La policía china hace patrullajes en el nuevo aeropuerto de Beijing Daxing durante una gira para los medios de comunicación extranjeros el 11 de diciembre de 2019 en Beijing, China. (Kevin Frayer/Getty Images)

Alabar la respuesta de Beijing a la pandemia revela ingenuidad periodística y una sorprendente falta de debida diligencia.

Comentario

En la última semana, los medios de comunicación como el New York Times y la CBC han declarado que Estados Unidos ha tomado el lugar de China como “epicentro” de la pandemia. “EE.UU. ahora encabezan el mundo en casos confirmados de coronavirus”, decía el titular de un artículo del NYT publicado el 26 de marzo, que describía los errores que supuestamente aceleraron la propagación del virus en todo el país. También describía la respuesta de China como un comienzo tardío que rápidamente se convirtió en una “fuerza intensa” para luchar contra el virus que ahora ha sido “contenido” a través de “medidas draconianas”.

Un titular de la CBC dice: “El vecino de Canadá es ahora el epicentro de una pandemia mundial. Esto es lo que significa el incremento en los Estados Unidos”, para un artículo que enumera las posibles consecuencias de que el primo vecino de Canadá tenga, con mucho, “la mayor cantidad de casos reportados” que cualquier país. Otra cobertura de la CBC reitera la muy dudosa afirmación de Beijing de que no ha habido ningún caso nuevo confirmado en Wuhan durante la semana pasada y que la mayoría de los nuevos casos han sido “importados” por viajeros.

Estos ejemplares del periodismo contemporáneo revelan una preocupante falta de pensamiento crítico al reiterar afirmaciones fácilmente cuestionables hechas por los propagandistas del Partido Comunista Chino (PCCh).

El artículo del New York Times atribuyó el “arranque tardío” de China a la supresión de información, pero no profundiza en los detalles de dicha supresión y, en cambio, elogia los esfuerzos de la contención del régimen.

Uno podría esperar que el periodista busque fuentes para cuestionar estas afirmaciones, dada la naturaleza del PCCh y su respuesta inicial al brote, encubriéndolo, lo que permitió que el virus se propagara por todo el mundo. No es una tarea ardua encontrar información que sugiera que algo diferente está sucediendo en China al restablecimiento de la estabilidad que algunos periodistas occidentales están describiendo.

Según la prensa británica, los científicos han dicho al Primer Ministro Boris Johnson que el número de casos confirmados en China (alrededor de 81,000) puede haber sido minimizado en un enorme porcentaje de 15 a 40 veces. A esto se añade la estimación de Radio Free Asia de que siete grandes funerarias de Wuhan han repartido un total de unas 3500 urnas diarias a las familias, lo que implica que el régimen chino mintió cuando fijó el número de muertos en la ciudad entre 2500 y 3000.

Además del reprimido y ya difunto denunciante Li Wenliang, está también Ai Fen de Wuhan, que concedió una entrevista a una revista china en la que aportó más información sobre los laboriosos intentos del régimen de encubrir el brote y sancionar a los que trataron de informar a los demás al respecto. La entrevista fue pronto retirada por la revista y de las redes sociales, pero no antes de que los internautas la copiaran y publicaran capturas de pantalla de la misma.

A pesar de esta recopilación fácil de encontrar de detalles condenatorios, algunos periodistas occidentales han amontonado alabanzas sobre el “modelo chino” como algo de lo que aprender, aceptando sin críticas las afirmaciones del régimen y de la comprometida Organización Mundial de la Salud. Al mismo tiempo, se descuidan convenientemente los éxitos reales, como el que tiene lugar en la aislada Taiwán, que es un ejemplo de lo que puede lograr una sociedad abierta anclada en una sólida cultura cívica.

La cobertura del brote en muchos casos muestra un déficit de interés que impregna a los medios de comunicación, y a ésto hay que añadir la tendencia a centrarse miopemente en el presidente estadounidense y la obsesión en torno a él ha contribuido a esto.

Mucho antes de que la pandemia causada por el virus del PCCh (Partido Comunista Chino), comúnmente conocido como el nuevo coronavirus, se apoderara de nuestras vidas, ya existía en Occidente la sensación de que las instituciones fundamentales de la sociedad se estaban debilitando.

Los medios de comunicación son una de esas instituciones que han sido objeto central de la ira de la gente, principalmente por su notoria incompetencia. Los datos pintan un cuadro miserable. Según una encuesta de Gallup del año pasado, “los americanos siguen desconfiando en gran medida de los medios de comunicación”, con solo un 41% afirmando que confían en los medios para informar de las noticias de forma justa y precisa. En Canadá, justo cuando COVID-19 comenzaba a envolver a China, el Barómetro de Confianza Edelman de este año encontró que la confianza en las instituciones había disminuido en un 3%, con alrededor del 57% afirmando que los medios que utilizaban contenían información poco fiable.

Gran parte del daño ocasionado a la confianza pública en los medios de comunicación ha sido autoinfligido, y la cobertura del virus del PCCh demuestra, una vez más, una clase charlatana compuesta por algunos de los más crédulos y poco curiosos que hay entre nosotros.

Shane Miller – La Gran Época