Por

José Lucas Magioncalda 

Hay que hacerse escuchar por la clase política

Un muro de privilegios separa a una gran parte de la dirigencia política de sus representados. Un muro que impide ver y sentir a esos dirigentes, cuáles son los reclamos de la ciudadanía. Un muro que sustrae de la realidad a muchos representantes del pueblo. Y, como no podía ser de otra manera, un muro construido de mentiras, medias verdades y retaceo de información, que también impide ver a la ciudadanía “de qué se trata”. “¿De qué se trata?”: la pregunta fundacional de la Patria que aún no ha sido respondida.

La preservación de privilegios ha generado una complicidad transversal de la que participa gran parte de la política argentina. Oficialismos y oposiciones, nacionales, provinciales, locales, aún en sus momentos de mayor conflictividad, tienen muy claro qué es lo que no se toca y quienes se tienen que joder, para preservar esa comunidad de intereses que transformó a gran parte de la política en una corporación más.

A esa comunidad de intereses trasversal se agrega otra vertical, jerárquica, piramidal, la que transforma –Estado mediante- a importantes sectores de la militancia política en patrimonio de sus jefes. De ese modo, así como la complicidad transversal impide progresar a las instituciones, anulando los controles republicanos, la complicidad vertical anula el progreso de las ideas y las conductas en las organizaciones políticas. En definitiva, queda anestesiado todo atisbo de renovación.

En este contexto, al ocasional “Comandante” de la corporación política se le ocurrió utilizar la palabra “miserable” contra empresarios que, en el contexto de una crisis sin precedentes, decidieron despedir personal. Llamó la atención el insulto, ya que el gobierno del Presidente Fernández, previo a la crisis sanitaria y durante los inicios de ésta, había despedido a miles de trabajadores, en distintos ámbitos nacionales, provinciales y locales. De modo tal que el cinismo y la falsa indignación de sus expresiones impactó en millones de argentinos que se preguntaron qué esfuerzo económico hace este hombre –en medio de la pandemia- para andar insultando ciudadanos por ahí. Y desde ya, la pregunta imaginaria dirigida contra el “Comandante” se trasladó a todo el resto de la corporación.

Nótese que con motivo de la pandemia, la Justicia redujo su actividad a la mínima expresión, y que el Congreso de la Nación dejó de funcionar, mientras la ferretería de la vuelta, como es una actividad esencial, abre religiosamente desde el inicio de la emergencia. Pero ni la ferretería de la vuelta, ni tampoco el chino, tienen potestades constitucionales que los obliguen a controlar los decretazos del Poder Ejecutivo. Así, la corporación política cuenta los billetes en su casa mientras rige una dictadura presidencial sin contrapesos.

Mientras tanto, Fabiola organiza su programa ómnibus por el coronavirus (saldrá en vivo por todos los canales de aire) para impostar la solidaridad que no tuvo, cuando se llevó a su estilista en viaje oficial. El costo de la ocurrencia: una suma afrontada por el erario público, cercana a los $ 300.000. Con otra actitud más noble, países vecinos como Uruguay y Paraguay bajaron los sueldos de sus funcionarios. Una muestra de empatía y liderazgo democrático que el “Comandante” y su Primera Dama no suelen ofrecer por las buenas.

Pero las redes sociales ardieron ayer, durante la tarde, pidiendo la rebaja de salarios de los funcionarios políticos. Y, desde las redes, justamente, partió la idea de un cacerolazo para las 21: 30 hs. La movida se sintió en toda la Ciudad de Buenos Aires, y en algunas localidades del conurbano bonaerense. Gran parte de la corporación política acusó el impacto. Comenzaron a aparecer las opiniones de dirigentes políticos –sobre todo, diputados opositores- que consintieron bajarse los sueldos, y propusieron que ello se haga extensivo al resto de sus colegas.

La ciudadanía comenzó ayer a derribar el muro del privilegio. No lo hace por la incidencia económica de los salarios políticos en el presupuesto nacional. Lo hace por dignidad, porque necesita que quienes la llevan por el ineludible camino del sacrificio, sean los primeros en mostrar su desprendimiento. Lo hace porque no quiere ser insultada por sus líderes en ese duro camino. Lo hace porque siempre o casi siempre perdió, y porque en vísperas de lo que podría ser la peor de las caídas, necesita más que nunca la presencia de los valores y principios que la ayuden a levantarse.  

Sigue…

Origen: Periódico Tribuna de Periodistas