“España no es Venezuela, agorero”. Es la respuesta que he recibido ante las advertencias que vengo haciendo desde que Podemos dio el salto a la política nacional. Entonces: ¿España es Venezuela? No. España no es Venezuela, pero no le hace falta que lo sea para que caiga en la misma desgracia.

Nicolás Maduro, Pablo Iglesias y Pedro Sánchez

Nicolás Maduro, Pablo Iglesias y Pedro Sánchez

“Venezuela no es Cuba”. Este es el mantra-bálsamo que escuché durante años en Venezuela.

Que si Cuba es una isla, que si su economía estaba muy atrasada, que si el castrismo se instaló en otra época. Cualquier excusa era válida para quitarle valor a la comparación que se hacía a modo de advertencia, cada vez que el chavismo daba un paso más en su objetivo de instalar el Socialismo del siglo XXI, que de siglo XXI no tenía nada y de socialismo soviético lo tenía todo.

Y por supuesto que Venezuela no era Cuba. Venezuela fue un país que durante 40 años estuvo a la vanguardia de la democracia en Iberoamérica, dando la espalda a dictaduras de cualquier signo. Un país pujante con un inmenso potencial, donde muchos europeos vieron la oportunidad de labrarse un futuro, una nueva vida.

Pero si algo nos demostró y nos sigue demostrando la historia, es que para que un régimen autoritario se instale en un país – el que sea – no hace falta que ocurra antes un evento trascendental.

Ser víctima del comunismo te deja traumatizado como a un perro con un amo violento: sólo hace falta ver el periódico a lo lejos para saber que viene la golpiza

Las revoluciones armadas son cosa del siglo pasado. Desde hace muchos años, quienes aspiran a instalar regímenes autoritarios, han descubierto que la mejor manera de conseguir el poder y destruir la democracia y sus instituciones, es precisamente a través de la democracia y sus instituciones.

En Hispanoamérica el libreto a seguir se marcó desde esa Venezuela de los años 90. Chávez llegó al poder, después de dos intentos fallidos de golpe de Estado y con unas instituciones democráticas en necesidad de reformas. Una vez en el poder, se hizo una Constitución a medida, se apoderó de las instituciones y el resto es historia. Cuando todo empezó, yo era apenas un niño.

Años más tarde, ya instalado en Madrid, casado, con una hija que nació a 500 metros del Bernabéu y otro hijo en camino, veo cómo se repite la historia ante mis ojos. No hay que ser pitoniso ni demasiado listo. Es lo que tiene ser víctima del comunismo, que te deja traumatizado como a un perro con un amo violento: sólo hace falta ver el periódico a lo lejos para saber que viene la golpiza.

“España no es Venezuela, agorero”. Esta es la respuesta que he recibido ante las advertencias que vengo haciendo desde que Podemos dio el salto a la política nacional hace más de 5 años. Bajo ninguna circunstancia se debía permitir que esos tipos llegaran al poder, porque no saben hacer otra cosa que aferrarse a él. Pero claro, nadie escarmienta en cabeza ajena.

No hizo falta demasiado para que lo lograran. Siendo la cuarta fuerza política en el Congreso, tenían la llave para que Pedro Sánchez -un sinvergüenza capaz de vender a su madre por ser presidente del Gobierno- alcanzara el poder. Esto, apoyado por quienes abiertamente quieren destruir a España y todo lo que representa: los independentistas vascos y catalanes.

Lo que parecía que iba a ser un proceso de destrucción lento, que se iba a alargar una legislatura con miras a extenderse en el tiempo, se vio de pronto acelerado por la crisis del coronavirus.

Buena parte de la sociedad participa del chantaje emocional a quienes nos oponemos a la instalación del marxismo radical en el gobierno español

A mediados de marzo supimos que Iglesias quería aprovechar el estado de alarma para nacionalizar a las empresas eléctricas y los medios de comunicación. Sabemos que no le hizo falta nacionalizar los medios, para instalar la verdad oficial -en RTVE, El País y medios afines- y la censura a medios críticos y en redes sociales. Esto irá a más, por supuesto, pues quien controla el discurso, controla la percepción de la realidad. No tardaremos demasiado en ver medios cerrados o sancionados para forzar su cierre.

Otra característica necesaria, es la prostitución de la instituciones para lograr su desprestigio y terminar de doblegarlas a sus designios. Lo vimos con la designación de la fiscal general -antes ministra de Justicia y política de carrera del PSOE- y lo vimos hace un par días con el intento de usar a la Guardia Civil para “minimizar el clima contrario a la actuación del gobierno”.

Claro que la labor de “minimizar el clima contrario al gobierno” no es tan difícil, pues buena parte de la sociedad participa del chantaje emocional a quienes nos oponemos a la instalación del marxismo radical en el gobierno español. Da igual tu ideología. Si te opones, inmediatamente te conviertes en un facha, en la ultraderecha. En definitiva: en el enemigo. Y es que los enemigos son muy necesarios para tratar de unificar a la población detrás de tu causa y a través de los años han tenido distintos nombres, casi siempre con consecuencias catastróficas.

También hace falta crear una red de dependencia y clientelismo que se extienda el máximo posible. De allí la insistencia en crear una “renta mínima vital”, no ya para paliar la crisis, sino con una duración indefinida. A eso hay que sumarle las confiscaciones a empresas privadas y el control de precios, para crear el caldo de cultivo de desabastecimiento necesario y así lograr que la ciudadanía dependa totalmente del Estado. Un Estado, que si has hecho las cosas bien, deja de diferenciarse del Gobierno y del partido.

No me pienso quedar de brazos cruzados. Pienso luchar, porque no me voy a dejar quitar a mi país una segunda vez

así es como se instala un régimen autoritario. Pequeñas -y no tan pequeñas- violaciones al orden constitucional que se esconden detrás de un escándalo para entretener a la población, hasta la siguiente violación.

Entonces: ¿España es Venezuela? No. España no es Venezuela, pero no le hace falta que lo sea para que caiga en la misma desgracia. La pregunta es ¿cómo se salvará España?

A España sólo la pueden salvar los españoles. No la UE, que es incapaz de defender sus fronteras y cuyos burócratas están viéndose el ombligo en sus torres de Babel en Bruselas y Estrasburgo.

A España solo la pueden salvar los españoles, no callándose ante los atropellos promovidos desde el gobierno.

A España solo la podemos salvar los españoles, salvaguardando el sistema de concordia que nos dimos en el 78 y que nos ha permitido prosperar como país.

Y hablo en primera persona, porque no sólo soy español de hecho y derecho, sino que amo a este país y lo siento tan mío como siento a Venezuela.

Y no me pienso quedar de brazos cruzados. Pienso luchar, porque no me voy a dejar quitar a mi país una segunda vez.

* Pedro Zapata es un joven empresario hispano-venezolano exiliado en España, víctima del gobierno liberticida de Hugo Chávez y Nicolás Maduro.

Origen: actuall.com