Asistimos a la culminación de la impostura del régimen del 78, convenientemente banalizada durante años por la televisión, las radios y los diarios.

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Javier Benegas

A primera vista puede parecer hasta lógico que muchos se feliciten por la muerte del viejo consenso y celebren la radicalización del Parlamento, anticipando un nuevo y esperanzador horizonte político, pleno de justicia social, igualitarismo, identitarismo y subjetivismo. Sin embargo, quienes así entienden lo sucedido están cortados por el mismo patrón que el consenso que creen haber fulminado, ese consenso que entendió el Estado sin nación como núcleo irradiador del bienestar y la prebenda.

A lo que asistimos pues es a la culminación de la impostura del régimen del 78, convenientemente banalizada durante años por las televisiones, las radios y los diarios. De hecho, ni siquiera es cierto que el consenso haya muerto: los mitos no mueren nunca porque no viven nunca, son mitos. Lo que por fin ha eclosionado en todo su esplendor es el monopartidismo que ha estado latente durante 40 años: el pensamiento único, la no libertad de expresión, la dictadura de lo políticamente correcto. En definitiva, el totalitarismo gelatinoso del siglo XXI en su versión española.

El falso bipartidismo, donde en demasiadas ocasiones no se sabía quién era quién, ha terminado alumbrando mediante cesárea una pluralidad monocromática y radical en la que, por más que usted busque, no encontrará un solo defensor de la libertad individual. Todos los agentes políticos que componen el glorioso lienzo, del primero al último, del menor al mayor, son en esencia caudillos colectivistas, aprendices de brujo que abusarán del presupuesto, de la recaudación y la deuda para ejecutar el viejo truco de un mundo feliz: nada por aquí, nada por allá… me lo llevo yo.

Por eso Pablo Iglesias lloraba a moco tendido. Sabía que ya estaba. Que por fin había tocado el poder y echaría raíces en él. Las suyas fueron las lágrimas obscenas del que se cree ungido, del Mesías que por fin se ha hecho carne para cumplir la voluntad del Padre

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Origen:  Disidentia