Alberto Mansueti

PARTIDO LIBERAL CREEMOS

Ayer, en 2019, nació en Venezuela una organización política de orientación clara y netamente liberal: “Partido Liberal Creemos”, integrado en su mayor parte por gente muy joven, aunque luciendo una madurez política asombrosa, que ya quisieran para sí muchos “cuarentones” (y aún mayores).

 

Su Website, muy elegante, juvenil y moderno, está a la vista en Internet. Hay mucho contenido y muy valioso: principios, programas, acciones y propuestas para un eventual gobierno. Pero no confunda con la alianza del mismo nombre, “Creemos” de Bolivia, una heterogénea amalgama de gentes y grupos que poco y nada tienen de liberales, surgida de las entrañas del actual gobierno de La Paz.

 

El orden, la justicia y la libertad son tres de las divisas ideológicas de “Creemos”. Porque sin orden no hay justicia: hay desorden, violencia y caos, e injusticia; y sin justicia, hay la ley de la selva, la del más fuerte y su opresión tiránica, que restringe y suprime la libertad.

 

Busca llegar al Congreso y derogar las “leyes malas”, que gravemente restringen las libertades políticas, económicas y sociales. Y comenzar las “Cinco reformas” liberales, necesarias y urgentes. Como en toda América latina, las leyes malas son las que impiden los cambios o transformaciones estructurales: las privatizaciones, desregulaciones y aperturas en los cinco sectores claves de la vida nacional.

 

No tiene relación con gobiernos, excepto para la “vigilancia permanente”, el precio a pagar por la libertad según Thomas Jefferson; y “Creemos” no usa recursos públicos para financiar sus actividades.

 

Aún carece de reconocimiento legal; pero sabe que no es lo mismo ser “legal” que ser “legítimo”. Por lo tanto, busca una medida de reconocimiento social primero, y luego, una vez obtenida, más adelante, habrá que ir en busca del reconocimiento legal. “Legitimidad”, para un partido, significa “representatividad”. El Partido Creemos busca primero ser representativo de un amplio sector de la población venezolana; y ya más adelante llegará el momento de exigir su legalización formal, cuando goce de una cierta capacidad de presión para lograrlo; no antes. Ser oposición antes que gobierno, es su gran desafío.

 

Estos jóvenes no están ligados al triste pasado de su país. Hay que decirlo claramente: en nuestra región, los partidos socialdemócratas aplicaron el programa marxista clásico de 1848, consagrado en el capítulo 2 del Manifiesto Comunista. Esto fue así desde 1910, cuando la Revolución Mexicana, en adelante. Hasta los años ’90, cuando los gobiernos “neoliberales” con el “Consenso de Washington”, hicieron unos tímidos y pobres intentos de cambio, que fracasaron estrepitosamente. Y por eso fue que ya en la década de los años 2000, los marxistas volvieron al poder, con Chávez a la cabeza: el “Socialismo del Siglo XXI”, en Venezuela y muchos otros países, con los Lula, Correa, Bachelet, Mujica, Evo Morales, etc.

 

¿Qué pasó después? La “ley del péndulo” funciona: en la década de 2010, cierta “derecha mala” recuperó el poder, pero más tímida y más pobre que dos décadas atrás. ¡No hizo nada! Por eso estamos todavía con leyes malas y sin reformas, paralizados por la “histeria anticorrupción”, hábilmente fomentada desde el poder, para distraer la atención de la gente, buscando “chivos expiatorios”: los “corruptos”, como si ellos fueran los culpables de los fracasos, y no el sistema estatista, socialista y mercantilista que los engendró.

 

Para colmo, ya en este siglo los marxistas llegaron “recargados”. En el siglo XX, mediante la aplicación rigurosa del marxismo clásico, se aseguraron todos los resortes del poder en la política, la economía y la educación formal. Teniendo “la sartén por el mango”, ahora nos inundan con el marxismo cultural: con la versión más radical del feminismo, el aborto y la “ideología de género” impuesta por la fuerza; y de igual modo con el ambientalismo “rojo”, con el indigenismo racista y con el “posmodernismo” relativista.

