padres que vivieron en un mundo tan diferente del suyo, y que abrazaron unas causas por las que ella nunca sintió la menor simpatía.

Sin ensañarse, Laurence Debray no calla las críticas a la extraña pareja que la engendró. “Nunca entendí nada, ni sobre su compromiso político ni sobre su vida disoluta”, aclara al comienzo. Luego ahondará la toma de distancia, que elude la hostilidad, hasta definirse “en todo lo opuesto a ellos”.

Repartido en seis capítulos, el libro puede dividirse en realidad en dos mitades. La primera abarca la historia de Régis y Elizabeth antes del nacimiento de Laurence, y la segunda la vida accidentada de un trío poco compatible y que nunca llegó a integrarse como familia. En conjunto el relato ofrece la versión personal, intimista, de una época y unos personajes demasiado barnizados por el mito revolucionario.

Laurence conoció la realidad detrás del cuento. Rescata el olvidado papel de sus abuelos paternos, quienes salvaron la vida del muy marxista Régis en Bolivia gracias a sus contactos oficiales, que llegaban hasta el mismísimo general De Gaulle, entonces presidente de Francia. Con ojo clínico y prosa objetiva pero sin crueldad, desnuda las miserias de sus padres, aunque es más benévola con Burgos. Al distraído y mujeriego filósofo guevarista convertido luego en asesor de Franois Mitterrand lo pinta en tonos más oscuros (y divertidos). En un pasaje lo define así: “Un intelectual francés, tan inconstante, frívolo y tacaño, al que ni siquiera la mala experiencia de la cárcel había hecho madurar”. Pese a todo, lo exculpa de haber delatado a Guevara en Bolivia, algo que por otra parte sigue en discusión.

Concluida la lectura podría pensarse que el gran fracaso del matrimonio fue su descendencia. La hija de revolucionarios nunca se hizo socialista ni luchó por la revolución. Por el contrario, de muy joven, luego de una estancia en España, se volvió monárquica y admiradora el rey Juan Carlos (del que escribió una biografía elogiosa). Estudió finanzas y trabajó en un banco neoyorquino. Se casó, tuvo dos hijos y se estableció en “una familia estable, una existencia prudente, ordenada y organizada, lejos del poder y de la inteligencia”.

Ese contraste, que la autora subraya casi en cada página, es lo más entretenido del libro, y una señal de madurez de ella, de sus padres así retratados y hasta del mercado editorial francés. Algo equivalente resultaría imposible entre nosotros. La sola idea de que uno de nuestros “hijos” de setentistas se anime a escribir y publicar una obra semejante suena a fantasía delirante. Esa “causa” todavía no puede ser desmitificada.

Origen: La Prensa