En ocasiones, podemos visualizar el derecho a la libertad más como un derecho formal que como un derecho material y, en todo caso, con un ámbito de ejercicio muy limitado y en ocasiones simplemente anulado por el rotulo “prohibido”.

Nadie desconoce que las ricas y modernas sociedades occidentales se basan en el estado de derecho que garantiza los derechos fundamentales de las personas entre los que destaca -tras la protección (al menos teórica) de la vida humana- el reconocimiento al derecho a la libertad de la persona Así nuestra Constitución en su artículo 16.1 garantiza la libertad ideológica, religiosa y de culto de los individuos y el artículo 17.1 añade que toda persona tiene derecho a la libertad y a la seguridad. En nuestro sistema jurídico-político la libertad se erige, por tanto, en clave de bóveda del mismo: no resulta ni pensable ni admisible que nos cercenen nuestra autonomía y libertad más allá de las limitaciones que en su ejercicio planteen leyes justas y democráticas, especialmente para preservar la libertad de los demás y el bien común.

Sin embargo, esta proclamación de la libertad tiene algunos frentes abiertos. Ciertamente la hiperinflación legislativa, el reglamentísmo, el control social en pos, muchas veces, de loables propósitos (defensa de la salud, la seguridad, el equilibrio económico y otros bienes sociales) se traduce en múltiples ocasiones en una limitación de la libertad. Limitación en actividades cotidianas que se ven encorsetadas por la exigencia legal de determinadas conductas: aportaciones y obligaciones fiscales, exhaustivos trámites, documentos y gestiones para obtener la “autorización pública” en el emprendimiento de un negocio, por no mencionar la trascendente restricción a la libertad educativa de los padres que resulta vapuleada por las leyes  autonómicas -ya llegarán las estatales- llamadas de igualdad y de LGTBIfobia o, la prohibición legal a la reversión del sexo percibido por el sexo biológico negando la libertad del interesado en ello. Con este breve comentario tan sólo quiero resaltar que, en ocasiones, podemos visualizar el derecho a la libertad más como un derecho formal que como un derecho material y, en todo caso, con un ámbito de ejercicio muy limitado y en ocasiones simplemente anulado por el rotulo “prohibido”. Pero no quiero quedarme ahí sino extender la mirada por el mundo para alertar sobre la existencia de riesgos de otra dimensión. Un vistazo a China -que en el sentido de lo que hablamos está más cerca de lo que parece, aunque no es -desde luego- ningún referente en la protección de los derechos fundamentales y libertades públicas de sus conciudadanos- nos puede abrir los ojos. Con motivo del aniversario de la matanza en la plaza de Tiananmen el diario El País publicó el pasado julio un artículo sobre el impresionante control de las autoridades chinas en el acceso de sus ciudadanos a la información, por una parte, y en el acopio de sus datos para utilizarlos a conveniencia (favoreciendo a unos y reprimiendo a otros) en una autentica ingeniería de control social, lo que dentro de las restricciones a la libertad en aquel país resulta coherente y “explica” que se gaste más presupuesto del estado en seguridad interna que en el importante gasto militar.

Sigue…

Origen: Actuall