Quizá ningún sirio de los que iniciaron las protestas en 2011, llegó a imaginar un escenario tan apocalíptico.

Por

Leticia García

Con un cigarro que apenas podían sostener unos dedos amputados, Hosni Kalaya reconoció sentirse arrepentido en una entrevista concedida a The Guardian hace unos años: tras ser golpeado por un jefe de la policía tunecina, se había dirigido a una estación y se había prendido fuego. No fue, sin embargo, el único seguidor de Mohammed Bouazizi, un frutero cuyo nombre ha quedado grabado en la historia: su suicidio a lo bonzo fue el primero de una ola que sacudió a Túnez durante más de un año y que se replicó, en menor medida, en países como Egipto, Mauritania y Argelia. Las llamas que consumieron a aquellos vendedores ambulantes desesperados encontraron en el hartazgo y la cólera de la población un potente combustible, resultando en la conocida como ‘Revolución del Jazmín’, que puso fin a la dictadura de Ben Ali tras 23 años en el poder.

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Origen: Disidentia