 

Este es un mundo muy cambiado: la vieja Guerra Fría terminó en 1989, y ahora el capitalismo no está en Occidente sino en Oriente: en el extremo oriente: Hong Kong, Corea del Sur, Taiwan, Singapur, y por fin el sur de la China. En la historia del capitalismo hay como tres grandes “tiempos”: en el siglo XIX estaba en Europa, en Gran Bretaña principalmente; y en el siglo XX, en EEUU. O sea: en Occidente. Ahora, el capitalismo se cansó de tantos impuestos, inflaciones y regulaciones, y se mudó al Oriente. El comercio internacional, así como una vez pasó del Mediterráneo al Atlántico, ahora surca las aguas del Pacífico.

 

Muchos libros muy recientes exponen este curso; por ejemplo, The Power of Capitalism: A Journey Through Recent History Across Five Continents, de 2019, por el Dr Rainer Zitelmann, para quien el éxito de la economía china post-comunista demuestra el poder transformador del capitalismo. Otro libro que se nos hace imprescindible: Markets Over Mao: The Rise of Private Sector Business in China, de 2015, por Nicholas Lardy. Hay mucho que aprender, demasiado. Hay que quitarse prejuicios, salir de errores.

 

Por ejemplo: los productos chinos son requeridos en todo el mundo, lo cual concita el odio y el hondo resentimiento de los empresarios mercantilistas de todos los países, que aprovechan situaciones como esta del “coronavirus” para esparcir miedo y propaganda antichina por doquier. Recuerda demasiado al caso de Inglaterra desde fines del siglo XVIII y en el XIX, cuando la “leyenda negra” contra las fábricas de Manchester, esparcida por los propietarios rurales “tories”, descrita en los “Cuadernos Azules” del parlamento inglés, la fuente de la que bebieron Carlos Marx y federico Engels. Nos recuerda también el mismo cuadro en EEUU: la propaganda hostil en contra de los mataderos de Chicago (“La jungla”, novela del socialista Upton Sinclair, 1906) y contra otros emporios fabriles y comerciales del capitalismo americano en su época de oro. La historia se repite.

 

¿Tendrá éxito el Partido Creemos en Venezuela? Depende de muchos factores:

 

(1) El principal: apoyo de todos nosotros, los que somos anti-izquierda, en Venezuela y América latina. Si no los apoyamos, están condenados al fracaso. Si logran apoyo suficiente, su éxito está asegurado. 

 

(2) Capacidad para hacer el “fusionismo” liberal en lo económico y conservador en los valores; fue la receta del triunfo en los casos de Thatcher, Reagan, Bolsonaro y muchos otros, para la derecha.

 

(3) Afirmarse en sus políticas. Tienen el más valioso capital político que hay en Latinoamérica hoy, que es la ruta a seguir: el “know-how” de las Cinco Reformas y la previa derogación de las leyes malas.

 

(4) Enterarse bien de lo que pasa en el mundo actual, muy cambiado respecto a las décadas recientes, y no precisamente para bien. Actualizarse, consultando buenas fuentes de formación e información.

 

(5) Dar la batalla cultural desde un partido. La guerra cultural es política; porque los partidos son eficaces agentes de cambio cultural. Quien espere ganar la cultura sin un partido, está perdido.

 

(6) Lograr credibilidad. En Venezuela demasiada gente “no cree en nada”, después de tantas decepciones, por creer en fantasías irrealizables y chismes de cocina. Hay que romper la barrera de la incredulidad.

 

(7) Una vez ganada la credibilidad en una audiencia numerosa, transformarse en “la otra oposición”, la segunda oposición, la oposición liberal, al sistema y no al mero gobierno. Para romper así la condición diádica o dicotómica de la escena política, hoy duopolizada por el oficialismo y la MUD.

 

¡Que Dios los acompañe, queridos jóvenes, para bien de Venezuela y América latina!

 

San Juan del Río, México, 10 de mayo de 2020.