Pedro Corzo-La Tercera edad del Exilio

Aunque no sea del agrado de muchos el exilio cubano está cursando su tercera edad, algunos, para orgullo y satisfacción, han superado ese coliseo con una entereza moral y un respeto a los compromisos que supera ampliamente otras experiencias similares en nuestra América y el resto del mundo.

Los viejos cubanos han dado muestras sobradas de lo que significa su país para ellos. Primero el respeto a las tradiciones y al idioma, rindiendo tributo a las fechas patrias como si aún permaneciera en su tierra, creando clubes, asociaciones y actividades culturales, en los que la tierra natal es el foco de atención.

Trasmitieron a sus descendientes experiencias, conocimientos, sabores y amores, además la convicción de que  por grande que sea el reconocimiento y la deuda contraída con el país de acogida,  sus herederos  “no son de aquí, son de allá”, parafraseando a Facundo Cabral.

Por otra parte esos viejos que en número notable salieron de su país siendo niños y adolescentes, otros partieron de sus costas en plena madurez, han dedicado una parte importante de sus vidas a luchar contra la tiranía que determinó su ostracismo y a denunciar la amenaza que significa para la democracia el totalitarismo castrista.

Ellos fueron los que en cierta medida trasplantaron establecimientos y negocios  de sus ciudades y pueblos a los lugares donde residen. Simbólicamente, para paliar la penosa nostalgia, intentaron reconstruir su Cuba, echándose la casa a la espalda como escribiera el apóstol Jose Martí.

Muchos arriesgaron su existencia, abandonaron estudios y profesiones,  entregaron miles de horas de sus vidas a la causa, además, de poner en riesgo su tranquilidad y haber entregado parte de sus bienes a la consecución de sus ideales. Algunos, al no ser comprendidos  por sus familias, enfrentan la ancianidad en solitario.

Esos octogenarios, a muy pocos les gusta la palabra anciano, a pesar de las limitaciones que impone la edad siguen cumpliendo con los deberes que asumieron décadas atrás. Ellos participan en reuniones, aportan ideas, trasmiten entusiasmo y la convicción de que hay que seguir bregando como si fuera la víspera de la victoria para así entonces concretar el ansiado regreso.

Cierto que entre las nuevas generaciones no faltan quienes critican a estas personas de avanzada edad por su participación y protagonismo, un craso error. Estos  ancianos  organizan, participan y asisten a eventos porque tienen la convicción que mientras les sea posible es su deber honrar a su país.

No ocupan esos lugares por imposición, si acaso porque sus críticos no asumen la responsabilidad que les corresponde como cubanos. Llegaron a esas tribunas por su dedicación y la traspasarían gustosamente  a quienes con igual compromiso estén dispuestos a continuar combatiendo el castrismo. Los que injurian al exilio y los exiliados, deberían reflexionar  sobre su conducta  y no cuestionar el sacrificio de los demás.

Estos hombres y mujeres tienen a Cuba en su corazón y en la memoria más fresca, como si sus experiencias más angustiantes hubieran ocurrido pocas horas atrás. Ellos, han despedido a incontables seres allegados y aunque muchos no pecan de optimistas están convencidos  que el eterno amor, Cuba, siempre les acompañara sin importar donde descansen sus cuerpos.

Esta evocación a un exilio acosado por el mandato biológico la motiva que el pasado sábado el Pen Club de Escritores Cubanos en el Exilio que preside el escritor José Antonio Albertini,  organizó una conferencia sobre “La Responsabilidad del Intelectual ante la Censura y la Opresión”, un tema interesante e importante en el que los conferencistas abordaron la canallesca servidumbre de muchos lacayos ilustrados  a dictadores de la talla de Hugo Chávez, Fidel Castro, Adolfo Hitler y Jose Stalin.

A la Conferencia concurrieron varios cubanos de la tercera edad, la mayoría de los presentes como los organizadores, eran hombres y mujeres con largas décadas de vivencia sobre sus hombros, no obstante, todos estaban entusiasmados con el coloquio, varios de ellos la habrían impartido con igual conocimientos y habilidades  que los expositores invitados, sin embargo, fueron a cultivarse más,  una virtud que deberían imitar aquellos que miran con disgusto a sus mayores con la falsa certeza de que nada tienen que aprender.

 

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