Por Jorge Riopedre

Esta es una frase que resuena en la conciencia de mi generación inspirado por lainocencia política de nuestros mayores, seguros como estaban en 1959 de que  Estados Unidos no permitiría un régimen comunista a solo noventa millas de sus costas. Más tarde, ya en el exilio, los hijos de aquellos laboriosos hombres y mujeres caímos en el mismo error de creer que recibiríamos ayuda para reconquistar laRepública. Ahora, nuestro hijos y nietos de aquel exilio histórico enfrentan unasituación aún más peligrosa que la que nosotros vivimos en los años sesenta tratando de reconquistar la patria; envueltos en una lucha legítima contra el racismo en Estados Unidos, pero infiltrado por elementos de baja catadura, corren el riego de ser captadoso arrastrados a la violencia. 

 

Puedo decir que lo vi venir, pero es posible que me haya equivocado en mi predicción de un conflicto o guerra civil en EE.UU para el año 2052, comentado en su día por el periodista cubano más conocido y respetado, Carlos Alberto Montaner, pero no creo haber errado en el catalizador del estallido social. Son tan numerosas las variables en la evolución de una sociedad diversa como la norteamericana, que en aquella ocasión conferí un peso excesivo a la previsión del censo con relación a una próxima minoría blanca. No obstante, los ingredientes de un conflicto social suelen ser muy parecidos: choques étnicos, religiosos, magnicidios, sublevaciones populares, crisis políticas o económicas, militares descontentos, y desde luego provocadores bien sintonizados con las masas. En este caso manifestaciones antirracistas justificadas legalmente, pueden ser desfiguradas completamente por elementos subversivos que le ocasionen una gran pérdida de autoridad moral. El conflicto con las comunidades negras o afroamericanas tiene un efecto acumulativo. Mucho antes de que un policía estúpido y probablemente lleno de odio asesinara a George Floyd, los neocomunistas Bernie Sanders y Alexandria Ocasio-Cortez (hay que llamarlos por lo que son) ya invocaban la revolución en las elecciones primarias del partido Demócrata, avivando el descontento entre los joven seguidores que reclamaban cambios políticos. Cambios que cualquier persona sensata apoya, pero no al precio de la demagogia que ha convertido  a muchos de nosotros en exiliados políticos.

Por supuesto que no les falta razón, las perennes polémicas públicas de Donald Trump y su lengua viperina no cesa de echar leña a un fuego cada vez más peligroso.

 

Para colmo de males, la insidiosa estrategia demócrata de entorpecer la reelección de Trump por temor a perder las próximas elecciones presidenciales en lugar de permitir que el pueblo exprese su voluntad en las urnas, deja poco o ningún espacio para una negociación bipartidista. Y ahora, Floyd, la muerte de un hombre común y corriente sin otra intención que comprar cigarrillos con un billete falso de veinte dólares, detonante elegido por los misterios del azar para elevar su muerte a la categoría de magnicidio, como si fuera la espera de un siglo por la chispa incendiaria de la revancha. 

Así, lo que era una mera bronca dialéctica entre el presidente, los medios de prensa y sus rivales políticos se ha convertido en una insurrección pública empeñada, al parecer, en forzar su renuncia. Basta un pequeño grupo de operativos para arrastrar las masas a la violencia. El Secretario de Justicia, William Barr, cuenta con los medios para saberlo; la CIA, el FBI y otras agencias gubernamentales ya están al tanto de la operación subversiva en la que han participado cubanos y otros sujetos del exterior. Muros y cercas de metal rodean la Casa Blanca dándole un aspecto de búnker a la mansión presidencial, con el fin de impedir que se repitan los incidentes de individuos que intentaron saltar la cerca de los amplios jardines con la intención de apoderarse del emblemático edificio. 

 No soy el único en percibir lo que viene, pero los incidentes violentos ocurridos en Virginia y otras ciudades de EE.UU no fue lo que me llevó en cierta ocasión a pronosticar una guerra civil a mediados del presente siglo, sin bien los disturbios ocurridos durante décadas aumentan la discordia. En este tipo de conflicto la violencia per se sólo representa un marco de acción, no el núcleo central o la clave del dilema que desencadena el proceso bélico; eso corresponde al número, composición y distribución demográficas de la sociedad. Lo que estamos viendo en la actualidad es, a mi juicio, un proceso irreversible. Históricamente estos procesos no suelen ser pacíficos, la cultura dominante no cede o renuncia voluntariamente a sus bienes, valores y costumbres, ofrece resistencia, hasta ser aplastada por el nuevo orden demográfico. Advierten los estudiosos que estos cambios culturales vienen acompañados por la inestabilidad de la economía, la salubridad y la seguridad pública. Los ejemplos abundan; algunos de nosotros lo hemos vivido en carne propia cuando las élites cubanas entregaron el país a gánsteres y comunistas solapados. Una vez que la muchedumbre se adueña de las calles las buenas intenciones de las protestas se corrompen; el poderío económico y militar se paraliza; algunos eslabones en la cadena de mando comienzan a ceder, hasta que la incertidumbre da paso finalmente al choque fatal de dos bandos rivales. Solo falta que suenen los tiros de cientos de miles de personas armadas hasta los dientes. Esto debe preocuparnos y entristecernos.