La eliminación del líder de la Fuerza Quds, Qassem Soleimani, generó una serie de especulaciones e histeria colectiva con respecto a las consecuencias que tal acción podría traer. Tal histeria afectó a un importante sector de líderes estadounidenses y medios de comunicación de ese país. En primer lugar, la eliminación de Soleimani muestra que Estados Unidos tiene poder de disuasión y determinación para luchar contra sus enemigos; que no le teme a la venganza, y que doblaría su apuesta si fuera necesario. En el caso de Irán, la percepción después de los ataques de represalia iraníes contra bases estadounidenses en Bagdad fue que muchos en los Estados Unidos consideraron el ataque iraní legítimo dado el “mal comportamiento” o las “provocaciones” de los Estados Unidos citando las palabras de la propia Pelosi. La segunda trampa en la que cayó Estados Unidos fue la creencia general entre los miembros clave del Congreso e importantes sectores de los medios de comunicación de que el asesinato de Soleimani reunió y unificó al pueblo iraní en todo el régimen. Esa es una gran farsa. No debemos engañarnos con respecto a Irán. Irán no es un régimen legítimo. Es un régimen que está a la defensiva, aterrorizado por la posibilidad de la caída del régimen. El hecho es que estallaron protestas masivas y ocurrieron precisamente porque el régimen es visto como negligente e imprudente. Las protestas contra el régimen se han venido refrescando y agudizando lo que indica la clara crisis de legitimidad que le régimen de los ayatollahs confronta. Estados Unidos debería continuar intentando sin miedo provocar cambios en el régimen apoyando a la oposición y sus protestas contra el régimen iraní. América Latina debería abrir sus ojos de una vez por todas ante la amenaza iraní y Estados Unidos debería continuar ayudando a estos países a mejorar sus mecanismos de alerta.

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Origen:  Interamerican Institute for Democracy